
¿Por qué hay dolores que desaparecen y otros que parecen no irse nunca? Un grupo de investigadores de la Universidad de Colorado en Boulder encontró una posible respuesta: existe una zona del cerebro que actúa como un “interruptor” y puede transformar el dolor temporal en dolor crónico.
Este descubrimiento, publicado en The Journal of Neuroscience y probado en animales de laboratorio, podría ayudar a desarrollar tratamientos nuevos y más seguros, sin necesidad de recurrir a los opioides.
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Por qué a veces el dolor no se va
El dolor crónico afecta a 1 de cada 4 personas adultas en el mundo y, en muchos casos, complica la vida diaria y el trabajo. Según la profesora Linda Watkins, líder del equipo, el dolor agudo —como el de una herida reciente o un golpe— funciona como una señal de alerta que suele desaparecer cuando el cuerpo sana. En cambio, el dolor crónico puede durar semanas, meses o incluso años, aun cuando ya no queda daño físico visible.

Por ejemplo, una persona puede doblarse un tobillo al bajar una escalera. El dolor es intenso los primeros días, pero con reposo debería ir desapareciendo. Sin embargo, en algunos casos, semanas después el tobillo sigue doliendo al caminar, al apoyar el pie o incluso al rozarse con la ropa, aunque la lesión ya esté curada. A este fenómeno se lo conoce como alodinia: cuando estímulos leves, que normalmente no deberían doler, se perciben como dolorosos.
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El estudio se centró en una zona específica del cerebro llamada corteza granular caudal insular. Aunque es pequeña y se encuentra en una región profunda, los científicos descubrieron que cumple un papel clave en el dolor que no desaparece. Antes ya se sabía que esta área mostraba una actividad anormal en personas con dolor crónico, pero no existían métodos precisos para intervenirla de manera controlada.
Un “interruptor” que decide si el dolor se queda
Para entender mejor este proceso, los investigadores usaron técnicas modernas de neurociencia. Trabajaron con ratas de laboratorio y, tras provocar una lesión leve en un nervio, marcaron con señales luminosas las células cerebrales que se activaban durante el dolor. Además, emplearon herramientas genéticas que permiten activar o desactivar grupos muy específicos de neuronas.
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Los resultados fueron claros: esa pequeña región cerebral no influye demasiado en el dolor inmediato, pero sí es fundamental para que el dolor se vuelva persistente. Cuando se desactiva ese circuito, el dolor crónico no aparece o incluso puede desaparecer si ya estaba instalado. En la práctica, funciona como una central de control que “decide” si el cerebro seguirá enviando señales de dolor, aunque el cuerpo ya esté curado.
“Si logramos silenciar este circuito decisor, el dolor crónico no aparece. Y si ya existe, el dolor crónico desaparece”, explicó Watkins al presentar el estudio.
Por su parte, el doctor Jayson Ball, primer autor del trabajo, señaló que este circuito estimula las zonas de la médula espinal que transmiten las señales de dolor al cerebro. Por eso, estímulos que normalmente serían inofensivos pueden volverse molestos o dolorosos. Para Ball, “este estudio añade una hoja importante al árbol del conocimiento sobre el dolor crónico”.
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Nuevas ideas y posibles soluciones
Este descubrimiento ayuda a comprender por qué, en algunas personas, el dolor no se apaga y se vuelve persistente. Además, abre la puerta a nuevas estrategias de tratamiento. El equipo investiga medicamentos que actúen únicamente sobre las células implicadas, con el objetivo de reducir efectos secundarios y evitar el riesgo de adicción asociado a los opioides.

Otra posibilidad a futuro son los dispositivos conectados al cerebro, similares a pequeños marcapasos, que permitirían regular de manera precisa las rutas neuronales vinculadas al dolor crónico.
Por ahora, estos avances solo se han probado en animales y los científicos aclaran que todavía faltan más estudios antes de que puedan aplicarse en personas. Sin embargo, el desarrollo tecnológico avanza rápido y varias empresas ya trabajan en llevar estas ideas al ámbito clínico.
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Para la Universidad de Colorado en Boulder, este trabajo representa un impulso importante en la búsqueda de soluciones para millones de personas que viven con dolor persistente. Los investigadores confían en que, al poder intervenir circuitos neuronales muy específicos, será posible diseñar terapias más eficaces, seguras y personalizadas en el futuro.
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