
Durante los primeros meses de vida, el intestino de los bebés reúne una comunidad de microorganismos que cambia con rapidez. En esa etapa también se forma el resistoma, el conjunto de genes que puede permitir a algunas bacterias resistir determinados antibióticos. Una investigación reciente observó que la lactancia materna exclusiva se asoció con una menor presencia de esos genes en el intestino infantil.
El hallazgo interesa porque la resistencia a los antibióticos puede limitar las opciones para tratar infecciones. Sin embargo, la asociación identificada no demuestra que la leche materna elimine esos genes ni que garantice un efecto idéntico en todos los bebés. El estudio aporta información sobre cómo la alimentación temprana se vincula con la microbiota intestinal, la comunidad de microorganismos que habita en el intestino.
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En un artículo para The Conversation, María Carmen Collado, catedrática del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y Anna Samarra Mas, investigadora posdoctoral de la Universidad de California en San Diego, explicaron los resultados del estudio publicado en Nature Communications. El trabajo siguió la evolución del resistoma durante el primer año de vida y relacionó la lactancia exclusiva en el primer mes con una menor abundancia de genes de resistencia.
El estudio también examinó el papel de Bifidobacterium, un grupo de bacterias habitual en el intestino de los lactantes alimentados con leche materna. Una mayor presencia de estas bacterias se asoció con una menor carga de genes de resistencia. Los resultados, por lo tanto, describen un vínculo entre varios elementos del ecosistema intestinal y no el efecto aislado de un único componente de la leche.
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Los oligosacáridos alimentan a bacterias presentes en el intestino infantil

Para entender esa relación, una parte de la investigación se concentra en los oligosacáridos de la leche humana, conocidos como HMO. Son carbohidratos complejos que el bebé no digiere de manera directa. Algunas bacterias intestinales sí pueden utilizarlos como fuente de energía, por lo que estos compuestos influyen en qué microorganismos encuentran mejores condiciones para crecer.
Un estudio publicado en Gut Microbes, que analizó muestras de leche y materia fecal de 39 pares de madres y bebés de la cohorte MAMI, evaluó esa capacidad en bifidobacterias y lactobacilos. Sus autores observaron que ciertas especies de Bifidobacterium tenían una mayor capacidad para aprovechar HMO y mostraban menores niveles de resistencia frente a los antibióticos que fueron evaluados.
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La investigación incluyó compuestos como la 2’-fucosilactosa y la 6’-sialilactosa. La composición de estos oligosacáridos cambia entre mujeres, de modo que la leche humana no aporta exactamente el mismo perfil a todos los bebés. Esa variación puede contribuir a las diferencias observadas en la microbiota intestinal durante los primeros meses.
El trabajo no permite atribuir el resultado a una sola molécula. El tipo de parto, la exposición a antibióticos, la alimentación y las condiciones del entorno se relacionan con la colonización del intestino. Por esa razón, los HMO deben entenderse como parte de un sistema biológico más amplio y no como un recurso para prevenir o tratar por sí mismo la resistencia a los antibióticos.
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La alimentación es un factor entre varios que moldean el resistoma

El resistoma cambia a medida que se transforma la microbiota. Otra investigación publicada en Nature Communications reunió 507 muestras microbiológicas de 195 pares de madres y bebés en Minneapolis. El trabajo halló que la leche materna y el intestino infantil contienen genes de resistencia, aunque con composiciones y niveles de diversidad diferentes. Su aporte consiste en mostrar que el vínculo entre ambos ecosistemas se establece durante los primeros seis meses de vida.
A su vez, un estudio publicado en Microbiome analizó 72 muestras de bebés de la cohorte MAMI y detectó 211 genes de resistencia en el intestino infantil y 135 en las madres. Las muestras se recogieron a los siete días y al primero, segundo y cuarto mes de vida. Los investigadores encontraron diferencias en la composición de esos genes de acuerdo con el tipo de lactancia, sobre todo a los cuatro meses.
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Estos datos permiten seguir la formación del resistoma, pero no prueban que un único factor determine su evolución. La presencia de genes de resistencia tampoco implica que un bebé tenga una infección o que requiera tratamiento. Se trata de información sobre las bacterias que colonizan el intestino y sobre las características genéticas que algunas de ellas pueden portar.
El estudio principal aporta una señal relevante para investigar la relación entre la lactancia y la resistencia antimicrobiana desde el inicio de la vida. Aún falta establecer cuánto perduran las asociaciones observadas, qué papel específico tiene cada HMO y cómo interactúan la alimentación, el parto, el ambiente y el uso de antibióticos a lo largo del desarrollo infantil.
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