
Se sabe que la música además de la belleza que brinda, contribuye a la salud mental y emocional.
“Escucharla libera dopamina, una sustancia que está asociada al placer, por eso sentimos satisfacción al escuchar nuestra música de preferencia”, explicó en una nota reciente, la licenciada Jorgelina Benavídez, musicoterapeuta, M.N.269, coordinadora del Equipo Musicoterapia INECO.
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Sin embargo, alrededor del 5% de la población mundial, a pesar de contar con una audición normal, no obtiene placer de la música. Esta condición se denomina anhedonia musical específica y se descubrió hace 10 años.
Un estudio reciente publicado en la revista Cell identificó que la causa de este fenómeno radica en una desconexión entre las redes auditivas y de recompensa del cerebro.
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Este hallazgo, liderado por investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), redefine la comprensión de cómo el cerebro procesa el placer y plantea nuevas preguntas sobre la diversidad de experiencias humanas ante estímulos universales como la música.
Según la Clínica Cleveland, “la anhedonia es la falta de interés, disfrute o placer en las experiencias de la vida". Para quienes padecen anhedonia musical específica, la música no resulta molesta, pero tampoco genera interés ni ninguna emoción positiva.
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Las diferencias en el placer musical
Para la investigación se creó el Cuestionario de Recompensa Musical de Barcelona (BMRQ) para medir el placer obtenido en la música. El cuestionario evalúa cinco dimensiones:
- Evocación emocional
- Regulación del estado de ánimo
- Fomento de conexiones sociales
- Movimiento o baile
- Búsqueda de novedades

Los resultados mostraron que quienes presentan anhedonia musical específica obtienen puntuaciones significativamente más bajas en todos estos aspectos, lo que confirma la profundidad de la desconexión emocional con la música.
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Los análisis de neuroimagen y estudios conductuales permitieron a los científicos observar que, en estos individuos, la actividad en las áreas cerebrales responsables del procesamiento de recompensas se reduce de manera significativa al escuchar música.
Sin embargo, esta alteración no se extiende a otros estímulos placenteros. El circuito de recompensa cerebral, encargado de generar sensaciones de placer, responde con normalidad ante la comida, el sexo, el arte o el dinero. La música, por tanto, se convierte en la única excepción, lo que sugiere que la clave está en la interacción específica entre la red auditiva y el sistema de recompensa.
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El neurocientífico Ernest Mas-Herrero, uno de los autores del estudio, subrayó la importancia de esta interacción: “Aquí, lo que señalamos es que podría no ser solo la activación de este circuito lo que importa, sino también cómo interactúa con otras regiones cerebrales relevantes para el procesamiento de cada tipo de recompensa”.

Esta perspectiva abre la puerta a una visión más compleja del placer, en la que no basta con que el circuito de recompensa funcione, sino que debe hacerlo en sintonía con otras áreas especializadas según el estímulo.
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En la vida cotidiana, la anhedonia musical específica no suele tener consecuencias negativas graves.
Josep Marco-Pallarés, coautor de la investigación, afirmó que “la anhedonia musical no debería tener un impacto negativo en la gente más allá de perderse ciertas experiencias como contextos donde la música se utiliza para acompañar o enfatizar aspectos emocionales como películas o celebraciones”. Así, la principal repercusión es la ausencia de una dimensión emocional que, para la mayoría, resulta fundamental en momentos sociales y culturales.
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El origen de esta condición parece estar influido tanto por factores genéticos como ambientales. Un estudio reciente basado en gemelos, publicado en la revista Nature, sugiere que hasta el 54% de la capacidad de una persona para disfrutar de la música podría depender de su ADN.
No obstante, los investigadores advierten que el placer no debe entenderse como una experiencia de “todo o nada”. Existen variaciones sutiles pero significativas entre personas sanas en la forma de experimentar las recompensas, lo que refleja una amplia diversidad en la sensibilidad al placer musical.
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Marco-Vallés, otro de los científicos implicados, destacó la necesidad de profundizar en los mecanismos que explican estas diferencias individuales: “Necesitamos investigar los mecanismos que podrían estar detrás de las diferencias individuales en las respuestas a otros estímulos gratificantes. Hacerlo podría abrir el camino a nuevas investigaciones sobre diferencias individuales y trastornos relacionados con la recompensa, como la anhedonia, la adicción o los trastornos alimentarios”.
Actualmente, los equipos de investigación exploran hasta qué punto es posible modificar los circuitos cerebrales implicados en la anhedonia musical. Aunque todavía no existen intervenciones capaces de reconectar estas redes y revertir la condición, los científicos trabajan en colaboración con genetistas para identificar los genes específicos que podrían estar involucrados.
La metodología desarrollada en este estudio no solo permite comprender mejor la anhedonia musical específica, sino que también ofrece un modelo para investigar otras formas de anhedonia. Los investigadores esperan que este enfoque facilite el análisis de condiciones como la anhedonia alimentaria, en la que la desconexión entre el circuito de recompensa y las áreas cerebrales encargadas del procesamiento de alimentos podría desempeñar un papel similar.
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