
Entre los arroyos del Delta bonaerense, el bambú se abre paso con fuerza. Sus cañaverales, altos y flexibles, sorprenden a quienes visitan la zona atraídos por el turismo de cabañas y paseos en lancha. Lo que pocos saben es que esa planta asiática llegó hace más de un siglo para proteger frutales del viento y reforzar las costas contra la erosión.
¿Se trata de un recurso con potencial para el futuro isleño o de una especie que puede salirse de control?
La fruticultura fue motor de las islas hasta mediados del siglo XX. Luego vinieron décadas de forestación y, desde los años noventa, el turismo ocupó el centro de la escena. En ese recorrido histórico, el bambú quedó como herencia viva, creciendo de manera silvestre y esperando nuevos usos.
“El Delta fue cambiando su perfil productivo y quedó identificado sobre todo con el descanso. El bambú puede ofrecer otra salida”, explicó Martina Halpin, docente de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA).

Manos isleñas que inventan trabajo
En Tigre, muchos pobladores encontraron en esta planta la posibilidad de generar empleo en pequeña escala. Con un machete, una sierra o un serrucho, herramientas comunes en las islas, se puede comenzar la cosecha.
La tarea es manual y requiere distinguir entre cañas viejas y jóvenes, un proceso que demanda práctica y organización comunitaria.
La cooperativa Origen Delta reúne a 45 familias que transforman el recurso en productos diversos: pupitres, estuches para cosmética natural, juguetes, utensilios para el hogar. Allí, el bambú deja de ser un paisaje secundario para convertirse en materia prima de oficios y proyectos colectivos.
Además de generar ingresos, la cosecha no provoca desmontes masivos. Como se corta de manera gradual, el paisaje se mantiene y el impacto ambiental es menor que en las plantaciones forestales.
¿Plaga o recurso?
El crecimiento veloz del bambú despierta dudas desde hace tiempo. Existen más de 1600 especies en el mundo, con comportamientos muy distintos: algunas se expanden con rapidez, otras forman matas compactas. “Muchas veces se usa la palabra invasora de manera imprecisa. Estudios internacionales muestran que, con manejo adecuado, no debería traer problemas”, aclaró Halpin.
En el Delta predomina la especie Phyllostachys aurea. Sus rizomas crecen a poca profundidad y pueden controlarse con zanjas. Además, la geografía del lugar funciona como límite natural: los arroyos y zanjones frenan su expansión.
Para reducir riesgos, la cooperativa trabaja sobre bambusales abandonados, reutilizando cañaverales existentes en lugar de abrir nuevos.
El acero vegetal y sus múltiples formas
La resistencia y flexibilidad de las cañas son notables. “Por su contenido de sílice hay quienes lo llaman acero vegetal”, señaló Halpin. Esa particularidad lo convierte en un material apto para construir viviendas, fabricar muebles, elaborar utensilios de cocina o dar vida a instrumentos musicales.
El potencial no se agota en lo material: los brotes tiernos también son comestibles. Halpin suele prepararlos en conserva agridulce. “Tienen una textura similar al palmito”, comentó. En países como China, Ecuador o Colombia, el consumo de bambú forma parte de la cultura gastronómica y productiva.
Un futuro en construcción
Hoy son pocas las personas que logran vivir solo del bambú, aunque las experiencias se multiplican. Halpin señaló que todavía falta mayor conocimiento y difusión: “En la Argentina hay mucho desconocimiento sobre la producción de bambú. En otros países existe una tradición más fuerte”.
Aun así, la planta despierta interés por su capacidad de generar empleo, sus múltiples usos y su bajo impacto ambiental. “De a poco vamos a ir haciéndolo conocer entre las familias isleñas y también en las no isleñas. Tiene un gran potencial para el desarrollo rural sustentable”, concluyó Halpin.
Fuente: FAUBA SLT
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