Se aman, se pelean, se vuelven a amar… decía una canción y algo de eso ocurre en Todas las veces que nos enamoramos, el nuevo gran éxito de Carlos Montero, nada menos que el creador de la serie Elite. Aquí la historia empieza en el año 2003, cuando Irene (Georgina Amorós) llega a Madrid llena de sueños para estudiar cine y convertirse en la próxima gran realizadora del cine español. En la función de estreno de un largometraje cruza miradas con Julio (Franco Massini) a quién conocerá luego en lo que parece un flechazo absoluto. Pero eso, lejos de ser el cierre, es el comienzo de una serie de idas y vueltas donde no sólo los sentimientos entran en juego, sino también eventos de la realidad española que los exceden.
La serie apunta claramente a un público joven. No tanto porque sus protagonistas lo sean, sino por la lógica de los eventos y la mezcla de osadía e ingenuidad de cada una de sus escenas. Por momentos las drogas, el sexo y el desenfreno se ponen al frente de la trama y luego el tono cambia y el discurso se vuelve infantil y elemental. Historias de jóvenes de más de veinte y menos de cuarenta para espectadores más jóvenes que ellos aún. Siendo el modelo de éxito mundial Euphoria no son pocos los productos que quieren seguirle el ritmo pero al mismo tiempo bajarles un poco el morbo demagógico que la ha hecho lo que es.

Aprovechando que los protagonistas viven en el mundo del cine, tanto el de los estudiantes como el de los profesionales, Todas las veces que nos enamoramos juega con las citas, los guiños y las referencias. ¡Hasta hay una entrega de premios Goya con cameos incluidos! Y como la película favorita de los protagonistas es Tesis (1996) también habrá alguna sorpresa vinculada con ese clásico del cine de suspenso ambientada en el mundo de los estudiantes de cine. Pero acá todo es romance, sexo, miedos, ambiciones, un poco más de romance, desengaños y demás angustias de un grupo de jóvenes en Madrid.
La parte más complicada es darle credibilidad a esta serie mitad moderna, mitad telenovela. Esta primera temporada nos quiere hacer creer que han pasado veinte años a lo largo de los saltos temporales y no lo consigue del todo bien. Tampoco los actores logran dar con esa evolución. Franco Masini, argentino, tiene la tarea más dura de todas. Él debe interpretar a un actor novato que va mejorando hasta convertirse en un gran actor. Es decir que debe actuar de actor malo y actor bueno. Demasiado para alguien que además tiene las de perder por su acento argentino -completamente justificado por la trama, porque lo es.

Nadie podrá decir al creador de Elite que no sabe lo que busca el público joven, pero aquí se lanza al vacío de las historias románticas melosas contemporáneas y cuando quiere mostrarse más libre y avanzado se termina tropezando con sus propias limitaciones. A pesar de todo eso la serie consigue abrir el juego para ir en busca de la siguiente temporada, dejando enigmas varios por resolver.

Todas las veces que nos enamoramos está disponible en Netflix.
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