Aunque The Blacklist tiene ocho temporadas disponibles y una fama que la precede, hay muchos espectadores que aún no la han visto o que la han dejado allá lejos y hace tiempo. Cuando ninguna serie consigue el interés y el gancho necesario, a veces es muy lindo regresar sobre estas historias completamente efectivas y sin tantas rarezas. Sin anticipar absolutamente nada de la trama, se puede explicar las razones por las cuales esta serie merece siempre una oportunidad.
El primer episodio es tan memorable y prometedor que completarlo y pasar al segundo es casi un reflejo. Dos buenos personajes, una gran historia, un concepto inicial inagotable: todo eso hizo de la serie el clásico contemporáneo que es. Raymond Reddington (James Spader) es un exagente del gobierno y un criminal fuera de lo común, uno de los más buscados por el FBI. De forma completamente sorpresiva se acerca a las oficinas de la agencia y se anuncia en mesa de entradas, sabiendo de antemano el escándalo que provocará su presencia.

Misteriosamente, Reddington declara que su deseo es trabajar junto al FBI. Dice que tiene el mismo objetivo que la agencia: capturar o eliminar a los criminales y terroristas más buscados del mundo. Pero ese no es el único misterio para resolver en la serie. Para aceptar esta colaboración, él solo pide una cosa: trabajar junto a Elizabeth Keen (Megan Boone). El enigma extra es que Keen es una novata absoluta en el FBI que ese día empieza a trabajar con ellos como analista de perfiles criminales. Si aceptan este trato, Reddington les dará la lista negra de esos criminales, ayudándolos a encontrarlos.
Este conflicto inicial es solo el principio, pero es tan divertido como está planteado que comenzar con esta serie es algo fácil de hacer. No se necesitan varios episodios para lograr el vínculo, todo se da desde el inicio. Hay más preguntas por resolver, entre las cuales está el pasado de Keen, su conexión con Reddington y algunas otras preguntas que se van contestando de a poco o se postergan a lo largo de las temporadas.

Keen y Reddington son una pareja despareja con mucha química, como en su momento lo fueron, por ejemplo, Hannibal Lecter y Clarice Starling en El silencio de los inocentes. Si para Megan Boone este ha sido el rol que la ha hecho famosa, para James Spader se trata de una confirmación de su estrellato y su carisma para protagonizar series de largo aliento. James Spader salto a la fama en 1989 con el largometraje Sexo, mentiras y video, por el cual ganó el premio a Mejor actor en el Festival de Cannes. No fue lo único que hizo en aquellos años, estuvo en otros títulos relevantes como La chica de rosa, Wall Street o Mannequin. Con el cambio de siglo, y con una gran filmografía acumulada, Spader también decidió sumarse a la pantalla chica. Su rol de Alan Shore en Boston Legal (2004-2008) lo volvió también estrella de televisión, pero su papel en The Blacklist lo instaló ya como un actor veterano destinado a esos roles míticos.

Un buen guion, una enorme premisa, una gran pareja protagónica en la que el experimentado y la novata son interpretados por los actores correctos, todo eso hace de esta serie un clásico sin vueltas, sin ambiciones estéticas, pero con muchas ganas de entretener y atrapar. La temporada 8 es demasiado importante como para que los seguidores se la pierdan y un buen motivo para que los que aún no han visto la serie comiencen a hacerlo.
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