En la escena inicial un nerd adulto y fan de los videojuegos, Hal (Eddie Marsan), recibe una copia de un juego de computadora interactivo de ficción llamado “CURS>R”. Se trata de un juego con texto y opciones entre las cuales hay que elegir para pasar de nivel. Hal se divierte con el hallazgo, pero pronto descubre que el juego sabe todo lo que pasa a su alrededor y las respuestas vienen acompañadas con consecuencias en el mundo real. Es un gran prólogo para presentar lo que viene, el juego es cosa seria.
Unos meses después, una estudiante universitaria brillante, Kayla (Iola Evans), trabaja haciendo limpiezas para pagar sus estudios. Ella le proporciona tecnología a su amigo Isaac (Asa Butterfield), un experto en informática, quien a cambio la ayuda a aprender a codificar para que pueda adquirir las habilidades suficientes para sus clases. Cuando Kayla se cruce con el antiguo juego, comprenderá que tiene que elegir alguna de las opciones o morir. ¿Habrá alguna manera de escaparse?

El cine de terror, como cualquier otro género, debe pasar tres etapas para funcionar: una idea interesante, un desarrollo atractivo, y un cierre a la altura de sus promesas. Al terror le cuesta mucho cerrar sus historias, mucho más en la era de las franquicias, donde un éxito se puede transformar en muchas películas taquilleras. Elige o muere posee un encanto inicial basado en su mirada sobre los pioneros de los videojuegos, su estética, sus sonidos, sus limitaciones y, ahora, su contenido nostálgico.

¿Cuántos guiños y citas tiene el guión? Muchos, por supuesto. ¿Cuántas buenas escenas tiene la película? Varias, por suerte. No tienen mucho sentido la mayoría de ellas, pero tienen la tensión necesaria. Y como ya fue mencionado, la premisa es buena, pero la trama no logra sostener hasta el final. Cuánto más tiempo tiene el espectador para pensar, menos respuestas puede dar la película. Para sostenerse, y como también suele ocurrir en el género, la película recurre a las historias personales y los horrores del mundo real. Poco a poco va coqueteando con títulos como Pesadilla en lo profundo de la noche o La llamada. Una mezcla que no progresa.

La voz de Robert Englund confirma todas estas conexiones. Englund hace de sí mismo, para sellar toda la conexión con los ochenta. Todo lo que sigue después son una serie de explicaciones que van apagando el interés de la trama. Cuánto más nos quieren explicar, menos valor tiene la historia. El último tercio de la trama es todo cuesta abajo. El amor por los videojuegos y el sueño de que alguna vez se logre la historia perfecta vinculada con ellos nos mantiene interesados hacia el final. Al final todos perdemos.
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