En esta edad de oro de las películas y series de superhéroes no solo son éxitos descomunales los personajes más famosos como Batman, Superman o los Avengers: también hay un gran lugar para caracteres más oscuros, polémicos y hasta delirantes. Peacemaker es una combinación inteligente de héroe, antihéroe, payaso y monstruo, todo mezclado en dosis exactas.
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James Gunn, el creador de Guardianes de la galaxia (2014) y El escuadrón suicida (2021) es el responsable y artífice de esta serie que, como suele ocurrir en la actualidad, puede ser irónica y sincera a la vez, puede pasar de la crítica feroz a la más festiva empatía, todo en episodios breves pero siempre intensos. Gunn es moderno y clásico al mismo tiempo, acaso el malabarismo más complicado de lograr.

La serie —disponible en HBO Max— comienza cinco meses después de la misión en Corto Maltese, es decir de la historia que se contaba en El escuadrón suicida. Christopher Smith, más conocido como Peacemaker (John Cena) se recupera de las heridas y es dado de alta del hospital. Se contacta con él la organización A.R.G.U.S., que le da la opción de unirse a ellos para una misión o ir a la cárcel. Este grupo ecléctico, casi marginal, está conformado por Clemson Murn (Chukwudi Iwuji), Emilia Harcourt (Jennifer Holland), John Economos (Steve Agee) y la novata Leota Adebayo (Danielle Brooks).
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Peacemaker terminó El escuadrón suicida siendo un villano, y así es como lo conocemos en la serie. Todos a su alrededor lo ven de esa manera, pero él sigue creyendo que no lo es.

Lo que la serie muestra es el mundo alrededor del protagonista. Lo hace mediante la presencia de su padre, Auggie (Robert Patrick, el inolvidable villano de Terminator 2). Auggie/Dragón blanco provee a Peacemaker los equipos y la tecnología, y también es quien lo ha convertido en lo que es. En los comics no es el padre, pero Gunn vio en el parentesco la oportunidad de volver todo más interesante. Auggie es racista y completamente intolerante, algo también complejo de incluir teniendo en cuenta que la serie es una comedia. Pero sin riesgo no hay ganancia, y el personaje funciona.
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Peacemaker queda entre dos mundos: el de Auggie y el de su nuevo equipo de misión. En particular el de Leota Adebayo, que es todo lo contrario a lo que un supremacista querría. La química entre Cena y Brooks es de antología, tal vez lo mejor de la serie.
Otra maravilla para destacar es la mascota de Peacemaker, Eagly: un águila calva, el ave nacional de los Estados Unidos. Cumple la función que cumpliría un perro en cualquier serie normal y aporta mucho humor en cada escena en la que aparece, interactuando de forma excesivamente inverosímil y humanizada.
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Eagly es clave para entender estamos ante una comedia. Lo mismo pasa con la secuencia de títulos, imposible de saltarse: el baile del protagonista y de todo el elenco anuncia que se trata de una ficción y que nada de lo que pase allí debe ser tomado literalmente. La simpatía de esa coreografía es fundamental para apreciar el tono de lo que sigue.
A su modo, Peacemaker sigue los pasos de El Superagente 86 y Martillo Hammer, dos series paródicas que eran capaces de ironizar sobre el espionaje y la policía. De hecho, hay un famoso episodio en el cual el superagente dice que si las grandes potencias no aceptan desarticular su poder nuclear, habrá que tirarles una bomba atómica: es el discurso sobre la paz de Peacemaker, casi literalmente. De Martillo Hammer tiene al protagonista violento e incorrecto y el contrapunto de su compañera que lo deja en evidencia todo el tiempo.
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Pero Peacemaker es una serie del siglo XXI. Su simpatía se ve mechada por momentos de extrema violencia y alto contenido sexual. No es para todos los gustos y definitivamente no es para chicos. A veces intenta ponerse un poco seria, preocupada por ciertas lecturas ambiguas que podrían surgir, pero en general confía en la inteligencia del espectador.
Esta comedia sobre un bravucón que no termina de entender que lo es, este camino de redención de alguien que se cree héroe pero en un principio es un villano, es una gran historia. Y, como suele ocurrir en todo lo que hace James Gunn, hay momentos de comunión donde el grupo encuentra la felicidad, aun en medio del caos y la violencia. Peacemaker precisa espectadores desprejuiciados que vean un poco más allá de la superficie, pero no exige mucho más. Si uno conecta con el tono, el resto es una fiesta.
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