“No me arrepentí de eso, pero fue un error”. Casi catorce años después, el músico argentino Rodolfo “Fito” Páez aludió a la carta que publicó en 2011 luego de la victoria de Mauricio Macri en las elecciones a jefe de Gobierno de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
En aquel texto, publicado en julio de 2011, el artista planteaba que le daba asco la mitad de Buenos Aires en alusión a los votantes que habían apoyado al candidato del PRO que horas antes había superado por casi 20 puntos a Daniel Filmus en las urnas.

En un reportaje concedido a la periodista Julia Mengolini en Futurock, la leyenda del rock nacional abordó la polémica a dos días de las elecciones legislativas porteñas sin pelos en la lengua. “No me arrepentí de eso, pero fue un error. Y también hubo un ánimo de pelear que yo lo expuse. Después de eso, se vino todo. Ahí comenzó una debacle que llegó hasta el día de hoy... Hoy esa carta es un cuento para niños”, bromeó, al comparar sus palabras de entonces con la verborragia pública actual.
“Fito” aseguró que aquel escrito publicado originariamente en el diario Página 12 provocó un “desencuentro”, una “mala interpretación” que este mediodía intentó desanudar. “Yo nunca fui kirchnerista, nunca fui peronismo, no había ningún ismo, mi escuela es el rock and roll, entonces se generó todo un run run de ver si lo llamo o no que a mí no me intersaba”, agregó.
Y bromeó: “En realidad lo hice para enamorarte a vos”.
Su interlocutora, Mengolini, periodista y militante kirchnerista, fue pareja de Páez y el reportaje estuvo repleto de mensajes ocultos y no tanto sobre la relación de pareja que mantuvieron, hasta el punto que el artista espetó: “Tenías que hacer todo público, viste cómo sos, Julia”.
En rigor, Páez ya había expuesto públicamente que no pertenece a ningún “istmo” -como alusión a un partido político o ideología determinada- al escribir “Al lado del Camino”, en 1999, como parte de su disco Abre, que ganó el premio a la mejor canción de rock en los Grammy Latino del 2000.
El autor del disco argentino más vendido de la historia (”El Amor después del amor”) recordó que aquella carta de 2011 lo obligó a muchas cosas, trajo “pros” y “contras”.
“Tuvo algunas cosas muy buenas. Yo desde que tengo conciencia soy el puto, falopero y comunista, pero lo escribí desde la cultura del rock, el único que lo vio como el hecho más rockero dentro del rock fue el decano de filosofía de Córdoba”, recordó.
“Y por otro lado también era algo de andar por la calle, me ven y ya saben lo que pienso, pero cuando ustedes me están mirando saben también lo que yo pienso de ustedes y es gracioso, aunque eso lo estoy disolviendo, no me gusta”, continuó.
Páez, uno de los músicos más convocantes de la escena actual, dijo que una persona cuando crece, se desarrolla, tiene hijos empieza a ver la vida de otra manera, desde otro punto de vista. “La política es la guerra a través de otros medios, me interesan más esos puntos de vista”, dijo.
La carta de Fito Páez de la polémica, publicada en 2011
La mitad
Nunca Buenos Aires estuvo menos misteriosa que hoy. Nunca estuvo más lejos de ser esa ciudad deseada por todos. Hoy hecha un estropajo, convertida en una feria de globos que vende libros igual que hamburguesas, la mitad de sus habitantes vuelve a celebrar su fiesta de pequeñas conveniencias. A la mitad de los porteños le gusta tener el bolsillo lleno, a costa de qué, no importa. A la mitad de los porteños le encanta aparentar más que ser. No porque no puedan. Es que no quieren ser. Y lo que esa mitad está siendo o en lo que se está transformando, cada vez con más vehemencia desde hace unas décadas, repugna. Hablo por la aplastante mayoría macrista que se impuso con el límpido voto republicano, que hoy probablemente se esconda bajo algún disfraz progresista, como lo hicieron los que “no votaron a Menem la segunda vez”, por la vergüenza que implica saberse mezquinos.
Aquí la mitad de los porteños prefiere seguir intentando resolver el mundo desde las mesas de los bares, los taxis, atontándose cada vez más con profetas del vacío disfrazados de entretenedores familiares televisivos porque “a la gente le gusta divertirse”, asistir a cualquier evento público a cambio de aparecer en una fotografía en revistas de ¿moda?, sentirse molesto ante cualquier idea ligada a los derechos humanos, casi como si se hablara de “lo que no se puede nombrar” o pasar el día tuiteando estupideces que no le interesan a nadie. Mirar para otro lado si es necesario y afecta los intereses morales y económicos del jefe de la tribu y siempre, siempre hacer caso a lo que mandan Dios y las buenas costumbres.
Da asco la mitad de Buenos Aires. Hace tiempo que lo vengo sintiendo. Es difícil de diagnosticarse algo tan pesado. Pero por el momento no cabe otra. Dícese así: “Repulsión por la mitad de una ciudad que supo ser maravillosa con gente maravillosa”, “efecto de decepción profunda ante la necedad general de una ciudad que supo ser modelo de casa y vanguardia en el mundo entero”, “acceso de risa histérica que aniquila el humor y conduce a la sicosis”, “efecto manicomio”. Siento que el cuerpo celeste de la ciudad se retuerce en arcadas al ver a toda esta jauría de ineptos e incapaces llevar por sus calles una corona de oro, que hoy les corresponde por el voto popular pero que no está hecha a su medida.
No quiero eufemismos.
Buenos Aires quiere un gobierno de derechas. Pero de derechas con paperas. Simplones escondiéndose detrás de la máscara siniestra de las fuerzas ocultas inmanentes de la Argentina, que no van a entregar tan fácilmente lo que siempre tuvieron: las riendas del dolor, la ignorancia y la hipocresía de este país. Gente con ideas para pocos. Gente egoísta. Gente sin swing. Eso es lo que la mitad de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires quiere para sí misma.
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