
La economía, y sobre todo la inflación por el impacto en la vida cotidiana, es de manera inamovible el factor número uno del malestar social. Aparece como el único punto de coincidencia en el universo de encuestas -divergentes de manera llamativa en números electorales- y lo registra el sentido común. Resulta, claro, el núcleo del mal clima con el mundo de la política en general. Sin embargo, ese terreno sigue marcado por las internas en sentido amplio: hasta el viaje oficial a China para extender el swap y las negociaciones con el FMI -que condiciona en la práctica el trato con Beijing- son traducidos en clave doméstica. Y generan recelos y proyecciones sombrías en la vereda de la oposición.
La imagen que trasmite el oficialismo varía según el protagonista y eso mismo tiñe cada acto de gestión, casi reducida, precisamente, a la economía. Alberto Fernández se mueve en una especie de estado de transición desde que anunció, bajo presión kirchnerista, que abandonaba cualquier ilusión reeleccionista. El armado se basa en Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa, mientras se dejan correr trascendidos sobre el cuadro final de candidaturas. Y los acuerdos buscados para mejorar las reservas en dólares no apuntan entonces a manejar esa transición del Presidente sino a oxigenar las chances del Frente de Todos como oferta que busca mostrarse casi ajena al propio gobierno.
La oposición por ahora dice poco sobre este punto. Juntos por el Cambio tiene un diagnóstico grave y, en general, compartido por las fundaciones de sus cuatro espacios centrales. Sin embargo, fuera de algunos títulos, no adelanta medidas concretas, escudado en un presupuesto elemental: que no está claro el final de la gestión del Frente de Todos, es decir, la profundidad de la crisis hacia fines de año o, al menos, entre las PASO y las elecciones generales. Con todo, después de la experiencia macrista, nadie sugiere un camino rápido y sencillo para revertir la situación en caso del volver al Gobierno: el pronóstico es de meses iniciales con alto registro inflacionario a pesar de un necesario plan de estabilización.
Javier Milei, en cambio, se expone con promesas “duras” y de efecto más bien rápido, no sólo con una dolarización explicada de diferente modo en distintos momentos. El punto es político, antes que específicamente económico. Su campaña requiere castigar por igual al grueso de la dirigencia política, como si estuviera afuera, pero los planes sugeridos demandarían un enorme entramado político de soporte -electoral, legislativo, territorial- que no resolvería ni de lejos un único turno de comicios.
Dos gestos resumen de algún modo el estado de cosas frente al viaje oficial a China. Desde Economía, es planteado como un éxito absoluto, por la extensión del swap y algunos otros acuerdos vinculados con obras públicas. La oposición, en general, observa con desconfianza por los alcances, no precisados, del entendimiento para aliviar las reservas del Banco Central. Síntoma limitado -sin chances además por la virtual parálisis del Congreso- es el pedido impulsado por Martín Tetaz para que el ministro y Miguel Pesce informen las condiciones del trato con el Banco Popular (Central) de China.
Resulta claro que todo refiere a un contexto delicado, cuya mayor expresión es la escalada de precios. La inflación es sin dudas un elemento desequilibrante también en términos políticos y su extensión en el tiempo esmerila liderazgos y el malestar sacude en general a todo el sistema institucional. Las reacciones más visibles no expresan las consideraciones que se hacen, en reserva, sobre la magnitud del problema y el desgaste de la política como un todo.

En esa línea, la mayor carga recae, naturalmente, sobre el Gobierno. El aspecto político más destacado sobre la comitiva que viajó a Shangai y Beijing fue la incorporación de Máximo Kirchner. Un juego de avales internos cruzados. No se amplió la convocatoria fuera de los límites del frente gobernante.
Dicho de otra forma: las gestiones en China expresan la necesidad de mejorar las expectativas del oficialismo en la competencia con la oposición y, a la vez, afirmar el eje entre el kirchnerismo y el ministro de Economía, cuando todavía está en discusión cómo llegar a las PASO.
Eso explica, en parte, que cuando restan apenas tres semanas para presentar las listas, sigue el juego de trascendidos y operaciones sobre cómo quedaría el cuadro de candidatos en esa vereda. Axel Kicillof se apuró a decir públicamente una parte de lo se deja circular: que finalmente iría por un segundo mandato como gobernador. Después, le dio alguna vuelta para que no quede asentado como decisión tomada.
El gobernador, que resistió movimientos para que abandone La Plata y deje la candidatura a algún intendente aliado directo de Máximo Kirchner, sigue formando parte del círculo más cercano a CFK. Pero quizá se expresó de forma taxativa antes de que la ex presidente acomode todo el tablero.
En estos días, Eduardo “Wado” de Pedro camina en función del esquema que lo colocaría en la pelea por la fórmula nacional. Massa y Máximo Kirchner, a la distancia, aportan a la idea de reforzar especialmente la pelea en la provincia de Buenos Aires. Pero nada está formalmente cerrado por ahora.
El ministro juega su partida decisiva con el FMI. Las versiones sobre avances en las conversaciones se suceden con la vista puesta en mediados de mes. Para entonces, espera tener un resultado concreto. Se verá. Pero por lo pronto, en caso de progresar la renegociación, podría ser replanteada otra vez la movida interna en torno de su lugar como cabeza de fórmula y en lo posible, sin primarias.
Los tiempos con que se viene manejando CFK -antes y después de ratificar que no será candidata- generan incertidumbre y al mismo tiempo, espacio para que Daniel Scioli reafirme que irá a las PASO. El anuncio de Victoria Tolosa Paz, con ironías sobre la dependencia que impone la ex presidente en sus filas, abrió la puerta a la competencia también en Buenos Aires. El principal interrogante alude a los recursos para esa pelea.
Quedan unos días antes del trámite de inscripción de listas. Un recorrido con más foco económico que clima electoral.
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