
La inseguridad volvió al centro de la escena y de las tensiones políticas. Volvió de golpe, como siempre, por efecto de un hecho dramático o al menos de alto impacto. Hace apenas un mes, fue el ataque a un supermercado rosarino con mensaje mafioso a Lionel Messi. Ahora, el asesinato de un colectivero en La Matanza y todo lo que ocurrió después. En el caso santafesino, las reacciones estuvieron dominadas básicamente por el enorme impacto mediático -no sólo local-, que desnudó desatención del tema provincial e internas. Esta vez, las reacciones por el ataque violento a Sergio Berni -antes que por el hecho trágico- repusieron señales parecidas, pero añadieron desconcierto, temor al desborde.
Esa última fue quizá la mayor novedad política, el elemento diferente. Y el discurso desde el oficialismo sobre una enorme operación contra el Gobierno -desde el episodio criminal a los golpes e insultos recibidos por el ministro bonaerense- pusieron a la vista el intento de minimizar lo que en realidad inquieta: los síntomas de malestar que escaparían a las redes de contención política y social.
Desde el propio oficialismo se dejaron correr versiones sobre cierto desconcierto y malestar de jefes del PJ tradicional del GBA -en general, intendentes- como reacción al giro discursivo de Berni y después, más fuerte, de Axel Kicillof. Calificaron como extraño, fuera de lo común, el hecho que terminó con la muerte del colectivero Daniel Barrientos y difundieron sospechas sobre la protesta posterior de colectiveros. Todo fue atribuido a una trama opositora. Una vía de escape que en rigor -como advirtieron sus críticos- expresaría desconexión con el deterioro de la seguridad. Un mal recurso de campaña, en el mejor de los casos.
Lo más inquietante resultó el factor de lo imprevisible. El oficialismo en general venía de días marcados por otro tema preocupante, pero a la vez diferente: la difusión del índice de pobreza. El último registro, que retrata el segundo semestre del año pasado, fue del 39,2%. Marcó un crecimiento de casi tres puntos después de tres semestres de baja. La perspectiva por lo que va de este año indica que podría llegar a los peores momentos de la pandemia, en torno del 42%.
Sin embargo, el sostenido deterioro social fue generando un enorme tejido de contención, que incluye los programas estatales y el papel de los movimientos sociales, además de organizaciones barriales y religiosas. Es un mecanismo que combina muchas veces atención y, a la vez, control o intento de control efectivo. Y que no se limita a lo que se denomina trabajo en el terreno, sino además al manejo en el tablero político más amplio.
Fueron notorios en estos días algunos movimientos. Las organizaciones sociales oficialistas y buena parte de la conducción de la CGT prefirieron el bajo perfil, casi imperceptible pero significativo. Por supuesto, la discusión de paritarias, en un caso, y los planes sociales, en el otro, tienen como referencia la inflación real y no los números previstos en el Presupuesto y los compromisos apenas formales. El implícito es la revisión de los números, junto a plazos que se recortan con la mirada puesta en el calendario electoral.

De todos modos, la pobreza -cifra más ilustrativa del fracaso encadenado de gestiones de gobierno- quedó relegada en el temario del oficialismo y, en alguna medida, mediático. En esa dirección, resultó visible la sucesión de anuncios, de diferente volumen, en especial desde Economía. El problema, para la comunicación oficial, es que no asoma como una estrategia aceptada por todos y privilegiada en la antesala de la campaña. Por el contrario, las disputas domésticas siguen en primera línea.
La tensión entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner agrega, ya de manera indisimulada, el malestar entre Olivos y Sergio Massa. Fue notorio en el reciente viaje presidencial a Washington para la ansiada bilateral con Joe Biden. Pero el juego de diferenciación dejó hace rato de ser unidireccional y afecta todos los terrenos.
El kirchnerismo buscó desde el inicio de la gestión mostrarse como eje del poder interno y, al mismo tiempo, fue persistente en la práctica para esmerilar al Presidente y diferenciarse. Desde hace rato, con la idea de reelección para preservarse en esa batalla final, Olivos busca a su vez diferenciarse del kirchnerismo. El episodio Berni alcanzó también para escribir un nuevo renglón.
Aníbal Fernández fue al choque con Berni y, sobre todo, con Kicillof. El gobernador había vuelto a apuntar contra el gobierno nacional para descargar responsabilidades. Reclamó otra vez mayor presencia de fuerzas federales. El ministro le respondió diciendo que desconocía la asistencia de Gendarmería en su propia provincia. Resultó una imagen compartida de pelea de poder frente a un nuevo hecho fuerte de inseguridad.
Es difícil disociar esas puestas en escena de los temores a la “antipolítica” que reaparecieron con las imágenes del lunes, en el límite de La Matanza con Mataderos: la protesta de colectiveros, la llegada de Berni en medio de insultos, los golpes al ministro bonaerense. Y después, los cruces internos y la tensión con la oposición: la carga sobre la gestión de Horacio Rodríguez Larreta y las acusaciones a Patricia Bullrich, colocada así en el centro de este escenario.
La agenda de la semana que viene también puede ser ilustrativa de los contrastes. El arranque concentra expectativas sobre la reacción de los mercados frente al capítulo “dólar agro”. El kirchnerismo se prepara para marchar el jueves a Tribunales, en apoyo de CFK y como nueva expresión de la desgastada ofensiva contra la Justicia. Un día después, el INDEC informará sobre la inflación de marzo, que se estima por encima de los 6,6 puntos de febrero.
Todo eso está en agenda. No es el caso de episodios como el asesinato del colectivero y sus estribaciones. Con todo, la sorpresa no debería ser absoluta.
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