
Desde el día en que Alberto Fernández decidió nombrar a tres ministras del Gabinete sin ni siquiera mandarle un mensaje a Cristina Kirchner, el Gobierno reactivó el proceso de degradación política en el que está inmerso desde que perdió las elecciones del año que pasado. Una crisis interna interminable e intermitente que dañó la estructura del oficialismo.
Dos de los nombres propios que se sumaron a la estructura ministerial no fueron bien recibidos por la Vicepresidenta. Un ministro que conoce bien el mundo K lo definió en pocas palabras: “Poner a Tolosa Paz en Desarrollo Social fue mojarle la oreja a Cristina. Y poner a Kelly Olmos...no lo puede creer”. En el círculo presidencial siguen defendiendo la decisión de no consultar a Cristina porque los que se fueron eran “propios”.
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El proceso de crisis que se reactivó con el recambio de Gabinete sufrió en las últimas 48 horas un nuevo sacudón. El lunes, en el festejo del Día de la Lealtad, de gran simbolismo para el peronismo, el Frente de Todos expuso su fractura en cuatro actos distintos y Alberto Fernández la falta de fortaleza de su mandato, donde cada vez hay menos alineados.
Ayer, desde el entorno del jefe de Gabinete, Juan Manzur, confirmaron que el dirigente tucumano dejará su lugar entre enero y febrero del 2023 porque quiere volver a Tucumán a competir en las elecciones. Como no puede ir por un nuevo mandato, tiene decidido acompañar al actual gobernador, Osvaldo Jaldo, como candidato a vicegobernador.
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La salida anticipada de Manzur profundizó el desorden político del Gobierno y aumentó el nivel de incertidumbre sobre su futuro. La gestión parece recostarse cada vez más sobre el ministro de Economía, Sergio Massa, quien en el último tiempo se mostró con Fernández en algunos actos y está concentrado en mantener prolijo su trabajo para equilibrar la macroeconomía.
Automáticamente después de que se conociera la salida de Manzur -que desde hace tiempo se había instalado en las entrañas del Gobierno- en la Casa Rosada giran los nombres de los posibles reemplazos. Los tres que aparecen con más fuerza son el del canciller, Santiago Cafiero; el actual vicejefe de Gabinete, Juan Manuel Olmos; y el del titular de la AFI, Agustín Rossi.
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La opción de Cafiero parece no tener un futuro prometedor. “No hay forma de que pase. No es serio”, indicaron en Balcarce 50. Desde la oficina de Olmos, que influyó directamente en la designación de la ministra de Trabajo, aseguran que “no está pensando en eso” en este momento y que habrá que esperar a que se cumpla el anticipo de Manzur.
Por último, en el entorno de Rossi niegan que haya existido una comunicación del Presidente con el ex ministro y advierten que el “Chivo” no se ve en este momento ocupando la silla que ya usaron Cafiero y Manzur durante la gestión del Frente de Todos. “En otro tiempo, antes, podía ser. Pero ahora no parece ser el momento”, indicaron. Aún así, Rossi es el que más suena como posible Jefe de Gabinete.
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Cerca de Manzur dicen que decidió anunciar su salida para el principio del año porque las elecciones en Tucumán serán el 14 de mayo y debe cambiar de rol con un margen de tiempo. Lo extraño es que lo haya anunciado tres meses antes. Alberto Fernández ya sabe que tiene que buscar un nuevo reemplazo, una semana después de que le renunciaron tres ministros.
A la salida de Claudio Moroni, Juan Zabaleta y Elizabeth Gómez Alcorta, más el anticipo de Manzur, se sumará, tarde o temprano, el regreso de Jorge Ferraresi a Avellaneda. El ministro de Hábitat tiene decidido volver al territorio para competir nuevamente como intendente. El Gabinete es cada vez menos compacto y tiene baja representatividad política.
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Fernández tiene distintos distintos frentes abiertos. Al silencio que atraviesa su relación con Cristina Kirchner y el enojo que hay en el kirchnerismo por su decisión de auto aislarse, tal como lo interpretan, se suma un desgaste en el vínculo con el sector mayoritario de la CGT, donde aún siguen molestos por no haber sido consultados en la designación de la ministra de Trabajo.
A ese combo se le suma el Movimiento Evita, muy cercano al Presidente, donde esperan que salga un monotributo productivo, un fondo para créditos no bancarios y una agencia para la economía popular. Promesas que consideran incumplidas por parte del Presidente. Y los gobernadores del PJ, que desde hace tiempo militan la derogación de las PASO, pero no encuentran el respaldo que esperaban en el jefe de Estado.
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En ese contexto, cada uno de los sectores está jugando a su juego. No hay una agenda común que le permita al Gobierno tener un lugar preponderante en la escena política. Mucho menos ocupar el centro de la escena. La fragmentación está tan marcada que las diferentes terminales de poder están disociadas.
En el kirchnerismo están convencidos de que al final del camino la CGT y los gobernadores se alinearán con Cristina Kirchner. Lo proyectan en clave electoral pero, al mismo tiempo, intentan desnudar la debilidad de Alberto Fernández. Está solo y no le responden. Eso creen.
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Desde esa terminal presionan para que el ministerio de Economía avance en un plan para congelar precios. Además, le hicieron saber, a través del discurso de Máximo Kirchner en la Plaza de Mayo, que las metas con el FMI deben ser renegociadas. “El problema de la deuda no está solucionado. La Argentina necesita un respiro, no lecciones de economistas que solo benefician a unos pocos”, sentenció
Ayer hubo una reunión en el ministerio de Economía entre el secretario de Comercio, Matías Tombolini, y algunos representantes de empresas de consumo masivo. Allí desde el Gobierno se les propuso avanzar en el congelamiento de una canasta de alimentos por un lapso de tres o cuatro meses. Una canasta distinta a la de Precios Cuidados.
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Los empresarios solo respondieron que evaluarán la propuesta, pero no hay demasiado consenso para aceptar el congelamiento. No creen que sea la solución al interminable problema inflacionario que tiene la Argentina. Por lo que la medida que se empuja desde el Palacio de Hacienda podría quedar trunca.
La agenda K está ligada a las acciones de Sergio Massa y distante de las que llevó a cabo Alberto Fernández. El kirchnerismo juega a restarle protagonismo al Presidente y dárselo al ministro de Economía, al que respaldan pero le piden decisiones rápidas para que los trabajadores recuperen poder adquisitivo y para frenar la inflación, que está degradando, a un ritmo vertiginoso, el salario real.
El Gobierno se mueve en forma descoordinada. Sin un rumbo claro, con proyecciones políticas y electorales diferentes, con divisiones profundas que alteran la gestión y que exponen la debilidad de una estructura peronista sin futuro. Es un gobierno del que unos cuantos se quieren ir y unos pocos aceptan entrar.
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