
Dos días después de la profunda derrota en las PASO, el Gobierno crujió. Alberto Fernández flanqueado por sus ministros y secretarios de confianza definía su plan de resistencia en la Casa Rosada, mientras Cristina Fernández desplegaba una sistemática ofensiva interna desde su despacho en la Cámara de Senadores. Con las espadas ya alzadas, una paradoja de la historia fue clave para evitar en ese momento la ruptura institucional: Vilma Ibarra -blanco móvil de CFK-, recordó su experiencia en la administración de Fernando de la Rúa, y así logró que se suspenda el cisma político que ahora aparece ineludible.
El Presidente y la Vicepresidente asumen que habrá derrota electoral en noviembre y será inevitable un nuevo cambio de Gabinete. Alberto Fernández explica que la responsabilidad debe ser compartida por los tres socios de la coalición oficialista -incluye a Sergio Massa-, en tanto que CFK considera que la debacle del Frente de Todos es consecuencia directa del jefe de Estado, la fiesta en Olivos, el plan económico y los funcionarios que no funcionan y aún defiende.
Alberto Fernández se hizo cargo de la derrota en las PASO, y aceptó reducir a la mínima expresión su participación política en la campaña electoral y en los actos públicos de Gobierno. CFK, Massa, Juan Manzur y hasta su círculo más estrecho recomendaron ese repliegue para preservar la tregua interna.
Un ejemplo sirve para ilustrar esa cesión de poder personal: el 14 de junio de 2021, el Presidente fue hasta Ezeiza para recibir un vuelo que llegó desde Miami con 934.200 dosis de AstraZeneca. El viernes pasado, casi cuatro meses más tarde, Alberto Fernández miró por Youtube la conferencia de prensa que anunciaba la concesión de un crédito de 500 millones de dólares del Banco Mundial (BM) para adquirir 40 millones de dosis a Pfizer y Moderna.
-¿No entiendo por qué no vas? Ese crédito fue una decisión tuya-, le comentaron al jefe de Estado antes que iniciara el acto oficial.
-Ese es mi gobierno. Ahora mi intención es escuchar a la gente. Directo, y sin intermediarios. Es la gente y yo. Qué parte no entienden-, replicó Alberto Fernández.
El repliegue de Alberto Fernández es un hecho anómalo. Los presidentes utilizan las elecciones de medio término para consolidar poder, buscar su reelección o señalar a su futuro delfín político. Hasta Fernando de la Rua, en el ocaso y sin Vicepresidente, participó en la campaña previa a los comicios legislativos de 2001.
El Presidente ya ratificó ante su círculo de confianza que su retirada del espacio público concluirá en la madrugada del 15 de noviembre, cuando se conozcan los resultados provisorios finales de la provincia de Buenos Aires. Frente a la opinión pública, Alberto Fernández se hará cargo de la derrota. Pero hacia adentro, traccionado por su orgullo personal, intentará un ajuste cuentas con los aliados políticos que mutaron en implacables adversarios internos.
A la inversa, Cristina pretende que el jefe de Estado -tras la derrota- ceda la toma de decisiones al Senado, La Cámpora y el Instituto Patria. La vicepresidente ya prepara un gabinete alternativo, consulta a economistas que desconfía, y revista sus fuerzas para librar la ofensiva sobre la Casa Rosada.
Alberto Fernández también cuenta sus propia tropa. Escuchó los argumentos de Vilma Ibarra, y le tiene muchísimo respeto intelectual. Pero ahora cree que es momento de dirimir el conflicto interno.
El Presidente considera clave la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y no piensa entregar a Martín Guzmán. El ministro de Economía es aliado directo de Alberto Fernández, y actúa en bloque con Juan Manzur, Gabriel Katopodis y Juan Zavaleta. Los cuatro ministros saben que tienen su continuidad atada a los márgenes de resistencia del jefe de Estado, y sólo aceptan sus órdenes directas.

CFK tiene a Eduardo “Wado” de Pedro. El ministro del Interior es su alfil en Balcarce 50, y no descarta su ascenso a la jefatura de Gabinete cuando haya que completar el organigrama del Poder Ejecutivo. La Vicepresidente cuenta además con Martín Soria -ministro de Justicia-, Tristan Bauer -ministro de Cultura-, y distintos funcionarios de confianza en la ANSES, PAMI, la Procuración del Tesoro y la AFIP.
Con todo, la puja interna se resolverá por el peso propio de los intendentes del conurbano y los gobernadores peronistas, que serán más o menos influyentes acorde a los resultados electorales del próximo 14 de noviembre.
Mientras tanto, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner se ignoran mutuamente. Preparan el lance final, cuando la votación de noviembre ponga los números a un resultado político que será bisagra institucional en el gobierno del Frente de Todos.
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