
Alberto Fernández decidió construir su propio liderazgo regional y aprovechará la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) para iniciar una jugada política que puede actuar como balance de poder al tándem ideológico que protagonizan Donald Trump y Jair Bolsonaro.
Estados Unidos se apoya en Brasil, Colombia y Chile para hegemonizar la agenda de América Latina, mientras que el resto de los países medianos de la región -Argentina, Uruguay, México, Perú, Ecuador- tratan de romper esa fuerza de gravedad geopolítica y buscan caminos alternativos a las sugerencias que bajan desde la Casa Blanca.
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El presidente argentino desea liderar la marcha por esos caminos alternativos y hará una apuesta estratégica en la Cumbre de la CELAC. Alberto Fernández envía a su canciller Felipe Solá, al secretario de Relaciones Económicas, Jorge Neme, y al designado embajador argentino en México, Carlos Tomada, para proponer un programa de acción colectiva que incluye la situación de Venezuela y Bolivia, los comicios en la OEA y la profundización del comercio regional.

Trump desea terminar con el régimen de Nicolás Maduro y ha evaluado distintas alternativas para resolver esta ecuación política. Desde un golpe de Estado a la variable Juan Guaidó, que ayer sufrió la prepotencia del líder populista.
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Alberto Fernández conoce las aspiraciones de Trump y habla seguido por teléfono con Maduro. El presidente evita plegarse a las pretensiones de máxima de estos mutuos enemigos y busca una solución que satisfaga los intereses políticos de Washington y Caracas, permita una transición ordenada en línea con cierta propuesta del Papa Francisco y signifique su primer triunfo diplomático desde su llegada a la Casa Rosada.
La tarea es compleja e implica una suma de voluntades regionales que Alberto Fernández aún no posee. El presidente puede contar con su colega mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), Cuba, y un puñado de países del Caribe que deben una parte de sus insumos petroleros a la buena voluntad de Maduro.
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De hecho, en la última crisis venezolana, provocada por la decisión de Nicolás Maduro de impedir la reelección de Juan Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional mediante la violenta y antidemocrática medida de impedir el ingreso de sus diputados al recinto, la Argentina quedó bastante solitaria en su posicionamiento; junto con México fue el único país que no firmó el comunicado conjunto del Grupo de Lima, suscrito por los otros 13 países que lo integran: Brasil, Colombia, Canadá, Chile y Costa Rica, entre otros.
Alberto Fernández todavía no convenció a Estados Unidos, Brasil, Colombia, Chile y Uruguay, que están prestos a escuchar a pesar del apoyo del gobierno argentino a Evo Morales, que usa su condición de refugiado político para preparar su regreso triunfante a La Paz. La salida que bosqueja Alberto Fernández para Venezuela no tiene puntos de contacto con el exilio de Morales en Buenos Aires, pero su cercanía a Balcarce 50 tiñe -inevitablemente- la hoja de ruta que el canciller Solá quiere presentar en la CELAC.
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“La alternativa Fernández” a la crisis venezolana se maneja con cautela entre la Cancillería y el primer piso de Balcarce 50, y su fortaleza institucional y política se vincula con otro movimiento que Solá iniciará en nombre del jefe de Estado argentino. El canciller tiene previsto presentar en la CELAC una propuesta de candidatura consensuada para la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA).
María Fernanda Espinoza fue canciller ecuatoriana y titular de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y ahora quiere suceder a Luis Almagro como secretario General de la OEA. Espinosa es propuesta como candidata por Antigua y Barbuda y San Vicente y Granadinas, dos de los 34 países que integran la Organización de Estados Americanos.
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Alberto Fernández tiene profundas diferencias ideológicas con Almagro, desechó como alternativa al diplomático peruano Hugo de Zela -en su momento hizo lobby a favor del dictador Alberto Fujimori, y entonces decidió apoyar a la excanciller de Correa, que está prófugo de la justicia por un caso de soborno y financiamiento ilegal de su coalición política.
Sola habló con Espinoza, y quedó convencido. Argentina también apoyaría su candidatura para desbancar a Almagro de la Secretaria General de la OEA. El presidente cree que Almagro es un pésimo articulador de la diplomacia regional y considera que es tiempo de una profunda renovación en el sistema de relaciones exteriores de América Latina.
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La doble intención de Alberto Fernández -modificar la perspectiva política de la OEA y construir su propio liderazgo regional- puede complicar las relaciones bilaterales de Argentina con Estados Unidos. Donald Trump evalúa que Almagro es una pieza clave en su tablero geopolítico y sólo sacrificaría su nominación si el presidente peronista pudiera garantizar la caída de Maduro, la anomia política de Evo Morales y la continuidad del aislamiento tácito a Cuba.
El presidente argentino jamás aceptaría esta agenda regional para la OEA.
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Trump tiene a Brasil, Chile, Uruguay, Colombia, Paraguay, Canadá, Bolivia, Costa Rica, Belize y Surinam, al menos, para apuntalar al actual secretario de Almagro. Alberto Fernández, en cambio, puede exhibir los apoyos de México, Cuba, Antigua y Barbuda, San Vicente y Granadinas, y algún otro Estado que forma parte de la Comunidad del Caribe (CARICOM).
Por ahora, los números no están a favor del presidente. Estados Unidos es el principal aportante de fondos en la OEA y tiene una influencia regional que Alberto Fernández no puede equiparar. Si no surge una hecatombe diplomática, Almagro será reelecto en la OEA.
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Solá llegará el siete de enero a Ciudad de México y la CELAC comenzará un día más tarde. El canciller tiene una agenda apretada que incluye la participación en la Cumbre y una sucesión de encuentros bilaterales. En el Palacio San Martín no descartaban un conclave de Solá con López Obrador, presidente mexicano.
Será el debut internacional de Solá, en un encuentro diplomático que utilizará para potenciar la imagen de Alberto Fernández, promover la candidatura de Espinosa en la OEA y sostener que Maduro es parte de la solución en la crisis de Venezuela.
Una ambiciosa agenda regional con resultado incierto.
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