¿Por qué seguimos dependiendo de la anchoveta?

La dependencia de la anchoveta ha postergado la diversificación pesquera en el Perú, pese a que el país cuenta con recursos mesopelágicos identificados, décadas de investigación científica y antecedentes de aprovechamiento

Fotografía dividida. Izquierda: barco pesquero con redes y pescadores bajo cielo gris. Derecha: puerto con botes, pescadores descargando peces grandes, edificios y cielo azul.
Una embarcación anchovetera muestra redes semivacías, y en un puerto peruano pescadores artesanales descargan atún y bonito, lo que indica el impacto del Fenómeno El Niño. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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El Perú es un país cuyo mar está marcado por una alta variabilidad oceanográfica y climática, determinada en buena medida por el sistema de la Corriente de Humboldt y por fenómenos como El Niño y La Niña, capaces de modificar periódicamente la productividad del ecosistema y la disponibilidad de los recursos pesqueros. Esta realidad debería habernos enseñado a prever, adaptarnos y diversificar. Sin embargo, seguimos atrapados en una paradoja. Nuestro mar es extraordinariamente productivo y ha sido estudiado durante décadas, pero todavía no hemos logrado convertir toda esa diversidad biológica en nuevas oportunidades pesqueras.

En el sur del continente, la Patagonia ofrece un ejemplo revelador. Allí, un recurso que durante décadas permaneció subexplotado empieza a ser observado desde una perspectiva distinta. La anchoíta patagónica registró entre enero y julio de 2026 desembarques por 4.548 toneladas, frente a apenas 91 toneladas en el mismo periodo de 2025. El interés no está solamente en aprovechar un recurso no explotado, sino en transformarlo en materia prima para productos de mayor valor agregado, entre ellos aceites ricos en omega-3, suplementos, alimentos funcionales y alimentación acuícola. El mercado internacional acompaña esta oportunidad. Según el informe citado por Infobae, el mercado mundial de aceites de omega-3 podría pasar de unos US$3.040 millones en 2024 a US$6.240 millones en 2032.

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La pregunta es ¿Y el Perú?

Vista aérea de pequeñas embarcaciones en el mar cerca de una costa desértica con cerros y variaciones en la tonalidad del agua
Varias embarcaciones pesqueras navegan cerca del litoral peruano, donde las anomalías térmicas del mar mantienen activo el estado de alerta por el fenómeno de El Niño Costero. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Tenemos una de las pesquerías más importantes del mundo basada en la anchoveta y una industria que durante décadas construyó su rentabilidad alrededor de la harina y el aceite de pescado. La anchoveta abunda, tiene mercado y existe una infraestructura moderna y preparada para procesarla. En esas condiciones, desarrollar nuevas pesquerías parecía innecesario. La rentabilidad inmediata terminó desplazando la necesidad de diversificar.

Pero la variabilidad del mar siempre estuvo allí.

La ciencia tampoco ha faltado. Desde hace décadas, el Instituto del Mar del Perú-IMARPE, estudia los recursos mesopelágicos que son más abundantes que la anchoveta. A la fecha ya se han identificado alrededor de 40 especies inexplotadas. Los estudios científicos han permitido conocer aspectos de su reproducción, distribución y biología. Y la investigación continúa. Durante El Niño 1997-98, IMARPE registró una biomasa de 14 millones de toneladas de Vinciguerria lucetia (pez linterna) en uno de sus cruceros, mientras evaluaba los cambios en la distribución de diferentes especies pelágicas bajo condiciones cálidas.

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En el Perú ya existen antecedentes de haber intentado llevar los peces mesopelágicos desde la investigación hacia la actividad pesquera. Durante los años noventa se realizaron experiencias de captura y procesamiento de estos recursos, incluida la producción de harina y aceite. Es decir, no estamos hablando de descubrir un recurso desconocido ni de imaginar una pesquería desde cero.

Si entonces fue posible intentarlo, ¿por qué no podríamos volver a hacerlo hoy, con varias décadas adicionales de conocimiento científico y avances tecnológicos?

Embarcación pesquera industrial peruana con bandera de Perú, red llena de anchoveta, dos especialistas con tabletas y computadoras, equipos de monitoreo científico.
Especialistas supervisan la captura sostenible de anchoveta desde la embarcación pesquera Santa María III, que opera frente a la costa peruana con monitoreo de datos científicos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La respuesta está, en buena medida, en la historia de nuestra propia industria. Mientras la anchoveta mantuvo niveles importantes de disponibilidad y la harina y el aceite ofrecieron retornos atractivos, la necesidad de asumir el riesgo de desarrollar una nueva pesquería fue limitada. La diversificación quedó postergada.

Hoy el escenario es diferente. Las condiciones ambientales están obligando a la industria a mirar con mayor atención la vulnerabilidad de depender de un solo recurso. En 2026, IMARPE reportó condiciones cálidas persistentes, desplazamientos de la anchoveta y una condición biológica desfavorable del stock norte-centro, razones que llevaron a aplicar el enfoque precautorio y concluir la primera temporada de pesca.

No significa que la anchoveta haya dejado de ser el principal recurso de nuestra pesca. Significa que no podemos seguir actuando como si siempre fuera suficiente, o que la anchoveta va a abundar para siempre.

Desarrollar una pesquería mesopelágica tampoco consiste simplemente en lanzar una red al mar. Será necesario demostrar su viabilidad económica y ambiental, determinar los artes de pesca adecuados, evaluar modificaciones tecnológicas en las embarcaciones, reducir la captura incidental y definir volúmenes de extracción compatibles con la sostenibilidad del ecosistema. Allí está precisamente el trabajo que falta completar.

Y existen mecanismos para reducir el riesgo de esa innovación. La legislación peruana contempla incentivos tributarios para proyectos de investigación, desarrollo e innovación calificados por CONCYTEC a través de la ley 303039. El desafío es que estos instrumentos no se queden en el papel y sean utilizados para llevar el conocimiento científico hacia pruebas concretas, tecnología y nuevos negocios.

Muelle de madera con redes de pesca y cajas apiladas, frente a un mar gris agitado con olas blancas y un cielo nublado que muestra tenues reflejos cálidos en el horizonte.
Un muelle pesquero en la costa peruana se muestra vacío con redes apiladas y el mar agitado bajo cielos nublados, reflejando el impacto del fenómeno de El Niño en la actividad pesquera local. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La experiencia argentina resulta útil justamente por eso. La anchoíta patagónica demuestra que un recurso pequeño y tradicionalmente subexplotado puede adquirir otra dimensión cuando se conecta la abundancia con ciencia, inversión, tecnología y mercados de alto valor.

Perú tiene recursos, investigación y antecedentes. Lo que falta es dar el siguiente paso.

La verdadera pregunta ya no es si conocemos los recursos que existen en nuestro mar. Los conocemos. La pregunta es ¿cuánto tiempo más vamos a esperar para convertir ese conocimiento en nuevas pesquerías?

La anchoveta construyó una de las industrias pesqueras más importantes del mundo. Pero quizá su mayor legado debería ser enseñarnos que la abundancia de un recurso no puede convertirse en una excusa para dejar de mirar los demás. Como diría mi abuela, “no pongas todos los huevos en la misma canasta”.

Diversificar no significa abandonar la anchoveta. Significa dejar de depender exclusivamente de ella. Y quizá el futuro de la pesca peruana no esté en pescar más, sino en aprender a pescar de otra manera.

Jennifer Vilches

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