
El periodista chileno Alejandro Tapia presenta No necesitamos banderas: Los Prisioneros en Perú, un libro que reconstruye el vínculo entre la banda chilena y miles de jóvenes peruanos, a partir de archivos inéditos y más de 70 testimonios presenciales, incluidos los propios músicos. La obra, publicada por Borrador Editores en junio de 2026, recorre 20 años de historia: desde el concierto en la Plaza de Acho en 1987 hasta las giras de los años noventa y el reencuentro de los dos mil.
Tapia, licenciado en Comunicación Social por la Universidad Diego Portales y autor del libro anterior Ya viene la fuerza. Los Prisioneros 1980-1986, llegó a este proyecto por una inquietud que le quedó pendiente durante su primera investigación. “Al analizar todas las presentaciones que hicieron Los Prisioneros fuera de Chile, la de Acho ocupaba un lugar central, no solo para la historia de la música popular peruana, sino que también era un concierto que se mitificó”, explicó Tapia en entrevista con Infobae Perú. Esa pregunta sin respuesta —por qué el concierto de Acho era tan importante— fue el punto de partida de una investigación que terminó abarcando dos décadas.
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La mirada peruana del relato
El libro no es solo una crónica musical. Tapia construyó el relato principalmente desde la mirada peruana: entrevistó a ciudadanos comunes, músicos de la movida subterránea, integrantes de bandas como Río y Libido, y personas vinculadas a la industria musical y los medios de comunicación limeños. “Quería contar la historia de una banda chilena en ojos de ciudadanos peruanos, de los jóvenes que vivieron el boom de Los Prisioneros en Perú”, dijo el autor.
El 17 de septiembre de 1987, Los Prisioneros aterrizaron en Lima sin saber con exactitud cuán conocidos eran allí. Dos días después, el 19 de septiembre, tocaron ante más de 12 mil personas en la Plaza de Toros de Acho. Ese concierto, que con los años se convirtió en uno de los más recordados de la música peruana, estuvo a punto de cancelarse: una disputa entre el sonidista de la banda y los propios músicos generó tanta tensión que el grupo telonero, Dudó, no pudo presentarse. Además, Los Prisioneros llegaron a Lima con sus teclados guardados en cajas de cartón, sin los estuches rígidos que usaban los conjuntos considerados “profesionales”.
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La presentación en Acho también dejó al descubierto una paradoja. Los integrantes de la movida subterránea limeña veían con desconfianza a Los Prisioneros porque sonaban en radios FM como Panamericana y Studio 92, aparecían en televisión y estaban publicados en una multinacional. Sin embargo, ese mismo concierto fue el momento en que la desconfianza se transformó en admiración. “La gente no solo saltó, gritó y cantó, sino que también bailó”, recuerda Tapia. Esa mezcla de mensaje contestatario con música bailable fue, según el autor, la clave de su impacto: “La fusión de esos dos elementos genera una bomba atómica”.
La sombra de Pinochet sobre Lima
Uno de los hallazgos del libro son los documentos secretos que Tapia consiguió: el intercambio de cables entre la embajada de Chile en Lima y la cancillería chilena durante la visita de 1987. La dictadura de Augusto Pinochet siguió los pasos de Los Prisioneros en la capital peruana con preocupación. Los consideraban un grupo marxista y habían reproducido una entrevista en la que los músicos declaraban que el régimen era “una basura”.
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“El régimen militar chileno siguió los pasos de Los Prisioneros en Lima de manera muy sigilosa”, señaló Tapia. Los despachos diplomáticos registraron cada movimiento de la banda. Aun así, en algún momento los funcionarios debieron reconocer en sus propios cables que los medios limeños habían informado sobre el éxito masivo del grupo. La dictadura no pudo ignorar que Los Prisioneros habían triunfado en Perú.
Según el libro, el episodio muestra la dimensión política del fenómeno. Según el libro, las letras de Jorge González —canciones como “El baile de los que sobran” o “Muevan las industrias”— resonaron entre los jóvenes peruanos no porque apuntaran específicamente a la realidad chilena, sino porque describían una condición latinoamericana compartida. En 1987, “El baile de los que sobran” terminó como número uno en el recuento anual de Lima Airplay, el ranking de los temas más difundidos en las radios peruanas.
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Identificación más allá de la música
Tapia también analizó por qué Los Prisioneros lograron en Perú algo que no consiguieron en Argentina. La respuesta, según el investigador, tiene que ver con la identificación física y cultural. Los Prisioneros eran chicos de cabello oscuro, piel morena, que vestían como cualquier joven de barrio. “Algunas personas que eran jóvenes en esa época me cuentan que empezaron a vestirse como los Prisioneros. Que una persona de otro país se vista parecido a los integrantes de un grupo chileno quiere decir que algo más profundo está ocurriendo ahí”, explicó Tapia.

El libro también recoge la perspectiva del propio González sobre lo que significó Perú para la banda. “Todas las veces que fuimos a Perú fue super bueno, nos sentíamos unos héroes”, declaró el músico, citado en la obra.
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Regreso triunfal de 1991
La segunda gran visita ocurrió en 1991, en el marco de la gira del álbum Corazones. Para entonces, Los Prisioneros ya llegaban como megaestrellas y con una formación renovada que incluía a Robert Rodríguez, un músico nacido en Arequipa a quien la prensa limeña bautizó como "el prisionero peruano“. La banda viajó a Perú en 2 ocasiones ese año.
Fue también en esa etapa cuando se produjeron las entrevistas televisivas que hasta hoy circulan en YouTube. En el programa de Jaime Bayly, Los Prisioneros aparecieron con un comportamiento que desconcertó al conductor: lánguidos, bromistas, aparentemente desinteresados. Según un técnico de la banda citado en el libro, el motivo fue que alguien había introducido pastillas para adelgazar en las cervezas que tomaron antes del programa. Bayly, que no los conocía del todo, no supo distinguir cuándo hablaban en serio y cuándo bromeaban. Hay momentos de la entrevista en que González responde con total seriedad y el conductor lo interpreta como una broma.
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El episodio con Gisela Valcárcel fue de otro tono. En 1998, Jorge González y Miguel Tapia regresaron a Lima bajo el nombre Los Dioses —con el músico venezolano Argenis Brito como tercer integrante— y la conductora intentó obligarlos a presentarse en vivo. La banda no había llevado sus instrumentos y se negó a hacer playback. La situación derivó en un encontrón público que también se viralizó con los años.
Cerca de morir en el incendio de Utopía
Uno de los episodios más perturbadores del libro ocurrió en 2002, durante la Gira de Reencuentro. Los Prisioneros —con la formación original de González, Claudio Narea y Miguel Tapia— eligieron Perú como el primer país a visitar tras una década de separación. Se presentaron en el Jockey Club ante 30 mil personas.
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Esa misma noche se inauguraba la discoteca Utopía, ubicada frente al escenario. La banda recibió una invitación para asistir al sector VIP. Según los testimonios recabados por Tapia, los músicos estuvieron muy cerca de ir. Una versión señala que finalmente decidieron no asistir por lo tarde que se hizo; otra indica que un neumático pinchado los demoró lo suficiente como para que el incendio ya estuviera declarado cuando se disponían a partir. El incendio de Utopía dejó más de 20 muertos esa noche. “
La gira de reencuentro también llevó a Los Prisioneros a Cusco, ciudad donde, según el libro, se evidenciaron las tensiones internas que derivarían en una nueva separación del trío original. González, por su parte, aprovechó esas visitas para pronunciarse sobre temas bilaterales como la carrera armamentista y el caso Lucchetti, declaraciones que generaron repercusiones en ambos países.
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Un libro construido desde el archivo y la memoria
Para escribir ‘No necesitamos banderas’, Tapia realizó alrededor de 70 entrevistas en Santiago y Lima, viajó a Perú específicamente para la investigación y consultó el archivo de la Biblioteca Nacional del Perú, donde encontró cientos de artículos de prensa sobre las visitas del grupo. También tuvo acceso a registros audiovisuales inéditos: grabaciones realizadas en 1987 con una cámara de Video 8 que pertenecía a González y cuyo contenido conserva Narea, y material filmado por Cecilia Aguayo —integrante de la formación de 1991— durante esa gira.

Tres personas ligadas a la historia de la banda nacieron en territorio peruano. Carlos Fonseca, el mánager histórico del grupo; Robert Rodríguez, integrante entre 1990 y 1992; y Leslie Ames, encargada de prensa entre 1989 y 1991. El libro también recoge que en 2018 se publicó en Lima ‘Hermosos ruidos’, una antología de 27 cuentos inspirados en canciones de Los Prisioneros, y que en 2019 varios artistas peruanos participaron en el álbum tributo ‘Jorge González. Esta es para hacerte feliz. Tributo’.
‘No necesitamos banderas: Los Prisioneros en Perú’ estará disponible en librerías en Lima y plataformas a partir del jueves 25 de junio. Su presentación oficial en la Feria del Libro de Lima está programada para el jueves 23 de julio de 2026.
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