Diez en diez: la factura económica de la inestabilidad política

La inestabilidad política reiterada no es solo un fenómeno institucional; es un factor económico que incide en el costo de capital, la inversión privada y, en última instancia, en el patrimonio de los ciudadanos

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El sol se mantiene fuerte gracias a una economía estable, un banco central independiente, amplias reservas y un comercio exterior positivo impulsado por los minerales que exporta Perú.
El sol se mantiene fuerte gracias a una economía estable, un banco central independiente, amplias reservas y un comercio exterior positivo impulsado por los minerales que exporta Perú. Foto: iStock

El Perú ya ha atravesado una década marcada por una sucesión inusual de presidentes. Desde 2016 hasta hoy, el país acumuló 10 mandatarios en 10 años, en un periodo definido por vacancias, renuncias, encargaturas y transiciones abruptas. A este escenario se suman recientes renuncias en el gabinete ministerial, que refuerzan la percepción de fragilidad en la conducción política del país. No se trata de hechos aislados: es la continuación de un patrón.

La inestabilidad política reiterada no es solo un fenómeno institucional; es un factor económico que incide en el costo de capital, la inversión privada y, en última instancia, en el patrimonio de los ciudadanos.

La inestabilidad tiene precio

Cuando un país acumula episodios de incertidumbre institucional, el mercado no entra en pánico cada vez. Lo que hace es más sutil —y más costoso—: ajusta permanentemente su percepción de riesgo.

Ese ajuste se traduce en una prima adicional en el riesgo país, lo que encarece el financiamiento para el Estado y se traslada en tasas más altas para las empresas. Como consecuencia, se desincentiva la inversión privada y se limita el crecimiento potencial de la economía. No es un castigo ideológico. Es un cálculo racional.

El daño silencioso: el crecimiento que no ocurre

Cada vez que el entorno político se vuelve incierto —ya sea por crisis en el Ejecutivo, tensiones con el Legislativo o cambios constantes en el gabinete—, las decisiones económicas se frenan: una empresa posterga su expansión, un inversionista internacional reduce su exposición, los bancos encarecen el crédito y los emprendedores prefieren esperar antes de arriesgar capital.

Ese conjunto de decisiones pequeñas genera un efecto agregado enorme: menor productividad, menor empleo formal y menor ingreso per cápita en el largo plazo.

La inestabilidad no destruye la economía de un día para otro. La erosiona gradualmente.

El rol del Banco Central: un contrapeso clave

Aquí es justo reconocer un punto clave: el Banco Central de Reserva del Perú ha sido, en esta década turbulenta, el ancla de estabilidad. Su independencia, disciplina monetaria y manejo prudente de reservas han evitado crisis mayores.

Ese contrapeso ha permitido contener episodios de volatilidad cambiaria, mantener las expectativas inflacionarias bajo control y sostener la credibilidad financiera del país a nivel internacional. Pero ningún banco central, por más impecable que sea, puede sustituir la gobernabilidad política.

La política define reglas, marcos regulatorios, confianza empresarial y ejecución de políticas públicas. La estabilidad monetaria amortigua, pero no reemplaza la gobernabilidad.

El impacto directo en el patrimonio de los ciudadanos

Un país con menor crecimiento potencial tiende a generar menores retornos en las inversiones locales, una menor valorización inmobiliaria y un menor dinamismo empresarial, además de una mayor sensibilidad frente a los movimientos cambiarios. Un portafolio concentrado exclusivamente en una sola jurisdicción absorbe ese riesgo completo.

Por eso, la gestión patrimonial responsable no puede ignorar el contexto político. Diversificar jurisdicciones —invertir parte del patrimonio en mercados internacionales, en distintas monedas y bajo marcos regulatorios estables— no es una señal de desconfianza hacia el país, sino una práctica estándar de gestión de riesgo.

Cuando la política se vuelve impredecible y el riesgo es estructural, la disciplina financiera se convierte en una obligación.

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