
El Día de San Valentín suele venir acompañado de una narrativa idealizada del amor: vínculos intensos, entrega total y gestos que, muchas veces, se confunden con compromiso genuino. En ese contexto emocional, no es raro que señales de alerta —las conocidas red flags— sean minimizadas o directamente ignoradas, incluso cuando generan malestar. La pregunta es inevitable: ¿por qué damos por alto advertencias claras en una relación?
Las fechas simbólicas intensifican la necesidad de pertenencia y validación afectiva. La presión social por “tener pareja”, sumada a la exposición constante en redes, empuja a muchas personas a sostener relaciones que no las hacen sentir bien. El amor se convierte en una meta que debe cumplirse, y cualquier duda se vive como un fracaso personal más que como una señal a atender.
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Desde la neuropsicología, esta tendencia no responde a debilidad emocional, sino a la forma en que el cerebro construye expectativas, procesa la aprobación externa y aprende —desde edades tempranas— qué conductas son aceptables en un vínculo. Así lo explica la neuropsicóloga y docente de la EPG Continental, Carmen Borasino Alzamora, en entrevista con Infobae Perú.
¿Por qué damos por alto las red flags?

Ignorar una red flag no es un acto aislado, sino el resultado de múltiples aprendizajes acumulados. Desde la infancia, las personas observan y absorben modelos de relación: lo que vieron en casa, en vínculos cercanos y aquello que el entorno valida como “normal”. Estas referencias moldean las expectativas afectivas y condicionan lo que se tolera.
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A ello se suma la necesidad de aprobación, hoy amplificada por la dinámica digital. La especialista señala que la posibilidad de mostrar el vínculo “con un click” puede llevar a valorar más lo visible que lo vivido. La validación externa —likes, comentarios, reacciones— refuerza la idea de que la relación funciona, incluso cuando internamente hay señales de alerta.
En ese escenario, el cerebro prioriza sostener la expectativa antes que confrontarla. Las dudas se relativizan, se justifican conductas incómodas y se posterga la incomodidad con la esperanza de que sea pasajera. Así, las red flags se reinterpretan como “detalles” o “etapas normales”, en lugar de advertencias tempranas.
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El control y los celos no son muestras de amor
Uno de los errores más comunes en las relaciones es confundir intensidad con profundidad emocional. El control, los celos o la demanda constante de atención pueden sentirse, al inicio, como señales de interés o compromiso. Sin embargo, estas conductas suelen responder más a inseguridades y estructuras de personalidad que a amor genuino.

Borasino explica que, en muchos vínculos, se intenta que el otro se acomode a lo que uno considera correcto. Esto puede derivar en luchas de poder o dinámicas donde uno cede autonomía para evitar el conflicto. Aunque el vínculo “funcione” en la práctica, eso no implica que sea sano.
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Existen, además, combinaciones de personalidad que encajan con facilidad: personas con tendencia a la sumisión junto a otras con necesidad de control. Estas relaciones pueden sostenerse en el tiempo, pero a costa del bienestar emocional. La clave, señala la especialista, está en preservar la individualidad y los espacios propios, incluso dentro de una relación amorosa. “Es importante conocer que, más allá de que existan estructuras de personalidad distintas y diversas, no se debe trascender el límite de lo que es sano para el otro, ni la autonomía que debe conservarse siempre, incluso cuando se tiene un vínculo amoroso", sostuvo.
¿Por qué cuesta tanto poner límites en una relación?
La culpa aparece porque muchas personas no aprendieron a poner límites ni a reconocerlos como una herramienta saludable. En lugar de verse como un acto de cuidado, el límite suele asociarse al rechazo, al egoísmo o al miedo a perder el vínculo.
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Socialmente persisten creencias que refuerzan esta dificultad: la idea de que, por ser pareja o familia, “todo está permitido”. Bajo esa lógica, se normaliza ceder aspectos fundamentales de la identidad —amistades, familia, trabajo— para sostener la relación. Cuando esto ocurre, ya no se trata de amor, sino de control.
La neuropsicóloga advierte que ningún vínculo que dañe debería conservarse y que una relación sana no coloca a la persona en una encrucijada constante entre su bienestar y el afecto. Reconocer esto implica desaprender la culpa y entender que alejarse de lo que lastima también es una forma de cuidado.
“Ninguna relación que nos limite la capacidad de elegir, que nos ponga entre la espada y la pared, puede considerarse sana; un vínculo saludable no nos colocaría en una situación así”, sostuvo.
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En San Valentín, celebrar el amor puede ser también cuestionar sus formas. Identificar red flags, resignificar la intensidad y validar el derecho a poner límites no debilita los vínculos: los vuelve más conscientes, más sanos y, sobre todo, más humanos.
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