
A más de 3.700 metros de altitud, en la provincia de Canas, la estructura colgante de ichu que cruza el río Apurímac quedó suspendida de un solo lado. No fue una caída fortuita. Lo que parecía un accidente pronto se convirtió en el centro de una investigación penal. Las autoridades peruanas confirmaron que el puente Q’eswachaka, considerado el último vestigio vivo de ingeniería vial inca, fue objeto de un atentado.
El Ministerio Público del Cusco, tras una inspección técnica en la zona, determinó que el desprendimiento se produjo por un corte deliberado. “Está totalmente confirmado, no solo por nosotros, sino también por los especialistas del Ministerio de Cultura”, señaló el alcalde de Quehue, Walter Oroche a Nueva TV Nacional. El puente, tejido a mano con fibra vegetal por comunidades locales, estaba a solo semanas de su tradicional renovación anual.
La noticia provocó indignación en las comunidades campesinas de Huinchiri, Ccollana Quehue, Chaupibanda y Choccayhua, encargadas cada año de levantar esta estructura ancestral. El atentado no solo afectó un puente de uso local, sino también una tradición reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Frente al daño, la respuesta no se hizo esperar: la reconstrucción se llevará a cabo los días 5, 6 y 7 de junio, y culminará el 8 con un festival.
“El día 8 inauguramos el puente con un festival similar a los que se realizan en centros históricos”, anunció el alcalde distrital.
Preparativos para la reconstrucción

Las comunidades responsables del puente no se limitaron a denunciar el atentado. De inmediato activaron sus mecanismos de respuesta tradicional. Cada año, a inicios de junio, más de mil comuneros se reúnen para renovar el Q’eswachaka mediante técnicas heredadas. Este año, el trabajo cobra un significado especial, pues la reconstrucción no solo servirá para restaurar la estructura, sino también para reafirmar el compromiso colectivo frente a la agresión.
“Desde el 8 de junio, todo el turismo en Aquehuachaca estará totalmente renovado y se podrá continuar con las visitas”, aseguró el alcalde Oroche.
Se espera que entre 1,100 y 1,200 comuneros de las cuatro comunidades mencionadas participen en las labores. El trabajo se realizará en turnos, siguiendo los principios de la minka, práctica incaica de colaboración colectiva. Esta tradición perdura como parte esencial de la identidad de la zona.
El atentado y la investigación fiscal

El presidente de la Junta de Fiscales Superiores del Cusco, José Manuel Mayorga Zárate, informó que las pesquisas en la zona evidenciaron un corte intencional en una de las bases del puente. El daño no corresponde a un colapso natural ni a un desgaste del ichu, sino al uso de una herramienta que habría seccionado las fibras.
“Esto ha sido sin duda un atentado y se han emitido las disposiciones correspondientes por parte del fiscal para identificar, ubicar y procesar a los autores de este lamentable atentado contra nuestro patrimonio”, declaró.
Algunos segmentos del puente quedaron sumergidos en el río, mientras otros colgaban desde uno de los estribos de piedra. El Ministerio Público tipificó el hecho como delito contra el patrimonio cultural prehispánico. Por ahora, las diligencias se mantienen reservadas.
Los peritos se desplazaron con apoyo del Proyecto Qhapaq Ñan y de la Coordinación de Monumentos y Sitios de la provincia de Canas, con el objetivo de obtener una evaluación técnica detallada.
Un legado de más de seis siglos

El Q’eswachaka, con sus 30 metros de largo, es el único puente inca en funcionamiento. Forma parte del sistema de caminos del Tahuantinsuyo, conocido como Qhapaq Ñan, y conecta desde hace siglos a los habitantes de ambas márgenes del Apurímac. Su construcción, hecha con ichu trenzado a mano, piedra y madera, obedece a técnicas que no han cambiado en generaciones.
Cada junio, los comuneros destruyen el viejo puente y lo reemplazan por uno nuevo, en un proceso que dura tres días y que finaliza con una ceremonia. La transmisión de este conocimiento no pasa por documentos escritos, sino por la práctica directa. El trabajo de los más experimentados guía a los más jóvenes. Así, la estructura vuelve a levantarse año tras año, y con ella, también se renuevan los vínculos entre las comunidades.
El atentado al Q’eswachaka no solo representa una agresión física. Para muchos, constituye una afrenta al patrimonio vivo de los pueblos andinos. La presencia de técnicos y arqueólogos en la zona busca determinar con precisión los daños, pero también acompañar el proceso de restauración, que recae en manos de quienes tuvieron esta práctica durante siglos.
Mientras avanzan las pesquisas para dar con los responsables, las comunidades preparan las sogas de ichu. La convocatoria a la minka está hecha. En medio del desconcierto por el ataque, las poblaciones andinas del Cusco han decidido responder desde su lugar más fuerte: la organización colectiva.
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