
Se acerca la Semana Santa, festividad religiosa ampliamente celebrada por los peruanos, aunque no siempre desde un sentido estrictamente espiritual. Muchos dirán que se ha comercializado, y es cierto que se ha transformado en una expresión cultural donde la fe y la economía se encuentran. Sin embargo, en el Perú persiste un núcleo sólido de religiosidad que sigue alimentando de fe festividades como la Semana Santa.
Según una reciente encuesta del IEP, el 85 % de los peruanos considera que la religión es muy o algo importante en sus vidas. Efectivamente, el Perú es un país donde la religión, en sus diversas expresiones, se manifiesta, entrecruza y produce significados, no solo en los rituales oficiales de las iglesias o en las festividades populares, sino también en la cotidianidad de la gente.
Por ello, la simbología religiosa suele estar abierta a una multiplicidad de usos e interpretaciones, en particular en la religiosidad católica. De acuerdo con la encuesta mencionada, el 64 % de los peruanos se confiesa católico. Aunque el catolicismo sigue siendo la religión mayoritaria en el Perú, mantiene una tendencia decreciente, principalmente debido al crecimiento de las iglesias evangélicas (22 %) y al aumento de la indiferencia religiosa (12 %). A pesar de esta disminución, su influencia persiste en las distintas dimensiones de la esfera pública.
El punto central de esta reflexión es el rol que las religiones deberían jugar en la esfera pública. Al respecto, planteo tres puntos clave.
En primer lugar, la experiencia religiosa es intrínsecamente diversa. No hay una sola forma de ser católico, evangélico o budista. Es cierto que las instituciones religiosas formulan interpretaciones sobre sus libros sagrados o principios morales con una pretensión de exclusividad, pero la existencia de otras interpretaciones alternativas evidencia que la pluralidad es un enfoque necesario para comprender la experiencia religiosa. Más aún cuando se trata de la espiritualidad o los rituales, vías a través de las cuales los creyentes se comunican con lo divino.
La religiosidad popular, en este sentido, es particularmente rica en diversidad. Cuanto más alejado esté el creyente o la comunidad de los límites interpretativos determinados por las jerarquías, mayor es su autonomía para resignificar o reinterpretar los símbolos religiosos desde sus propias experiencias y contextos. Ejemplo de ello es la ancestral peregrinación al santuario del Señor de Qoyllur Riti, donde cruces y apus se encuentran, o la espléndida festividad de la Mamacha Carmen en Paucartambo, donde saqras, danzas y negrillos se fusionan. En estas festividades, personajes, mitos y coreografías andinas y cristianas se entrelazan, creando una riqueza espiritual y cultural única.
En segundo lugar, las expresiones religiosas comparten ciertos valores éticos en sus núcleos de verdad. En las festividades religiosas del Perú se perciben narrativas morales como la lucha entre el bien y el mal o la exposición, a veces descarnada, otras histriónica, de las debilidades humanas, siempre encaminadas al triunfo de lo bueno. Esta categoría se encarna en los personajes simbólicos del cristianismo, como la Virgen o Cristo.
Ejemplo de ello es la espectacular salida del Señor Resucitado en sus imponentes andas al cierre de la Semana Santa ayacuchana, o la imagen de los saqras (demonios) escondiéndose ante el paso triunfal de la Virgen en Paucartambo.
En tercer lugar, las religiones pueden contribuir a la construcción de ciudadanía. Según Habermas, “las tradiciones religiosas están provistas de una fuerza especial para articular intuiciones morales, sobre todo en atención a las formas sensibles de la convivencia humana”. En efecto, el sentimiento religioso puede fortalecer la identificación de los ciudadanos con los ideales que fundamentan una sociedad democrática.
No obstante, para que esto ocurra, las instituciones religiosas deben realizar una autocrítica sobre su rol histórico en sociedades como la peruana. No siempre han estado del lado de la democracia o de la dignidad humana. En la actualidad, los fundamentalismos representan una seria amenaza para la convivencia democrática e incluso para las propias religiones. Sin embargo, hay abundantes evidencias de que, entre los creyentes —incluso entre quienes están en los márgenes de la institucionalidad religiosa—, la espiritualidad persiste como una fuerza generadora de valores que nos hacen más humanos. Esa es la sorprendente paradoja de las religiones: nos conectan con lo divino para enseñarnos a ser más humanos.

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