
Hace 28 años, el grupo terrorista, el MRTA secuestró a 72 personas durante un ataque a la residencia del embajador japonés en Lima. Este hecho, que duró más de 4 meses, tuvo un desenlace con la intervención de las Fuerzas Armadas y un alto costo humano.
Durante una fiesta de celebración del cumpleaños del emperador japonés Akihito, el grupo insurgente irrumpió en la residencia del embajador japonés en Lima, tomando a 72 personas como rehenes.
El ataque, realizado con una explosión que abrió un hueco en el muro del jardín, fue un golpe contundente para el gobierno peruano, que ya estaba inmerso en una lucha constante contra grupos armados.
Comienza la pesadilla

La escena fue impactante: alrededor de 800 invitados, entre ellos diplomáticos, funcionarios del gobierno peruano, empresarios y académicos, estaban reunidos en el evento organizado por el embajador japonés, Morihisa Aoki.
Entre los secuestrados, se encontraban figuras de alto perfil, como Francisco Tudela, Ministro de Relaciones Exteriores; Rodolfo Muñante, Ministro de Agricultura; y Máximo Rivera, jefe de la Dirección Nacional Contra el Terrorismo.
El impacto fue inmediato, tanto en Perú como a nivel internacional, ya que la situación puso de manifiesto la vulnerabilidad del país ante ataques de tal magnitud, a pesar de los avances previos en la lucha contra el terrorismo liderada por el gobierno de Alberto Fujimori.
El sufrimiento de los rehenes

A medida que los días transcurrían, la situación se volvía cada vez más desesperante. Mientras tanto, los terroristas mantenían a los rehenes bajo un férreo control. La comida era escasa y las condiciones de vida dentro de la residencia se deterioraban rápidamente.
Durante este período, los terroristas, pertenecientes al MRTA, exigían la liberación de sus compañeros presos y la implementación de un plan de amnistía. A pesar de las constantes negociaciones entre el gobierno peruano y los insurgentes, el presidente Alberto Fujimori adoptó una postura inflexible: no habría concesiones. Esta determinación por parte del gobierno peruano y la presión internacional para encontrar una solución pacífica crearon una atmósfera de tensión sin precedentes.
De hecho, varios gobiernos, entre ellos el japonés, manifestaron su respaldo al gobierno peruano, aunque la comunidad internacional temía que cualquier acción mal calculada pudiera desencadenar una tragedia mayor.
Operación Chavín de Huántar

La tensa espera culminó el 22 de abril de 1997 con la ejecución de la Operación Chavín de Huántar. Este operativo militar, diseñado para liberar a los rehenes, fue llevado a cabo por un grupo de comandos peruanos entrenados específicamente para situaciones de rescate.
Los comandos, equipados con tecnología avanzada como micrófonos y cámaras ocultas, lograron infiltrarse en la residencia sin ser detectados. La información recabada durante meses de vigilancia permitió a los militares conocer cada detalle de los movimientos de los terroristas.
La rutina diaria de los secuestradores, que incluía sesiones de fútbol por la tarde, fue una oportunidad estratégica para planificar el asalto. Esta rutina permitió a los comandos sincronizar el ataque y tomar a los terroristas por sorpresa.

El asalto comenzó a las 15:23, con tres explosiones casi simultáneas que devastaron el primer piso del edificio. En menos de una hora, los comandos aseguraron la residencia y liberaron a 71 de los rehenes, con una precisión que sorprendió a propios y extraños.
El presidente Alberto Fujimori, quien supervisó en todo momento el desarrollo de la operación, fue rápidamente aclamado como un héroe nacional por su firme postura ante el terrorismo. Sin embargo, las críticas internacionales no se hicieron esperar.
Mientras algunos destacaron la valentía y eficacia de la acción militar, otros cuestionaron las tácticas empleadas, especialmente el trato dado a los terroristas que se rindieron. No obstante, la opinión pública en Perú celebró el éxito de la operación y el regreso de los rehenes a salvo.
Rehenes de alto perfil y su liberación

A lo largo de los días de cautiverio, algunos de los rehenes capturados por el MRTA fueron figuras prominentes, cuyos nombres resonaban en todo el país y el extranjero. Diplomáticos como el embajador japonés, Morihisa Aoki, y sus homólogos de Alemania, Bélgica, Cuba y Venezuela, estuvieron entre los más destacados de los secuestrados. También, varios congresistas, como Javier Diez-Canseco, Carlos Blanco y Samuel Matsuda, fueron retenidos durante el ataque.
A pesar de la liberación de los rehenes, las heridas causadas por la violencia del conflicto armado interno se mantuvieron vivas en la sociedad peruana durante años.
Al final, la historia de la toma de la residencia del embajador japonés en Lima y la Operación Chavín de Huántar se convirtió en un capítulo significativo de la lucha de Perú contra el terrorismo, marcado tanto por su éxito militar como por los dilemas éticos y humanos que planteó.
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