
En el Perú, los niños viven bajo una sombra constante de vulnerabilidad. Sus días, con alarmante frecuencia, están marcados por el acoso sexual, la violencia física y la explotación, amenazas que les acechan en cada esquina. Si pudieran declarar ante los medios de comunicación con la autorización de sus padres, muchos menores confesarían, sin reservas, el miedo aterrador que sienten al caminar solos por las calles.
El temor de los niños podría incrementarse después de ver junto a sus padres reportajes en los que menores fueron secuestrados y, en el peor de los casos, asesinados a sangre fría. En las pantallas de televisión, los infantes ven el rostro de los presuntos asesinos, figuras que se incrustan en sus mentes como las peores pesadillas. Por su parte, algunos adultos adoptan una postura diferente: impulsados por la ira y la desesperación, expresan su deseo de encontrar a estos sujetos para hacer justicia por sus propias manos.
Hacer justicia con sus propias manos era lo que deseaban los familiares de las 13 niñas que perdieron la vida a manos del ‘Monstruo de Parcona’, un ser despreciable cuya infamia ocupó las portadas de los principales diarios del país. La noticia de su condena a cadena perpetua en el Penal Cristo Rey de Cachiche, en Ica, ofreció un alivio a los peruanos, quienes, antes de la sentencia, vivían angustiados por la seguridad de sus hijos menores.

Y no era para menos, porque en 1995 el Perú amaneció con un hecho trágico: una niña había sido encontrada muerta en una construcción abandonada ubicada en el asentamiento humano ‘19 de Julio’, en Villa María del Triunfo. Tras este suceso, la policía inició las investigaciones y un nombre comenzó a rondar en los medios de comunicación: Nicolás Gutiérrez Mendoza, el presunto asesino de la menor. Con el pasar del tiempo, más niñas que vivían en Lima e Ica perdieron la vida en circunstancias macabras. La mayoría de los peruanos sospechaban del sujeto en cuestión, y el tiempo les dio la razón.
El ‘Monstruo de Parcona’, un sujeto que sembró el terror en Perú
Nicolás Gutiérrez Mendoza, alias el ‘Monstruo de Parcona’, fue capturado por los vecinos en Ica tras ser sorprendido en flagrancia cuando intentaba agredir sexualmente a una menor de edad. Poco tiempo después, Gutiérrez reconoció ser el autor de múltiples crímenes ante las autoridades. Esta confesión aterrorizó a los peruanos, puesto que se trataba de 13 niñas cuyas vidas fueron arrebatadas por la insania de un psicópata.
El terror en el distrito de Parcona comenzó en 1996, cuando tres niñas salieron de sus casas y nunca regresaron; habían sido asesinadas. Pese a los reclamos de la población, las autoridades locales no tomaron medidas efectivas hasta que un cuarto cuerpo fue encontrado, lo que provocó una reacción tardía por parte de la Policía Nacional del Perú.

Sin embargo, los agentes del orden no lograron frenar la ola de crímenes del ‘Monstruo de Parcona’. La captura de Gutiérrez ocurrió el 4 de septiembre de 1996, cuando los hermanos Carlos y Juan Espino Castillo, trabajadores del fundo Buendía, observaron una escena sospechosa mientras regresaban a casa. Vieron al hombre entrando a una choza abandonada con una niña, lo que los llevó a seguir sus pasos. Al abrir la puerta, encontraron a la menor semidesnuda y al sujeto a punto de atacarla.
Las investigaciones siguientes revelaron que Gutiérrez había huido de Lima para evadir la vigilancia policial tras ser sospechoso en el caso de una niña asesinada. En Ica, se sintió seguro de escapar de la justicia, pero terminó siendo capturado gracias a la intervención de los ciudadanos.
Al ser interrogado por una periodista del programa Detrás del crimen, el todavía presunto asesino mostró un comportamiento desapegado y falta de remordimiento durante toda la entrevista. El individuo, que se encuentraba involucrado en un caso criminal, narró los hechos de una manera que llamó la atención de la reportera.

Las familias del distrito de Parcona enfrentaron un difícil periodo en el que la inseguridad llevó a muchas madres a mantener a sus hijas alejadas de la escuela por temor a que se cruzaran con el agresor. El temor sigue latente en una sociedad donde no solo los niños se sienten inseguros, sino también los adultos, consternados por una realidad que parece fuera de control.
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