
Luego de la crisis del sistema esclavista y su abolición el 3 de diciembre de 1854 por el presidente Ramón Castilla, se mantuvieron distintas estrategias para seguir subsistiendo. Una de ellas fue la persistencia de la práctica de la lactancia pagada o lactancia mercenaria, particularmente entre mujeres afroperuanas. Pero, ¿de qué se trataba esta práctica?
En la élite virreinal peruana, se desarrolló una costumbre particular: la contratación de nodrizas, preferentemente de ascendencia africana, para la lactancia materna en el ámbito familiar. Esta práctica no solo tenía implicaciones en la crianza, sino que también simbolizaba un estatus social elevado.
Históricamente, la lactancia materna es fundamental en el desarrollo infantil. No obstante, en el Perú de antaño, las familias de alta sociedad optaban por las “amas de leche”. Estas mujeres eran contratadas para amamantar a los infantes, mientras las señoras de la casa evitaban esta tarea para mantener su figura.
Este oficio se empezó a convertir en una tradición que se transmitían de generación en generación. Las “amas de leche” heredaban este quehacer de sus ancestros, descuidando incluso a sus propios hijos para atender a los bebés de sus amos. A pesar de ser esclavas, muchas de ellas tuvieron la oportunidad de adquirir su libertad mediante la compra o a través de la carta de manumisión otorgada por sus jefes.
Requisitos para ser una nodriza

Las nodrizas se volvieron una inversión lucrativa para los comerciantes esclavistas. La élite limeña publicaba anuncios en los diarios especificando los atributos que debían tener estas “amas de leches”. Algunos de estos requisitos como ser robusta y de “raza negra” eran comunes en los anuncios publicados en periódicos como El Comercio.
A estas nodrizas se les imponía un estricto régimen alimenticio. Debían consumir agua de tizana, arroz, cebada y avena, evitando alimentos con alto contenido de sal, picantes y aderezos. En 1812, el médico Hipólito Unanue, en su obra “Observaciones sobre el clima de Lima y sus influencias en los seres organizados”, describe las características ideales de estas mujeres: “Si alguna nodriza, a la que llamamos ama, ha de criar al niño, debe ser de entre 25 y 30 años, gozar de buena salud, tener una piel limpia, ser de temperamento tranquilo y tener excelentes costumbres. Su leche debe ser abundante, blanca y sin olor; su sabor no salado, sino dulce, su consistencia delgada para diluirse fácilmente en agua, y al poner una gota en el ojo, no causarle daño”.
Los “puros”

A pesar de la aceptación generalizada, desde el inicio hubo voces disidentes. Muchos aristócratas limeños se negaban a que sus hijos consumieran leche proveniente de nodrizas esclavas, expresando un deseo de mantener su “pureza”. Esta visión era compartida por Fray Reginaldo de Lizárraga, visitador de conventos a finales del siglo XVI, quien sostenía que de no haber sido amamantados por nodrizas de origen indio o africano, los españoles hubieran adquirido diferentes costumbres.
En 1791, el fraile Antonio Olavarrieta condenó públicamente a estas nodrizas a través del periódico que él mismo fundó, El Semanario Crítico. Sus publicaciones generaron un gran impacto en los limeños de antaño, culpando a las nodrizas por la adquisición de ciertas características en los niños amamantados por ellas. Se argumentaba que a través de la leche se transmitían rasgos negativos, como malos temperamentos y “costumbres de su raza”. Se alentaba a las madres a amamantar a sus propios hijos para “evitar que estos supuestos males se propagaran dentro de la sociedad aristocrática”.
Se crearon leyes a favor de las mujeres

Según el portal Sumaq, en la era republicana, surgieron leyes destinadas a salvaguardar tanto a los niños amamantados como a regularizar el trabajo de las “amas de leche”. Una de estas leyes, el artículo 420 (recogido en Leyes, Decretos y Órdenes de 1821 a 1859, por Juan Oviedo), establecía que “si una ‘ama de leche’, a menos que esté enferma, abandonara al niño que estuviera criando antes de destetarlo, la policía la obligaría a continuar su cuidado, imponiéndole una multa de dos reales”.
En 1906, nuevas leyes incentivaron a las madres de todos los estratos sociales a amamantar a sus hijos. El político Alfredo Palacios, durante su tiempo en el Congreso, resaltó la importancia de la leche materna como un derecho inherente al hijo.
Dos años después, se creó el Servicio de Protección de la Primera Infancia y una oficina especializada para la inspección de nodrizas. Esta entidad evaluaba a las futuras “amas de leche” para descartar cualquier problema de salud y realizaba un riguroso análisis de la leche que ofrecían.
Con el tiempo el rol de las “amas de leche” comenzó a declinar. Fue más evidente con la aparición de fórmulas y leches artificiales que paulatinamente reemplazaron a las nodrizas. Aunque muchas de ellas continuaron trabajando en hospitales, donde brindaban lactancia a niños que lo necesitaban.
Los hermanos Courret y la importancia de sus retratos de estudio

La llegada de la tecnología a Lima en 1863 trajo consigo a los hermanos franceses Achilles y Eugène Courret, quienes inauguraron “Fotografía Central”, un estudio fotográfico importante en la Lima del siglo XIX. Desde su inicio, la casa Courret tuvo una actividad intensa que se prolongó hasta 1935, destacando por sus retratos de estudio.
La fotografía se convirtió rápidamente en un medio de afirmación y distinción social en la ciudad. Las fotografías eran montajes que reflejaban la mentalidad de la época. Estas imágenes, como valiosos documentos visuales, mostraban los diversos vínculos socioculturales, de género y étnicos. El estudio Courret capturó perfiles que hoy forman parte de nuestra memoria nacional. Entre estas, destaca un retrato entrañable: el de pequeños niños junto a su ama de leche, generalmente de ascendencia africana.
Las nodrizas desde el lente de los Courret

Dentro de las muchas imágenes capturadas por el estudio Courret, hay una que destaca: el retrato de dulces niños junto a su “ama de leche”, una mujer usualmente de ascendencia africana.
Estas fotografías era una pieza esencial en los álbumes familiares y un símbolo de estatus social. Estos constituían una crónica visual de la familia y se exhibían en los salones de las casas burguesas, donde eran admirados por visitantes y conocidos.
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