
A pesar de la creencia general de que la música criolla es reconocida por destacados artistas individuales, es fundamental entender que su origen se debe en gran parte a la contribución de clanes familiares. En nuestro país, la música criolla y los ritmos afroamericanos siempre han estado estrechamente ligados, complementándose y enriqueciéndose mutuamente. Estos géneros musicales forman parte esencial de la tradición costeña, resultado del mestizaje cultural que surgió durante el virreinato.
Aucallama, un pintoresco pueblo ubicado en el valle de Chancay, fue el lugar donde una próspera comunidad de ascendencia africana se estableció durante la época colonial. El nombre “Aucallama” proviene del quechua y significa “animal enemigo”. Este lugar se convirtió en un recinto de cantantes de jarana y socavón, y una de las familias más prominentes en este escenario fue la familia Vásquez. Entre sus miembros, Porfirio Vásquez Aparicio se destacó desde temprana edad al aprender y apreciar la marinera, el socavón y el zapateo, influenciado por su hermano José Vásquez.
Porfirio Vásquez Aparicio
Porfirio Vásquez nació el 4 de noviembre de 1902 en el pueblo de Aucallama, donde la décima y el zapateo eran parte de la vida cotidiana. A los 20 años, dejó su tierra natal y llegó a nuestra capital, donde encontró trabajo como guardian del canódromo en Lima Kennel Park, ubicado en lo que hoy es el colegio La Salle en Breña.
A pesar de su ocupación, Porfirio nunca dejó de seguir su pasión por la música. Era un autodidacta en la guitarra, un virtuoso en la marinera, un hábil zapateador, un talentoso compositor y un hombre polifacético. Conocido como el “Patriarca de la Música Negra” o el “Amigazo”.
En la década de 1950, el patriarca de la Música negra se entregó por completo a su carrera musical, componiendo festejos, polcas y marineras. Se presentó en escenarios junto a renombrados músicos como Eduardo Márquez Talledo, Juanito Criado, Óscar Avilés y los hermanos Augusto y Elías Ascues.
Además de su brillante carrera en los escenarios, se dedicó a la enseñanza y formó una numerosa familia. Junto a su esposa Susana Díaz, tuvo ocho hijos, algunos de los cuales se unieron a él para formar el grupo “Porfirio Vásquez y sus hijos” interpretando música costeña con profundas raíces afroperuanas.
En 1971, a la edad de 68 años, don Porfirio Vásquez falleció, pero su legado perdura. La historia lo reconoce como uno de los más grandes folcloristas del Perú, un auténtico patriarca de la música afroperuana, que dedicó su vida a preservar y enriquecer las tradiciones musicales de su tierra.
Abelardo Vásquez Díaz

Hijo de don Porfirio, nació en Jesús María, Lima, en enero de 1929. Abelardo Vásquez mostró desde temprana edad un gran talento natural para el baile de la marinera. Su primera incursión en el mundo del espectáculo llegó en 1938 cuando, siendo aún un niño, participó en la película “El gallo de mi galpón” junto a su hermanita María Julia Vásquez.
El músico se destacó a lo largo de su vida por su excepcional versatilidad artística, siendo un auténtico “hombre orquesta” como su padre. Abrazó un amplio espectro de géneros y se convirtió en un respetado profesor, dejando así un gran legado en la música negra y criolla.
En 1956, Abelardo se unió a destacadas agrupaciones como la primera compañía Pancho Fierro y el grupo Cumanana, en compañía de su gran amigo Nicomedes Santa Cruz. Su orquesta viajó por todo el mundo, llevando la música criolla a lugares como Colombia, México y más allá.

En 1974, fue invitado por Nicomedes Santa Cruz a Cuba para participar en el festival de decimista de Cucalambe. Tres años después, realizó una exitosa gira por Japón con el grupo Los Hijos del Sol. Además de su carrera en los escenarios, Abelardo se dedicó a la enseñanza y transmitió sus conocimientos en la Escuela Nacional del Folclor.
También destacó como compositor, creando temas como “El alcatraz” y “Prenden la vela”. En los años 70, participó en el disco “La marinera norteña es así,” que sirvió de modelo para quienes se adentraban en el desafiante mundo de la jarana. Preocupado por la continuidad del arte afroperuano, fundó junto a sus hijos y sobrinos el grupo “Los Herederos,” que tuvo un impacto significativo en los medios.
Cuatro años después, Abelardo y su esposa fundaron una peña con el propósito de difundir la música criolla, llamada “Don Porfirio.” Inicialmente ubicada en el pasaje Tumbes, luego se trasladó a la calle Manuel Segura, ambos en Barranco. A lo largo de los años, este lugar fue testigo del paso de grandes artistas, desde el compositor e intérprete Manuel Acosta Ojeda hasta Bartola, una de sus más dedicadas discípulas.
En los últimos años de su vida, Abelardo Vásquez fue homenajeado en diversas ocasiones, siempre manteniendo su sonrisa franca y su característica sencillez. En 2001, falleció en nuestra capital y fue despedido al ritmo de guitarras, cajones y canto.
Vicente y Daniel ‘Pipi’ Vásquez Díaz

Vicente Vásquez es reconocido como el ‘Rey del bordón peruano’ y su influencia se extiende a muchos guitarristas contemporáneos. Su contribución a la música tradicional es innegable. Vicente fue uno de los fundadores de Perú Negro y un miembro destacado del Conjunto Nacional del Folclor, bajo la dirección de Victoria Santa Cruz. A lo largo de su carrera, acompañó en recitales y grabaciones a algunas de las voces más destacadas de la canción criolla. En 1974, junto a sus hermanos, grabó el disco “Los Vásquez”, destacándose como uno de los grandes guitarristas de su tiempo.
Aunque es recordado principalmente por su virtuosismo en la guitarra, también fue un excelente zapateador, aunque esta faceta suya a menudo pasa desapercibida. Además, dedicó su vida al estudio de la música popular costeña y contribuyó a la preservación de las raíces afroperuanas. Vicente fue un prolífico compositor de valses y festejos, y su guitarra enriqueció las interpretaciones de numerosos cantantes consagrados en la escena criolla.
Otro miembro destacado de la dinastía fue Daniel ‘Pipi’ Vásquez Díaz. Junto a su hermano Vicente, se destacó como guitarrista acompañando a la renombrada cantante Alicia Maguiña. Además, desempeñó un papel crucial como segunda voz en Cumanana, un grupo icónico en la historia de la música peruana, conocido por su emblemático disco. Sin embargo, en la familia Vásquez hubo una excepción en la persona de Pedro ‘Perico’ Vásquez Díaz, quien, a diferencia de sus parientes, no se involucró en la música de la misma manera y apenas incursionaba en el vals, mostrando su singularidad en la dinastía musical de la familia.
José Porfirio Vásquez Montero

Don Porfirio Vásquez, además de su primer matrimonio, encontró un segundo amor en Elia Montero de la Colina, originaria del pueblo de San Luis, en Cañete. De esta unión nació en noviembre de 1961 su último hijo, José Porfirio Vásquez Montero, conocido popularmente como Pepe Vásquez.
La madre de Pepe tenía raíces profundas en la familia de La Colina, una de las más influyentes en la cultura afroperuana. Como resultado, este joven artista se encontró emparentado con figuras destacadas de la escena musical criolla, como la reconocida Susana Baca, entre otros.
Aprendió mucho de sus hermanos, perfeccionando su canto de jarana y marinera criolla. En su adolescencia, se destacó al presentarse en el programa de Augusto Ferrando, “Trampolín a la fama”, donde dejó claro su potente voz. Luego de completar la secundaria en el colegio Mariano Melgar de Breña, Pepe Vásquez tomó una decisión determinante: dedicarse por completo a la música. Uno de los aspectos más distintivos de su carrera fue su capacidad para fusionar la música peruana con influencias extranjeras.
El artista se convirtió en un prolífico compositor, dejando canciones populares como “El alcatráz” y “Ritmo de Negro”, esta última como un emotivo homenaje a su padre. Sin embargo, su obra más reconocida fue ‘Jipi Jay’, una versión de una canción inspirada en un antiguo poema escocés. Esta canción fue la banda sonora de su propio sepelio.
Además, demostró su amor por el equipo de sus pasiones, Alianza Lima, con la canción “Gallo Negro”. En el 2012, enfrentó una dura batalla contra la diabetes que lo llevó a ser internado en el hospital Rebagliati, donde lamentablemente tuvieron que amputarle una pierna para salvar su vida.
Aunque este golpe fue difícil, Pepe Vásquez recuperó su espíritu y regresó a los escenarios en febrero de 2013, aunque visiblemente más delgado. Su humor y pasión por la música nunca lo abandonaron. Sin embargo, el sábado 22 de marzo del 2014, a la edad de 52 años, Pepe Vásquez perdió la batalla contra la diabetes, dejando un vacío en la música criolla y en el corazón de sus seguidores.
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