
Cuando uno piensa en los presidentes del Perú, generalmente piensa en hombres maduros, con cierta experiencia en la política y en la vida misma, que debería servir para llevar a buen puerto los destinos de un país como este.
Sin embargo, siempre hay una excepción a la regla que muchos todavía desconocen. Ocurre que cuando alguien nombra a los presidentes más jóvenes, en el primero en el que uno piensa es en el exlíder aprista Alan García Pérez, quien con solo 35 años ganó las elecciones generales de 1985. De los resultados de su gestión mejor hablamos otro día.
Lo cierto es que la historia del Perú nos enseña que hubo otro aún más joven que García. Y que también se convertiría en el presidente más joven en morir. Se trata de Felipe Santiago Salaverry del Solar y esta es su vida y la manera trágica en la que halló la muerte.
Yo soy rebelde

Nacido en Lima un 3 de mayo de 1806, sus padres fueron Felipe Santiago Salaverry y Allende, un español que laboraba como contador en la Real Renta de Tabacos de Arequipa; y Micaela del Solar y Duque de Estrada, dama de alcurnia limeña.
Sus estudios escolares los cursó en el Colegio de San Carlos de Lima. Luego, en 1817, ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para seguir la carrera de gramática latina. Pero no pasó mucho tiempo para que, influenciado por el movimiento independentista de aquellos años, dejara la casa de estudios y se presentó ante un recién llegado Don José de San Martín para unirse al ejército peruano que lucharía por liberarnos del dominio español.
Integrado en el batallón ‘Numancia’, bajo las órdenes del general Juan Antonio Álvarez de Arenales, nuestro entusiasta protagonista participó en la segunda campaña de la sierra central, que ayudó a sellar la independencia peruana. Para el 15 de enero de 1822, Salaverry fue ascendido a subteniente.
Ese fue el comienzo de su meteórico ascenso en el ejército. Para muestra un botón: con tan solo 28 años ya era general.
No confíes en nadie

Justamente el haber llegado tan lejos en tan corto tiempo colocaba a Salaverry en una posición en la que muchos generales ya quisieran estar en 1830.
En buen cristiano, su misión con este puesto era asegurar la estabilidad del régimen y prevenir cualquier tipo de sublevación. Grande sería la sorpresa que se llevaría luego Orbegoso, quien es recordado por ser un hombre de carácter débil y muy bondadoso con la gente que lo rodeaba.
Un ejemplo de esto es lo que cuenta Juan Gualberto Valdivia, periodista e historiador de esos tiempos, que señala que un buen día el entonces presidente le preguntó de manera inocente a Felipe Santiago Salaverry si eran ciertos los rumores que decían que estaba armando una revolución a sus espaldas. A lo que el joven general respondió: “Si así fuese, señor general presidente, principiaría fusilando primero a Vuestra Excelencia”.
Tras esto, Orbegoso quedó mortificado, pero de igual manera no hizo algo para remediar su futuro.
Lo que tal vez se llevaba la mayor preocupación del mandatario era que en Bolivia también se estaba gestando una revolución en contra de Andrés de Santa Cruz, presidente de ese país.
Es por ello que Orbegoso optó por abandonar Lima para ir al rescate de su colega. En su lugar dejó a Manuel Salazar y Baquíjano el siete de noviembre de 1834.
El momento del golpe

Y con la ausencia de Orbegoso en Palacio de Gobierno y en el país, se desató todo. Primero un grupo de sargentos y soldados a los que se le debía parte de su sueldo se sublevaron en la Fortaleza del Real Felipe en el Callao en uno de enero de 1835.
Para el 25 de febrero entraba en Lima y autoproclamó Jefe Supremo de la República. Su pretexto fue que el Perú se encontraba acéfalo, debido a que Orbegoso estaba fuera de la capital.
El nuevo gobernante fue reconocido casi de inmediato por todo el país, menos por la parte sur, que continúo siguiendo las órdenes del general presidente.
Justamente este envió una división comandada por el general Francisco Valle Riestra para recuperar su puesto. Pero los mismos hombres que conformaban esta delegación apresaron y entregaron a su general a las huestes de Salaverry, quien ordenó su rápido fusilamiento.
Para mayo de 1835, Salaverry otorgó un decreto de amnistía general y convocó al Congreso a una reunión en Jauja.
Todo se derrumbó

La única ciudad que no rindió ante el mandato de Salaverry fue Arequipa, por lo que el joven general decidió tomarla por la fuerza. Lo que no esperó nunca fue la reacción del pueblo arequipeño que estaba abiertamente a favor de Orbegoso, por lo que tuvo que salir de la ‘Ciudad Blanca’.
Pero tres días después, ambas escuadras volvieron a enfrentarse en Socabaya, pero esta vez la suerte le fue esquiva al joven dictador y fue derrotado.
Intentó huir hacia el mar, pero su camino fue interceptado por el general Guillermo Miller, quien lo convenció de que presentara su rendición. A cambio, le prometió interceder por su vida.
Llevado ante las autoridades pertinentes, Salaverry fue procesado y condenado a muerte a pesar de las promesas hechas.
Finalmente, la condena se cumplió en la Plaza de Armas de Arequipa y con él, fueron ejecutados sus principales oficiales. Esto ocurrió un 18 de febrero de 1836 y actualmente sus restos descansan en el Cementerio Presbítero Maestro.
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