
Corría el año 1977 y, en la ciudad de Rosario, Jorge Giudetti manejaba un lavadero de sábanas que ofrecía su servicio a hoteles, moteles y hospitales de la zona. "Lavaba las sábanas y toallas, algo muy sencillo", cuenta Marcelo, su hijo y socio. La mañana en que llegó un cliente con un lote de camisas para lavar fue cuando comenzó esta historia que los llevó del clásico lavadero a la fábrica y procesadora de jeans más grande de Sudamérica, Virasoro. Hoy cuentan con dos plantas –en Pergamino y en Rosario– en las que emplean a unas 800 personas y trabajan con casi 80 marcas.
"Cuando esa persona lavó las camisas, se dio cuenta de que el lavado cambiaba mucho el tacto y que eso repercutía increíblemente en las ventas", explica Giudetti. A ese lote de camisas lavadas que se vendió en tiempo récord, le siguió otro y otro más.
Interesado en las posibilidades del lavado de ropa para la venta, Jorge Giudetti empezó a investigar y se enteró de que en Estados Unidos se estaba haciendo ese tratamiento para los pantalones de denim. Con algún que otro error inicial, el lavadero arrancó lavando los jeans de Fiorucci y logró un éxito comercial que llegó a oídos de Wrangler, en 1979.

"La repercusión que el lavado tuvo en los jeans fue tan grande que Wrangler le pidió a mi padre que empezara a hacer el lavado exclusivo para ellos. Mi padre se negó, pero luego terminó aceptando. En ese momento se daba un boom de esa marca en todo el mundo y ahí sí empezó a crecer y a perfeccionarse muchísimo nuestro negocio", cuenta Marcelo.

Cuesta un poco relacionar aquel sencillo lavado con lo que ahora vemos al recorrer la fábrica: hoy hay casi mil procesos que se pueden aplicar a un jean: teñido, desgaste, cepillado, láser para desteñidos localizados, temperatura para moldear los bigotes, desgaste de la cintura y presillas, lavado o secado. Un jean de cualquiera de las marcas con las que trabajan –desde AY Not Dead a Ginebra, pasando por Tucci, Wanama, Allô Martínez, Cher o Rapsodia– suele tener entre 7 y 15 procesos.

La complejidad y la cantidad de personas y maquinaria que implica cada uno de esos pantalones es impresionante. Asociados con una de las marcas líderes en procesamientos de Italia, Jorge y Marcelo Giudetti mantienen los estándares más rigurosos en sus plantas de Pergamino y Rosario. Eso los convirtió en la procesadora de jeans más grande de Latinoamérica.

LOS MIL PROCESOS. "La base del denim es una, que puede variar en calidad según la tela que se elija. Todo lo que se ve después es el resultado de un proceso de lavado", explica Marcelo. El ciclo desde que un lote de tela entra a la fábrica hasta que sale dura unos 70 días, y para los que sólo se procesan (llegan hechos, pero con el jean en su estado virgen) es de la mitad. Que un jean clarito, uno blanco y otro negro partan de la misma base parece increíble, la diferencia entre las prendas que entran y las que salen del "lavadero" es abismal. "Nosotros estamos continuamente capacitándonos y viendo qué hay de nuevo", cuenta Marcelo.

Lo cierto es que analizando los distintos jeans uno puede distinguir las diferencias entre el modelo que tiene el desteñido hecho a mano y el que fue realizado con la máquina de láser, igual que puede diferenciar el desgaste que da un lavado con piedras del que da un desteñido con químicos.
Parte de esa diversificación en los procesos y de ese respeto riguroso con cada marca surge después de la caída del contrato con Wrangler. "Desde fines de los '70 hasta los '90, trabajamos solamente con esa marca que, además, estaba en su momento de máximo éxito a nivel mundial", explica. Cuando a principios de los '90 la marca decidió abrir su planta en San Luis, los Giudetti se vieron en una disyuntiva que terminó beneficiándolos.

"Fue un momento de quiebre: veníamos trabajando una marca que tenía un lavado sencillo y teníamos que salir a buscar nuevos clientes. La decisión fue viajar y buscar lo último para poder ofrecer lo mejor", cuenta.
Hoy no hay dos jeans de Virasoro (el nombre de la calle en la que funcionaba aquel primer lavadero) que se procesen igual, ni hay dos jeans que se fabriquen en su planta que tengan la misma base. En ese rigor, confidencialidad y confianza está para Marcelo gran parte de su éxito.

"Hay un tema de códigos y profesionalismo que es fundamental y que no da lugar a grises: cuando una marca viene a decirnos que quiere que le hagamos un jean igual al de otra, porque le gustó o porque funcionó bien, yo siempre digo que no. Que podemos ir para ese lado, pero nunca va a ser igual", explica. "¿Sabés qué pasa? Que el camino corto es más fácil, pero enseguida se te vuelve en contra", asegura. A cuarenta años de haber empezado, definitivamente lo de Marcelo no son los plazos cortos.
Texto: Lucía Benegas (lbenegas@atlantida.com.ar) Fotos: Fabián Uset
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