Recuérdame

Por QUENA STRAUSS, periodista

Hacé la prueba: buscá entre tus amigas y compañeras de trabajo una que no haya llorado con Coco, la última de Disney/Pixar. Decí que estás dispuesta a pagar por la que haya logrado mantenerse cual vaca sagrada, pastando pochoclos del balde gigantesco, mientras en la pantalla el protagonista luchaba por ser músico, bajaba a encontrarse con quien creía que era su ancestro y terminaba desculando una saga familiar llena de adioses, tristezas y canciones de esas que ponen a llorar hasta a los guardiacárceles. Pero tal vez lo notable sea que, por lo general, los chicos no lloran: lloran los grandes.

Lloramos las que fuimos en plan "llevo los chicos al cine" y terminamos atrincheradas atrás del balde sin entender del todo bien qué está pasando en la pantalla. Será que lo que está pasando es mucho y denso: pasa la muerte, pasan los mandatos familiares, pasan esas personas de nuestro corazón a las que de a poco les hemos ido perdiendo el rastro. Primero se fueron ellos, después su ropa, los ritos asociados a ellos (yo todavía, mareada a la mañana, a veces agarro el teléfono y me pongo a marcar un número adonde ya no hay nadie), su perfume. Los perdimos en cuotas, en días, en capas. Pero de algún extraño modo siguen ahí mientras los recordemos (aunque sea poquito) y de eso habla precisamente Coco: del amor amasando recuerdos y de los recuerdos como última prenda del amor.

Mientras alguien nos recuerde y sonría, no estaremos del todo muertos. Por eso seguramente este domingo, cuando finalmente Coco se lleve algún Oscar, vamos a ser millones moqueándonos la vida del otro lado de la pantalla. Recordando a los que quisimos y hoy, con suerte, son sólo una foto que nos hace llorar.

Yo recuerdo

por LUIS BUERO, periodista

Ilustración: VERÓNICA PALMIERI

Coco es una excelente película animada estadounidense de Lew Unkrich, inspirada en la festividad mexicana del Día de los Muertos, en la que se plantea que hay vida después de la muerte en otra dimensión donde nuestros afectos perdidos siguen existiendo, pero sólo en la medida en que algún pariente vivo los recuerde. Si no con el tiempo se desvanecen, desaparecen. No voy a contarles el argumento para que vayan a verla, pero sí les digo que es súper imaginativa.

Ahora bien, yo opino como Jean Paul Sartre que la vida es sólo un chispazo entre dos nadas, y que todo relato sobre la existencia post mortem, ya sea religioso o de otro tipo, parte de la incomprensión del ser ante semejante realidad y de la negación del final absoluto, que es nuestro principal mecanismo de defensa.

Pero eso no me impide pensar que sería lindo, cuando ya no esté más entre los vivos, reencontrarme con mi querida abuela, que con tanto amor me enseñó a leer y a escribir, con mi madre, que me acompañó siempre en mi vocación, con mi padre, cuya imagen valoro más ahora con el tiempo, con mi tío que me legó su amor por el piano haciéndome tocar temas de Piazzolla, con mi hermanita Graciela que partió siendo simplemente un bebé, y así puedo seguir un rato más. No niego que es encantador creer que hay un nivel, un espacio invisible donde nuestros afectos fallecidos nos esperan para recibirnos y ayudarnos a dar el paso final. Y en cuanto al mensaje de la película, ya lo escribió el poeta Antonio Porchia: "Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo". Por las dudas, como diría Fellini: Amarcord… Yo recuerdo.

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