
"No tengo esa cosa del arraigo que tiene la mayoría de la gente: hoy estoy acá y estoy muy bien, pero estoy segura de que si mañana tengo que irme a otro lado, también voy a estar bien", dice Clara Freixas.
Frente a ella, hay una pared llena de obras de arte y objetos particulares que ya la acompañaron en más de una mudanza. Su casa está en un barrio cerrado de zona norte, pero no tiene la estética típica que uno espera encontrar. Hay baúles antiguos, arañas, textiles y objetos hechos con descartes repartidos en el hogar que comparte con su marido, Gastón Gualdoni, y sus hijos: Ciro (13), Irene (9) y Camilo (7).

Sus lugares preferidos: el taller de trabajo en el que hace sus collares y piezas de cuero y el jardín, colmado de plantas colgantes y canteros, en el que pasa horas y más horas.

Antes de ser la mamá de tres chicos que trabaja piezas artesanales en la tranquilidad de su casa, Clara Freixas fue diseñadora de vestidos de novia y "dancing queen" –como ella misma se define–: una soltera a la que le encantaba salir a bailar y no tenía ningún interés en ponerse de novia.
Y hay mucho de esa diseñadora de espíritu libre en su casa y en su familia, y mucho también de cómo empezó su vida como primogénita en una familia numerosa. De su infancia tiene los mejores recuerdos, sobre todo del campo en Daireaux al que iba con todos sus primos y hermanos a pasar los fines de semana y vacaciones. "Mi familia tenía un campo, con una casa enorme tipo castillo. Íbamos los 36 primos y cada uno tenía su caballo para salir. Era el lugar de la libertad total, sólo había que volver cuando tocaban la campana para almorzar", recuerda. El colegio de monjas alemanas fue la otra cara de la moneda: "Me costó un montón. No me echaron y terminé ahí, pero fue complicado".

Ser cuestionadora puede ser una virtud en muchos lugares, pero no en el Mallinckrodt ni en la familia Freixas. Con dos materias previas, Clara terminó el colegio y se puso a trabajar en un estudio de abogados hasta terminar las asignaturas que le faltaban. "En ese momento estaba de novia con un chico que iba a inscribirse en la facultad de Diseño, y cuando lo acompañé a anotarse, vi que estaba la carrera de Indumentaria. A mí siempre me había gustado el tema de la ropa".
Apenas empezó a diseñar le fue muy bien. "Empecé con Lolo Freixas, una prima y amiga. Ella quería hacer unos zuecos y me propuso asociarnos para venderlos desde la baulera de la casa de su vieja. Al tiempito de haber empezado, ¡la gente hacía cola para entrar a comprarlos!". Su socia fue además la primera novia a la que le hizo un vestido. "Cuando me contó que se casaba, me dijo que quería que yo le hiciera su vestido. Quedó bueno y a la gente le copó tanto que me empezó a llamar una novia atrás de otra. Un día estaba trabajando a full, a altura de los mejores diseñadores".

CAMBIO DE RUMBO. "Con Gastón nos conocimos en una fiesta", cuenta Clara. Chaqueño radicado en Buenos Aires, para él fue amor a primera vista, pero después vinieron meses de mucho trabajo y conquista. "Me gustó mucho la manera en que él me encaró. Me había invitado un par de veces y yo siempre le decía que no, hasta que un día me dijo 'bueno, vamos a hacer así: yo te dejo mi número y cuando estés para salir, me llamás…
Y después de unos meses de estar de novios, un día me llama para contarme que se había ganado un viaje a Hawaii y quería que fuera con él. En casa se armó un escándalo, al punto de que me echaron y me tuve que alquilar un departamento. Fue una situación horrible, pero yo entendí que me la tenía que jugar: evidentemente no me equivoqué", reflexiona.

Poco tiempo después del viaje, la pareja anunció casamiento y unos años después llegó Ciro. "Yo siempre digo que mi marido se casó engañado: él juraba que se casaba con Coco Chanel y un día a Coco se le volaron los patos y se convirtió en la madre que amamanta y cuida los chicos. Pero cuando los miro y los veo lo alegres y sanos me digo: 'acá también hice bien mi trabajo'".
textos LUCÍA BENEGAS (lbenegas@atlantida.com.ar)
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