De cómo un corresponsal de Infobae vivió el terremoto de 7.5 grados que azotó a Panamá

“Hoy, a una semana del terremoto, las réplicas continúan en la tierra y en mi mente, aunque con menor intensidad”

La escena se mantiene intacta. La hierba ha crecido, la toalla aún reposa sobre el alambrado en el lugar en donde el periodista se encontraba al momento del sismo el viernes 9 de octubre. (JCA)
La escena se mantiene intacta. La hierba ha crecido, la toalla aún reposa sobre el alambrado en el lugar en donde el periodista se encontraba al momento del sismo el viernes 9 de octubre. (JCA)
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Ha pasado una semana y aún trato de explicarme qué pasó. Solo recuerdo verme en el patio de la casa casi postrado, con la mente en blanco, sintiendo una fuerza desconocida hasta ese momento, que movía todo alrededor.

En instantes volví a las noches en que soñaba que algo me aprisionaba cada vez que intentaba dormir, abandonándome solo cuando el sol avisaba que iba a asomarse.

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No sé si fueron segundos, minutos, u horas en que, atontado, trataba de volver a mí, de despojarme de los pedazos que el recuerdo persistía en mantener.

No había nadie. Solo me acompañó el eco lejano de alguna mujer que entre llantos gritaba “está temblando”.

El tiempo pasaba y la soledad siguió acompañándome. Le hablaba con mis pensamientos, mientras trataba de llamar a mi hija, quien desde la ciudad capital me confirmó lo que el grito de aquella mujer había alertado.

Una pequeña rajadura en la vivienda quedó como una huella del paso del terremoto de 7.5 grados que impactó a Panamá. (JCA)
Una pequeña rajadura en la vivienda quedó como una huella del paso del terremoto de 7.5 grados que impactó a Panamá. (JCA)

Yo me encontraba en Penonomé, en la provincia de Coclé, a unas dos horas en auto del epicentro del sismo. Penonomé es el centro geográfico del país, donde el movimiento telúrico pegó con mucha fuerza, destruyendo parte de su iglesia, hoteles y viviendas.

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Al momento de la llamada le mentí a mi hija, para no preocuparla. Le dije que estaba bien, aunque el mal sabor de aquel ruido infernal que bailó ante mis ojos invadía cada esquina de mi ser.

Ese viernes 9 de octubre me encontraba libre de mi faena periodística. Sin embargo, mantenía la radio encendida, por esa manía de querer estar informado.

Durante el sismo, aún semi postrado me obligué a ir a mi laptop a escribir, a reportar lo que sucedía, pero mi cuerpo no obedecía a mi confusa mente, que insistía en mantener el ruido, así como ese movimiento totalmente desconocido.

Quizás presentía que el equipo estaba maltratado, que no funcionaba, que el esfuerzo sería en vano. Pero era el periodista, el que debía informar, aunque descubría que también era el ser humano confundido, temeroso, tratando de aguantar una desesperación cada vez más evidente.

La torre de la iglesia San Juan Bautista, en Penonomé, en el centro del país, sucumbió ante el movimiento telúrico. REUTERS/Enea Lebrun
La torre de la iglesia San Juan Bautista, en Penonomé, en el centro del país, sucumbió ante el movimiento telúrico. REUTERS/Enea Lebrun

El día no avanzaba, se detuvo. Solo los movimientos cada vez más seguidos de la tierra confirmaban que seguía vivo, aunque anquilosado física y mentalmente.

Al llegar la noche, las sombras se unieron a la incertidumbre. Los objetos parecían volver a bailar. La lámpara de la sala se movía lentamente, luego rápidamente, para después quedarse quieta, crispando mis nervios, como una burla ante la desgracia.

Mis obras enmarcadas resistían en la pared frontal. Así quedará mi arte después de morir, es el último recuerdo que dejaré, pensé en un momento.

Esa noche y las dos siguientes el sueño no apareció, al parecer se fugó por entre la pequeña rajadura que como una huella quedó impresa debajo de una de las ventanas.

Pasé tres noches sentado en el centro de la sala de la casa, a veces tomando agua, con los sentidos alterados, pendiente a cualquier movimiento, a cualquier ruido de esos que en la vida normal el oído no logra captar.

Se observa vehículos aplastados bajo escombros luego de derrumbarse un ala del Hotel Dos Continentes, en Penonomé. REUTERS/Enea Lebrun
Se observa vehículos aplastados bajo escombros luego de derrumbarse un ala del Hotel Dos Continentes, en Penonomé. REUTERS/Enea Lebrun

Con el sueño se escapó el hambre. Pero había que reponerse, el periodista tenía que regresar.

El domingo volvía a mi turno, así es que había que informar, que describir el entorno. Lo intenté varias veces, pero las palabras se resistieron, faltaron a la cita, no llegaron a encontrarme.

Por primera vez en mis más de 30 años de periodismo no pude escribir, no tenía coherencia. Otro terremoto ocurría en mi abecedario.

En el desespero me comuniqué con Alex Hernández, mi compañero en la corresponsalía de Infobae en Panamá, quien sin pensarlo me tendió la mano. “No se preocupe Julio, yo me encargo”, me dijo.

Hoy, viernes 16 de octubre de 2026, a una semana del terremoto de magnitud 7.5 grados que azotó a Panamá, exactamente a las 12:56 mediodía, las réplicas continúan en la tierra y en mi mente, aunque con menor intensidad.

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