Malvinas: una oportunidad para volver a pensar como Nación

Hay momentos en la vida de las naciones en los que las circunstancias internacionales abren oportunidades que difícilmente vuelven a repetirse. Advertirlas requiere inteligencia; aprovecharlas exige capacidad, perseverancia y, fundamentalmente, sentido de Estado

Grupo de personas, incluyendo un veterano de Malvinas con medallas y gorra de la Armada Argentina, y un hombre de chaqueta oscura, parados en un evento al aire libre
Acto conmemorativo por las Islas Malvinas
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La actual disposición geopolítica de los Estados Unidos y sus necesidades estratégicas parecen haber abierto una ventana de oportunidad para la Argentina. Y corresponde reconocer el mérito del Gobierno al haber sabido leer esa nueva realidad, advertir tempranamente sus posibilidades y orientar hacia ella su política exterior. No se trata solamente de haber formulado un excelente discurso, sino de haber comprendido una circunstancia internacional favorable y procurar convertirla en una oportunidad para nuestro país. Ahora habrá que demostrar la pericia, la capacidad y la constancia necesarias para transformar esa visión y esos enunciados en hechos concretos.

Pero precisamente por nuestra debilidad relativa será indispensable actuar con prudencia, inteligencia y realismo. La convergencia de intereses con los Estados Unidos puede resultar extraordinariamente beneficiosa para la Argentina y constituye una oportunidad que debemos saber aprovechar. Para hacerlo plenamente, debemos reconocer que las relaciones internacionales son, por naturaleza, jerárquicas y desiguales, y que una coincidencia de objetivos no implica necesariamente una identidad de intereses. Los Estados Unidos defienden, legítimamente, su interés nacional y proyectan su poder en función de él. La Argentina, desde sus propias capacidades y posibilidades, debe hacer exactamente lo mismo: identificar las coincidencias, aprovecharlas con inteligencia y construir sobre ellas una relación sólida y mutuamente beneficiosa, sin perder nunca de vista cuáles son nuestros intereses permanentes como Nación.

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En ese marco, resulta particularmente interesante el abordaje de la cuestión Malvinas. Permite trascender —sin abandonar en absoluto— la legítima e irrenunciable reivindicación histórica y de soberanía, para incorporarla a una concepción geopolítica y estratégica más amplia: el Atlántico Sur, la Antártida, los recursos naturales, las comunicaciones, el comercio, el desarrollo y la proyección internacional de nuestro país.

Malvinas no es solamente una cuestión pendiente del pasado. Es también una cuestión central para nuestro futuro.

Pero una política de semejante dimensión no puede ser únicamente la política de un gobierno. Necesita convertirse en una política de Estado. Como señaló el Presidente, frente a objetivos de esta trascendencia las diferencias domésticas deben quedar de lado. No porque desaparezcan —son naturales y necesarias en una democracia—, sino porque existen cuestiones que, por su importancia para el futuro del país, requieren una respuesta de la Nación en su conjunto.

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Esto adquiere todavía mayor importancia cuando se considera quién está del otro lado del diferendo. El Reino Unido posee una extensa tradición diplomática y una arraigada cultura de defensa de sus intereses nacionales. Más allá de sus diferencias políticas internas y de la alternancia de sus gobiernos, ha demostrado históricamente capacidad para sostener políticas y objetivos de largo plazo cuando entiende que están comprometidos intereses permanentes del Estado.

Naciones Unidas reconoce una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido por Malvinas y pidió negociar una solución pacífica en la Resolución 2065 (REUTERS/Agustin Marcarian)
Naciones Unidas reconoce una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido por Malvinas y pidió negociar una solución pacífica en la Resolución 2065 (REUTERS/Agustin Marcarian)

La Argentina debe estar a la altura de ese interlocutor. No se trata de alimentar antagonismos ni, mucho menos, de imaginar soluciones ajenas a la paz y al derecho internacional. Se trata precisamente de lo contrario: comprender que un diferendo de esta naturaleza exige continuidad, profesionalismo, conocimiento, paciencia y una extraordinaria capacidad diplomática y estratégica. Frente a un interlocutor experimentado, nuestras divisiones internas y nuestros cambios permanentes de rumbo constituyen una debilidad que no podemos permitirnos.

Por eso la unidad alrededor de Malvinas no es solamente una aspiración patriótica. Es también una necesidad estratégica.

Hace más de medio siglo, desde las condiciones extremas de su cautiverio, el coronel Argentino del Valle Larrabure dejó un mensaje que conserva una sorprendente actualidad. Se dirigió “al pueblo argentino, dirigentes y dirigidos”, pidiendo que “la sangre inútilmente derramada” los conmoviera a la reflexión. Aquellas palabras fueron escritas en circunstancias dramáticamente diferentes, en una Argentina atravesada por la violencia y las luchas fratricidas. Pero contienen una enseñanza que trasciende aquel tiempo: la necesidad de anteponer el bien común y el destino de la Nación a aquello que nos enfrenta.

Superados aquellos trágicos años, la Argentina no logró dejar definitivamente atrás la lógica de la confrontación. Bajo formas muy diferentes, persistieron brechas políticas y sociales que consumieron energías, dificultaron los acuerdos básicos y contribuyeron a impedir la continuidad de políticas de Estado.

No necesitamos pensar todos de la misma manera. Una democracia supone diferencias, controversias y alternancia. Lo que necesitamos es aprender a convivir con ellas sin permitir que nos impidan actuar juntos cuando está comprometido un interés superior de la Nación.

Quizás allí radique la doble oportunidad que hoy nos presenta Malvinas.

Una oportunidad externa: aprovechar con inteligencia una coyuntura internacional particularmente favorable para avanzar, mediante la diplomacia, la negociación y una estrategia sostenida, en la defensa de nuestros derechos e intereses en el Atlántico Sur.

Y una oportunidad interna: demostrar que los argentinos todavía somos capaces de construir y sostener una política de Estado por encima de nuestras diferencias.

Malvinas puede ser, en ese sentido, mucho más que una reivindicación que nos une por su historia. Puede convertirse en la demostración de que una Nación puede convivir con sus diferencias y, al mismo tiempo, reconocer aquellos objetivos superiores ante los cuales esas diferencias deben subordinarse.

Si sabemos aprovechar esta coyuntura, podremos haber dado un paso importante en la defensa de nuestros derechos soberanos.

Pero si, además, conseguimos hacerlo unidos, con inteligencia, continuidad y sentido de Estado, habremos comenzado a recuperar algo que la Argentina necesita desde hace demasiado tiempo: la capacidad de pensar y actuar como Nación.