
El 29 de agosto de 1810 nació en San Miguel de Tucumán Juan Bautista Alberdi, abogado, filósofo, músico, político, economista y escritor, inspirador máximo de nuestra Constitución, que dedicó su obra y su vida a la búsqueda y la lucha por la libertad.
Sin temor a la exageración, ocupa el panteón de los padres fundadores de la patria. A sus convicciones debemos el proyecto de Constitución Nacional plasmado en Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina: un plan de país escrito con claridad y con profundo saber de la importancia de las instituciones.
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Su pensamiento, sin embargo, no se agota en esa obra fundacional. Desde el Fragmento Preliminar en adelante fijó pautas y principios para la clase dirigente que no han perdido vigencia. Sostuvo que la democracia reside en la soberanía del pueblo, porque “el pueblo es legítimo gobernante de sí mismo, la democracia es sólo el gobierno del pueblo”.
Defensor fervoroso de la república, llegó a una conclusión que vale como programa cívico: el pueblo es soberano cuando es inteligente.
Nos invitó a pensar que, frente a cada decisión en tiempos electorales, es fundamental que cada ciudadano tenga la obligación de practicar un escrutinio sobre quienes aspiran a representarnos. Ese escrutinio no es desconfianza: es un deber republicano. Conocer propuestas, ideas y antecedentes es la forma concreta de tomarse en serio el gobierno representativo. El voto vale lo que vale la conciencia con que se emite.
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De ahí el lugar central que asignó a la educación del ciudadano. Daba por cumplida la misión cuando el pueblo estuviera educado y hubieran desaparecido la ignorancia y la miseria. Quería hombres capaces de leer la Carta del Estado y de “escribir sus propios derechos”, único camino para alcanzar “una literatura propia, una industria propia, una legislación propia, una vida…”. No hay soberanía sin instrucción.
Su mirada sobre el progreso fue igual de nítida. Cuando el Estado “se hace fabricante, constructor, empresario, banquero, comerciante, editor” distrae su finalidad, y “en todas las funciones que no son la esencia del gobierno, obra como ignorante y como un concurrente dañino de los particulares, empeorando el servicio del país, lejos de servirle mejor”. No hay desprecio del Estado en esa advertencia, sino defensa de su misión esencial.
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Nos dejó, además, la llave del control: “otro medio de impedir que los delegatarios de la soberanía abusen de su ejercicio en daño del pueblo a quien pertenece, es la publicidad de todos los actos que lo constituyen. La publicidad es la garantía de las garantías”. Publicidad de los actos de gobierno, acceso a la información, rendición de cuentas: nada más actual.
Su legado sigue siendo inmenso y sus ideas continúan siendo un programa de gobierno: el de una nación moderna y de progreso, cimentada en una república verdadera, con igualdad, fraternidad y libertad. Hay un inmenso desafío por delante. Entre todos podemos hacer realidad sus sueños.
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