La ansiedad por el futuro nos roba el presente

El ayer puede volverse carga y lo venidero, desvelo; mientras tanto, la vida ocurre en ese único ámbito real: este instante

Ilustración de un reloj de arena sobre fondo azul, cuya arena superior se eleva formando nubes pequeñas y puntos brillantes.
(Imagen Ilustrativa Infobae)
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Mi propia sensación al conversar con las personas con las que me he cruzado esta semana es que todos andan corriendo. El tiempo parece escaso. Mirando para atrás, vemos que ya pasamos la mitad del año y tenemos la sensación de que el tiempo transcurrido se nos fue volando.

San Agustín, cuya fiesta celebramos el 28 de agosto, dedicó profundas reflexiones al misterio del tiempo. Decía que sabía perfectamente qué era el tiempo, pero que cuando le preguntaban qué era, sinceramente no sabía definirlo. Y quizás todos tengamos algo de esa experiencia: sabemos qué es el tiempo hasta que intentamos explicarlo.

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Hay momentos de la vida que transcurren con rapidez y otros que parecen interminables. Cuando estamos en buena compañía y lo pasamos bien, el tiempo vuela. Cuando estamos en la sala de espera de un consultorio, quizás aguardando el resultado de un estudio médico, el tiempo parece detenerse. Las agujas del reloj se mueven exactamente igual. Sin embargo, nuestra percepción del tiempo cambia. No todos los tiempos son iguales. También podríamos hablar de la calidad del tiempo.

Quizás hoy las familias también viven a las corridas. Los chicos tienen mil actividades: colegio, deporte, plástica, teatro. Terminan el día agotados. Y el fin de semana, que podría ser un momento para descansar, aparecen los eventos familiares, los cumpleaños, las actividades deportivas. Algo que también sumamos los adultos.

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Las personas necesitamos dedicarnos tiempo. Tiempo para nosotros mismos, para ir al gimnasio, para trabajar, para contestar mensajes, pero también para escuchar a los demás. Hay un tiempo en que uno vive con disponibilidad hacia el otro.

Muchas veces, las personas que están todo el tiempo dando hacia afuera necesitan también un tiempo para sí mismas. Porque tanto dar y dar, al final, puede dejarnos vacíos. El tiempo para uno mismo puede ser también tiempo para Dios, para la espiritualidad, para poder reflexionar, para pensar, para no simplemente andar sino saber hacia dónde se va. Porque un camino sin motivación ni dirección se vuelve cansador, reiterativo y estresante.

El tiempo me resulta fugaz porque soy consciente de que lo único que existe verdaderamente es el presente. Cuando recuerdo cosas que hice, cuando pienso en mi pasado, esa realidad ya no está en ninguna parte. Solo existe en mi memoria. Y cuando esa memoria se pone por escrito y registra acontecimientos importantes, esa memoria colectiva se convierte en historia, a la que solo tenemos acceso a través de quienes narran los acontecimientos vividos.

El futuro, en cambio, es una construcción de aquello que puede llegar a venir. A partir de lo que hemos vivido en el pasado, construimos en nuestra imaginación cómo será aquello que todavía no existe.

San Agustín hizo de esta cuestión una de las grandes preguntas de su pensamiento. En el capítulo XI de las Confesiones llega a una formulación particularmente profunda: el pasado como memoria, el presente como atención y el futuro como expectativa. De algún modo, las tres dimensiones del tiempo viven en nuestra alma.

Creo que es una riqueza de la vida espiritual intentar vivir en el presente.

Hay personas que viven del pasado, porque creen que todo tiempo pasado fue mejor, o simplemente porque permanecen recordando situaciones que vivieron, personas que pasaron de largo o experiencias que provocaron dolor. Cuando el pasado es doloroso, puede convertirse en un ancla que nos mantiene atados a una situación que ya no existe. No podemos soltar, no podemos perdonar, volvemos una y otra vez sobre aquello que nos hizo daño y no logramos dejarlo ir.

Eso impide vivir con alegría el presente y estar abiertos a una expectativa de futuro.

Hay otros que viven solamente del futuro, pensando en aquello que ha de venir. Jorge Manrique lo expresó magistralmente en las Coplas por la muerte de su padre: “No se engañe nadie, no, / pensando que ha de durar / lo que espera / más que duró lo que vio, / pues todo ha de pasar de igual manera”.

Vivir ansiosamente por el futuro es también perderse el presente. Jesús lo expresa con una enorme sencillez: “No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción” (Mt 6,34).

No se trata de desentendernos del futuro ni de dejar de proyectar, sino de no permitir que aquello que todavía no existe nos robe aquello que sí tenemos: el presente.

La tradición espiritual de Oriente ha trabajado largamente sobre esta idea de “estar presentes”. Estar verdaderamente en una conversación con un amigo, en el diálogo con los hijos, en el trabajo o en aquello que nos toca hacer. No simplemente estar físicamente en un lugar mientras nuestra cabeza está pensando en lo que nos falta hacer, en lo que tenemos que hacer, en lo que deberíamos haber hecho y no hicimos.

Nuestro cansancio muchas veces proviene de esa falta de conciencia del presente: el anclaje en el pasado y la ansiedad por el futuro.

El pasado hay que dejarlo en la misericordia de Dios. Lo que fue, fue. Así se vivió y no podemos juzgarlo solamente con la conciencia que tenemos hoy. Son experiencias vividas, para bien o para mal, que pueden transformarse en enseñanzas de vida. Aun del dolor se puede sacar experiencia.

El pasado, a la misericordia de Dios.

El presente, a su amor.

Porque el presente es la instancia que nos permite vivir en el amor, aquí y ahora.

Y el futuro se lo encargamos a su providencia.

Quien cree sabe que no puede controlar el tiempo, pero sí puede decidir cómo vivirlo. No podemos detener el reloj, pero podemos detenernos nosotros. Podemos recuperar el silencio, la conversación, la escucha, la oración, la presencia. Podemos dejar de correr por un momento para preguntarnos hacia dónde estamos corriendo.

Quizás esa sea una de las grandes preguntas espirituales de nuestro tiempo: no cuánto tiempo nos queda, sino qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos.

Porque el tiempo no solamente pasa. También nos pasa.

Y quizás aprender a vivir el presente sea una de las formas más profundas de aprender a vivir.