Cuando el arte no puede mirar para otro lado

Hace dos meses, la donación de una obra realizada por Carlos Ernesto Uría y utilizada por el artista durante una marcha a tres días del atentado a la AMIA, sorprendió a quienes la recibieron

AMIA recibió la donación de la obra “Atentado”, del artista Carlos Uría
AMIA recibió la donación de la obra “Atentado”, del artista Carlos Uría
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Hay momentos en la historia en los que un artista no tiene tiempo para pensar qué lugar ocupará su obra. No hay distancia suficiente para convertir lo que está sucediendo en un proyecto. Hay momentos en los que el arte simplemente sucede porque el artista necesita decir algo.

Hace 32 años que trabajo en Arte y Memoria, principalmente alrededor del atentado contra la AMIA, ocurrido el 18 de julio de 1994. Son 32 años de intentar que aquello que sucedió no se vuelva una fecha más en el calendario. 32 años de trabajar contra la fuerza silenciosa y corrosiva del olvido. De mantener viva la memoria en quienes vivieron aquel día y, sobre todo, de transmitirla a quienes nacieron después. Y también de denunciar, desde todos los lenguajes artísticos posibles, la impunidad.

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Desde el primer día tuvimos una convicción que nunca abandonamos: el atentado contra la AMIA fue un atentado contra la Argentina. Tuvo como epicentro a la comunidad judía argentina, pero no fue solamente un ataque contra los judíos. Fue un ataque contra una parte de la sociedad argentina, contra nuestra convivencia, contra nuestra diversidad, contra los valores sobre los que construimos —o intentamos construir— una sociedad democrática.

Por eso, desde el Departamento de Arte y Producción de AMIA, durante todos estos años hicimos cientos de exposiciones, produjimos materiales audiovisuales, instalaciones, obras, activaciones y performances en el espacio abierto, siempre con el objetivo de recordar a las víctimas, reclamar justicia y comunicar lo sucedido como un atentado contra cada uno de los ciudadanos de nuestro país.

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Muchas veces, para explicar esta idea, recurrí a una imagen. Una fotografía publicada por el diario La Razón. La imagen correspondía a la multitudinaria llamada “Marcha de los Paraguas”, realizada el 21 de julio de 1994, apenas tres días después del atentado, en la Plaza del Congreso. En ella podía verse una bandera argentina manchada de sangre. Siempre pensé que esa imagen era una síntesis perfecta de lo que desde el arte intentábamos decir. Una bandera argentina, no una bandera de la comunidad judía, no una bandera de una institución, no un símbolo particular.

La bandera de todos, y la sangre sobre ella como una marca que nos involucraba. Durante años hablé de aquella fotografía. La mostré, la cité, la utilicé como una imagen que condensaba una idea que para nosotros era central: lo que había ocurrido el 18 de julio no podía ser leído como un episodio ajeno, como una tragedia que le había sucedido solamente a otros. Pero hace apenas dos meses ocurrió algo inesperado. Silvia Emilia Rottenberg, viuda del artista Carlos Ernesto Uría, se comunicó con nosotros porque quería donar una obra de su marido.

Cuando vimos la obra, la sorpresa fue enorme. El cuadro que Silvia quería donar era, precisamente, aquella bandera argentina manchada de sangre. La imagen que durante años habíamos visto reproducida en la tapa de un diario, la imagen que habíamos convertido en símbolo, era en realidad el registro fotográfico de una obra.

Detrás de esa obra había una historia todavía más conmovedora. El artista Carlos Ernesto Uría (1929 - 2008, Gran Premio de Honor Salón Nacional 1997) se enteró del atentado el mismo 18 de julio. Estaba en su taller. Silvia cuenta que la llamó muy angustiado, preocupado, con la necesidad urgente de hacer algo: “Tengo que pintar un cuadro ahora”. No tenía pintura roja, entonces mandó a su asistente, Barreda, a comprarla. Y pintó una bandera argentina, una bandera argentina atravesada por la sangre.

Después hizo algo todavía más significativo: tomó ese cuadro, le martilló un palo para poder sostenerlo y lo convirtió en una pancarta. No lo había pensado como una performance, no había detrás un proyecto artístico, no había una cámara esperando registrar una acción. No había una estrategia de comunicación, no estaba pensando en cómo sería interpretada la obra años después. Había sucedido un atentado, y un artista había sentido que tenía que responder.

Con lo que tenía, con sus herramientas, con su lenguaje, con su propia sensibilidad. Y salió a la calle. Tres días después, estuvo en aquella marcha. Gracias a un reportero gráfico del diario La Razón, esa escena quedó registrada y nosotros, 32 años después, podemos verla. Hay algo profundamente conmovedor en este descubrimiento. Porque aquello que durante años habíamos interpretado como una poderosa imagen periodística era también una obra de arte.

Pero, sobre todo, era una decisión. La decisión de no permanecer indiferente.

Quizás allí haya una de las definiciones más profundas de lo que significa ser un artista comprometido con su tiempo. Entender que hay momentos en los que mirar para otro lado también es una forma de tomar posición. Uría no esperó. No esperó que pasaran los días para comprender lo sucedido, no esperó saber qué significaría aquello dentro de diez, veinte o treinta años. No especuló, no buscó una oportunidad, no buscó una estrategia. Sintió que tenía que pintar, y pintó. Y en ese gesto hay una enorme lección sobre el arte y sobre los artistas.

Porque una obra puede ser muchas cosas: una búsqueda estética, una investigación, una pregunta, una provocación, una exploración íntima. Pero también puede ser una respuesta.

Una respuesta urgente frente a aquello que irrumpe en la vida y modifica para siempre nuestra manera de mirar el mundo. Hay artistas que trabajan con el tiempo, y hay momentos en los que el tiempo exige una respuesta del artista. Carlos Ernesto Uría respondió el mismo día del atentado. Su bastidor dejó de ser solamente un bastidor. Se convirtió en una pancarta.

La obra dejó de estar destinada a una pared y pasó a formar parte de una marcha. Ese desplazamiento —del taller a la calle— es, quizás, lo que hace que la historia sea todavía más potente. Porque el arte no quedó encerrado en el espacio protegido del museo o de la galería, sino que salió a encontrarse con la sociedad. Y eso también forma parte de una larga tradición del arte: la capacidad de intervenir allí donde la realidad se vuelve insoportable, de interrumpir la normalidad, de hacer visible aquello que no puede ni debe ser naturalizado. Durante estos 32 años, desde AMIA, hemos intentado hacer algo parecido.

Cada exposición, cada instalación, cada audiovisual, cada intervención en el espacio público nació de una pregunta que sigue vigente: ¿cómo hacemos para que el paso del tiempo no convierta el horror en una abstracción? Porque el olvido no siempre llega de golpe, a veces llega lentamente. Llega cuando una fecha deja de provocar preguntas, cuando los nombres dejan de ser pronunciados, cuando las nuevas generaciones conocen el acontecimiento solamente como un dato, cuando una fotografía se vuelve una imagen más, cuando una tragedia empieza a parecer lejana.

Por eso el arte tiene una responsabilidad particular frente a la memoria. Porque puede volver a poner el cuerpo donde el tiempo intenta poner distancia, puede transformar un dato en una experiencia, puede hacer que una imagen vuelva a interpelarnos, puede formular preguntas que una sociedad no debería dejar de hacerse. Y puede, como hizo Uría, decir algo cuando todavía no existen las palabras suficientes para explicarlo. Quizás por eso la historia de esta obra me conmueve especialmente. Porque durante años pensé que aquella bandera ensangrentada era una imagen que representaba lo que nosotros queríamos decir. Ahora sé que fue algo más. Fue una obra realizada por un artista que, frente al atentado contra la AMIA, entendió inmediatamente que la sangre derramada ahí también había caído sobre la bandera argentina. No necesitó 32 años para llegar a esa conclusión. La comprendió ese mismo día, y la pintó.

Hay algo extraordinariamente contemporáneo en ese gesto. En tiempos en los que muchas veces todo parece necesitar una explicación, una estrategia, una producción y una posterior difusión, aquella obra nació de una necesidad mucho más elemental: la necesidad de expresarse frente a lo que estaba sucediendo. Un artista, una tela, pintura roja y una bandera. Y después, la calle.

Quizás eso sea también lo que esperamos del arte cuando una sociedad atraviesa momentos difíciles: que no se quede solamente observando. Que pueda tomar posición, incomodar, recordar, señalar. Que pueda construir preguntas, que pueda decir aquello que todavía no sabemos cómo decir. Y que pueda recordarnos algo esencial: que el artista no vive fuera de la sociedad que lo rodea. Vive en ella, recibe sus golpes, sus contradicciones, sus tragedias y sus esperanzas. Y a veces, cuando la realidad lo interpela de manera demasiado profunda, no puede hacer otra cosa que responder.

La obra de Carlos Ernesto Uría nos devuelve hoy una imagen que creíamos conocer. Pero también nos devuelve preguntas. ¿Qué hacemos nosotros frente a nuestro tiempo? ¿Qué hacemos cuando la realidad nos exige una respuesta? ¿Qué hacemos para que la memoria no se desgaste? ¿Qué hacemos para que las nuevas generaciones comprendan que el atentado contra la AMIA no fue un atentado que le ocurrió solamente a la comunidad judía? La bandera de Uría parece responder por sí misma. La sangre está sobre la bandera argentina, y esa bandera nos pertenece a todos.

Por eso, 32 años después, seguimos trabajando con el arte y la memoria. No solamente para recordar lo que ocurrió, también para afirmar, una y otra vez, que aquello que ocurrió nos ocurrió como sociedad. Que el atentado contra la AMIA fue un atentado contra la Argentina. Que la memoria es una forma de resistencia, y exigir justicia también es una forma de memoria. Y que frente al olvido —ese trabajo lento, silencioso y corrosivo del tiempo—, el arte puede seguir haciendo lo que hizo Carlos Ernesto Uría aquel 18 de julio de 1994: tomar una tela, cargarla de sentido y salir a la calle. Porque hay momentos en los que crear no es solamente hacer una obra. Es decir: “Esto nos importa. Esto nos duele. Esto nos pertenece. Esto no puede volver a ocurrir”. Y, sobre todo: “Esto no lo vamos a olvidar”.

Por las 85 víctimas fatales y por las más de 300 víctimas sobrevivientes del 18 de julio de 1994.