
“Llamen a un técnico electrónico”, escuché decir en una capacitación de seguridad en estadios y grandes infraestructuras. Sonaba muy raro, pero era absolutamente cierto. Analicemos por qué.
El estadio Mario Alberto Kempes se dispone a recibir la final del torneo de AFA entre River Plate y Belgrano de Córdoba, quienes contarán con 25 mil tickets cada uno. A esto se suma que los antecedentes —el desmadre de la final de la Copa Argentina de 2014 y el Boca vs. River de 2018— no hacen la situación muy favorable.
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En un análisis de riesgos y amenazas reales, debemos comprender el escenario, los tiempos y la reacción ante un evento no deseado. Que se dispongan 1200 policías y 400 efectivos de seguridad privada no nos dice nada interesante; o mejor dicho, sí: si se equivoca la planificación de un verdadero cronograma de guerra, la primera hipótesis es que esto podría terminar en un desastre.
Uno de los desafíos más importantes se juega afuera, en un escenario muy complejo como es la densidad humana, ya que en las inmediaciones habrá entre 30 mil y 40 mil hinchas cordobeses intentando ingresar sin tickets para ver a su equipo salir campeón —podría ser la primera vez en 120 años—, y es por ello que la locura es total.
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El 85 % de los incidentes en los estadios son provocados por una mala gestión de flujo. De ese número, la mitad corresponde a accesos y molinetes, y la otra mitad a corredores externos, separaciones físicas, tribunas y salidas de emergencia. Estampida, aplastamiento y colapso si hay pánico. Se estima que un molinete convencional puede dar acceso a aproximadamente 600 personas por hora; es decir que, si tenemos 40 molinetes, tardaremos en dar ingreso a la totalidad en algo más de dos horas. Aquí encontramos el primer problema: si se rompen o fallan uno o más molinetes, ¿cuál es el tiempo de reacción y contra-reacción para dinamizar el acceso? Si seguimos sumando complicaciones, la estadística nos indica que el 90 % de los espectadores ingresa en la última hora, con lo cual siempre se recomienda el ingreso escalonado y por zona.
Comencemos por dividir el cronograma en tres planos: estratégico, táctico y operativo.
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El análisis del contexto social y deportivo es el primer paso de esta planificación estratégica. En este caso, no tanto la criminalidad de la zona, la situación política o el clima.
Desde el plano estrictamente táctico, debemos dividirlo en tres segmentos: segmento físico (ubicación, accesos, iluminación, perímetros, zonas ciegas y horarios, etc.), segmento humano (quién trabaja, rotación del personal, secciones policiales que intervienen, conflictos interpersonales, disputas de barras, sanidad, bomberos, etc.) y, finalmente, segmento tecnológico (sistema de videovigilancia, software, controles de acceso, metales, alarmas, pánico, etc.).
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Desde el plano operativo, la división de tres anillos de seguridad: anillo 1, con vallado a 500 metros; anillo 2, con control de accesos y cacheo; anillo 3, con 20 metros de pulmón y separación.
Lo que se juega define el nivel de riesgo: la rivalidad, los antecedentes, el alcohol, la violencia impregnada y el significado futuro. ¿Qué pasaría si analizáramos mal la seguridad? Seguramente, obtendríamos falsos positivos: alarmas todo el tiempo que generan distorsiones. O falsos negativos: cuando no detectás los eventos no deseados y, en consecuencia, acumulás un gasto excesivo y una reacción tardía que deriva en una crisis.
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El estadio de Córdoba es complejo: su playón y su amplitud dan poco lugar a sectorizar y controlar las grandes masas, con lo cual las amenazas específicas no se llevan la exclusividad del caso. Nos referimos a enfrentamientos de barras, ingreso de pirotecnia y armas, estampidas por falsas alarmas, problemas sanitarios, consumo de alcohol y sofocamiento, o ataques externos, que son poco probables pero que se contemplan.
Se pueden evitar un ingreso y una evacuación caóticos. Se pueden dividir el estadio y la zona en sectores de riesgo —y no simplemente por tribunas—. Se puede lograr una dispersión sin violencia, en donde la caballería, la infantería y la división perros solo sean un reaseguro de control extremo. Con un plan de contingencia, con códigos amarillos y rojos, rutas de evacuación, comunicación, puestos sanitarios y pautas de riesgo de aplastamiento, sin olvidarnos de los técnicos electrónicos que nos sacarán de apuros ante la falla de los molinetes.
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Debemos evitar una tragedia. Sin un análisis de riesgos y amenazas, los protocolos, las cámaras y los miles de policías y guardias son puro decorado: simples soldaditos de plomo en una repisa.
Llegó la hora crítica del Kempes. Esperemos que el fútbol argentino esté a la altura.
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