Trump llegó a su entrevista con Xi habiendo calificado de “muy frágil” la tregua acordada hasta ese momento con Irán. A días de la visita del presidente estadounidense a China, el presidente Xi trató de dar un mensaje para calmar la creciente tensión en la región. A su vez, Trump calificó la propuesta de paz iraní de “pedazo de basura”. El régimen islámico exigía el fin de la guerra, el levantamiento del bloqueo a los puertos iraníes, la posibilidad de continuar con su programa nuclear y la liberación de sus activos congelados. Por si fuera poco, el presidente estadounidense afirmó también que analizar la propuesta iraní no tenía sentido porque era seguir “perdiendo el tiempo” y señaló que cualquier propuesta que deje la capacidad nuclear iraní al mando de la Guardia Republicana era inaceptable.
Como suele ser característico en él, Trump admitió que su administración tiene un plan, pero que la base de este consiste en no aceptar nunca que Irán llegue al arma nuclear. Pese a su notorio desacuerdo, Trump respondió a una pregunta de la prensa, en la que admitió que una solución diplomática con Irán sigue siendo una posibilidad. Sin embargo, fuentes estadounidenses admiten que hasta el momento se desconocen los detalles de la propuesta de paz de Estados Unidos a la que alude el presidente Trump, y la reciente Cumbre no parece haberlo resuelto.
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En lo interno, Trump llegó a la Cumbre con Xi atravesando una situación económica vulnerable. Se espera como inflación anual aproximadamente el 3%. Es un porcentaje alto para el promedio histórico de los Estados Unidos y que puede considerarse peligroso electoralmente. En gran medida la guerra tiene que ver con este índice: el aumento del precio del petróleo generado por el conflicto aumenta el costo de los bienes del consumidor estadounidense, un hecho muy relevante en el marco de la contienda electoral de noviembre.
Desde esta perspectiva, lo que suceda con la guerra y el estrecho de Ormuz afectará las posibilidades de Trump y los republicanos. Pero en este campo, la resolución no ha sido del todo clara. De mantenerse la situación, será difícil que el presidente estadounidense obtenga ventajas en esto. A diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, Xi preside un país que no tiene una producción propia significativa de petróleo y depende de la provisión petrolífera de Medio Oriente, lo que lo obliga a tener una actitud más favorable a Irán en la guerra.
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Este será un punto sobre el cual Trump trabajará con intensidad, pero no es fácil que obtenga éxitos. El presidente estadounidense llegó habiendo descalificado la propuesta de tregua de China, establecida en función de largos plazos -veinte años- y que apunta a dar certeza en el futuro. Esto hará más difícil cualquier acuerdo. A ello se suma el conflicto de Pakistán y Afganistán, que agrega un problema estratégico más en este momento.
Aunque el gobierno estadounidense sostuvo que el gasto militar en la guerra con Medio Oriente alcanzaba los 24 mil millones de dólares, antes de la reciente Cumbre elevó la cifra a 29 mil millones. Es un hecho relevante. Quizás el Jefe del Pentágono, Pete Hegseth, buscó por orden de Trump mostrar mayor voluntad de lucha ante China en el conflicto con Medio Oriente.
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En términos estratégicos, cabe señalar que la potencia asiática no puede abandonar su relación con Rusia debido a sus necesidades petrolíferas, que también las comparte la India. En general, la mayoría de los países de Asia hoy son dependientes del petróleo que se produce a nivel continental. En cuanto a las monarquías del Golfo, siguen resistiéndose a sumarse abiertamente a la guerra junto a Estados Unidos. La situación económica de estos países se ha tornado crítica por el avance de la guerra y los daños que están generando.
Es en este marco que la puja por el control del estrecho de Ormuz va adquiriendo dimensión estratégica. Aliados históricos de Washington, como era Arabia Saudita, hoy se muestran más prudentes y parecen evitar entrar en un choque frontal. El conflicto por el control del estrecho, que sigue en manos de los iraníes, más los plazos largos que propone China para negociar y la firmeza de Irán, hacen difícil, aunque no imposible, pensar en un acuerdo de largo plazo, aunque ello implique el riesgo en el corto de más combates.
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La Cumbre entre Trump y Xi fue reduciendo sus expectativas con el correr de los meses y hoy es incierto el grado de avance que alcanzó. Las propuestas de acuerdos entre Estados Unidos y China se fueron diluyendo. Trump atacó duramente al gobierno chino, que es aliado de Irán.
Esto redujo en forma significativa la posibilidad de que la Cumbre sirviera para lograr un acuerdo de paz. La presencia de observadores de países de la región tampoco sumó una perspectiva positiva (por el contrario, mostraron conflictos entre ellos mismos). La posibilidad de acuerdos económicos en torno al petróleo tampoco parecen trasladarse al plano militar y geopolítico.
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Es decir, todo el contexto político-estratégico con el cual había sido preparada esta Cumbre se fue diluyendo a medida que se acercaba la fecha. Aunque se alcanzaron algunos acuerdos económicos de baja significación, hubo pocos de verdadera entidad. Mientras tanto, el conflicto de Israel con Hamas y Hezbollah parece focalizado en un enfrentamiento regional.
Por lo expuesto, todo hace pensar que la Cumbre no cambió sustancialmente el conflicto entre China y Estados Unidos. Aunque sí reforzó la sorda puja por el liderazgo global, no hubo en Beijing un claro ganador.
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