
Ayer celebramos una nueva edición de la Cena Anual de CIPPEC, bajo el lema “Crecer o crecer”: una determinación ineludible para un país que lleva más de una década estancado. El gobierno nacional está haciendo lo posible para ordenar las cuentas públicas, estabilizar la economía y desenredar una maraña de regulaciones que erosionan la competencia y la inversión. Se hicieron reformas importantes, como la desintermediación de los planes sociales, la simplificación de trámites interminables y la reforma laboral. Hay otras reformas que esperan su momento: la previsional, la impositiva, y la del régimen fiscal-federal. Son reformas fundamentales para el país porque de ellas depende la solvencia fiscal de largo plazo, la competitividad de nuestras empresas, y lograr un desarrollo armónico en todo el territorio nacional.
Sobre esa agenda del presente, hay mucho escrito y muy poco hecho. Por eso desde CIPPEC vamos a seguir empujando esos debates para que lleguen a buen puerto.
Pero nuestro rol en esta etapa es ir un paso más allá. Y ese paso es ayudar a construir entre todos la agenda del futuro. Necesitamos pensar una agenda, una hoja de ruta, para los próximos 10 años de la Argentina. Porque los desafíos cambian y prepararse para un mundo distinto requiere hacer algo distinto.
En el mundo que viene, crear empleos será esencialmente una tarea del mercado, pero necesariamente una política de Estado.
La Argentina que viene no se parecerá a la que conocimos. La tasa de natalidad cayó violentamente (40%) en pocos años: somos una sociedad que envejece. La inteligencia artificial está revolucionando la producción y el empleo. El mapa productivo se está moviendo a toda velocidad. El conurbano pierde peso y las ciudades del interior crecen.
Al mismo tiempo, está en marcha un cambio estructural en la forma de comerciar con el mundo a partir de los acuerdos con la Unión Europea y los Estados Unidos. Esto nos abre una oportunidad que Argentina no tuvo jamás en su historia y que demandará un esfuerzo de adaptación que, además de individual, debe ser sistémico. Porque para competir hay que estar preparados. Y eso exige una alianza entre el sector privado y el Estado. Tanto nacional como provincial. Las políticas públicas deben hacer su parte y las empresas, la suya.
La nueva agenda debería aportar ideas para transitar lo más rápido y con el menor costo social posible hacia una economía orientada al mundo, capaz de atraer inversiones y generar exportaciones. La nueva economía no debería edificarse sobre las ruinas de la actual, sino edificarse sobre sus cimientos, que son nuestras empresas, su capital, su gente, sus capacidades. Y apalancarnos en las nuevas oportunidades: energía abundante, recursos naturales, talento argentino y nuevos acuerdos comerciales. De esa combinación puede surgir una nueva economía, más productiva, más integrada, más federal. Y por supuesto, con más empleos y mejores salarios.
El desafío que tenemos como país, más que económico, es político: construir una visión de futuro compartida, centrada en el progreso, la integración y la inclusión -por oposición al estancamiento, el aislamiento y la exclusión-. Una visión de futuro que supere, de una vez, la lógica de las dos argentinas. Las que nunca se pusieron de acuerdo, las que tantas veces se enfrentaron, las que tantas veces nos dividieron.
La tarea que tenemos por delante es enorme: resolver las urgencias del presente, empujar las reformas pendientes y construir una visión de futuro. Las condiciones están dadas. La oportunidad es concreta.
Hay una agenda del presente, de lo urgente, que está en marcha. Y una agenda del futuro, que todavía espera ser escrita. En esa agenda del futuro queremos trabajar para construirla entre todos.
Sabemos que nuestro país necesita algo más que agendas y reformas: precisa acuerdos. La Argentina es una máquina de generar crisis. En los últimos 15 años, tuvimos -en promedio- una crisis cada 2. Por eso, quiero hacer un llamado a la acción. Los argentinos necesitamos un acuerdo político mínimo, simple, básico, duradero. No entre los que piensan igual, sino entre los que piensan distinto. Un compromiso mínimo, con algunas definiciones tan básicas como: respetar los contratos, sostener el equilibrio fiscal y eliminar el financiamiento monetario al fisco. Para todo lo demás, decide la democracia. Y se dirime en las urnas.
Es un acuerdo preideológico. En el que ganamos todos: le sirve al oficialismo para gobernar mejor y a la oposición para ser más competitiva.
Argentina necesita acuerdos y mantenerlos en el tiempo. Porque las “buenas instituciones” no son más que reglas sanas que logran sostenerse por mucho tiempo.
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