
Los profetas bíblicos no son personas que predicen el futuro, sino los que pueden sentir lo que Dios vive en su interior. Se conmueven de tal forma con la pasión de Dios, que necesitan expresar de alguna manera esa conmoción a todo el pueblo. Son personas decididamente compenetradas con el sentir de Dios y lo viven con tanta intensidad, que no pueden dejar de decirlo, aun costándoles la vida.
El mundo, la Iglesia, necesita de profetas, de personas que olvidándose de sí mismas, puedan ayudarnos a salir de esas telarañas que nos atrapan en el mal, oscureciéndolo todo. Un mal que se encarna en personas concretas, en grupos, en sistemas y estructuras. Los profetas son personas necesarias y que tienen la misión de sacudirnos, despertarnos, para que de una vez por todas, nos elevemos hacia otra manera de vivir, esa manera que Dios quiere para el mundo y los que lo habitamos, sin que nadie quede afuera, todos protagonistas de la historia.
Cuando Dios toma a un profeta no lo larga y lo obliga a hablarle a los hombres y por este motivo, cuando el Santo Padre Francisco experimentó en su cuerpo y en su alma la misma pasión de Dios, fue Dios mismo el que le hizo comprender ese imperativo categórico de tener que decirle al mundo lo que él está sintiendo. Y por eso no pudo callar, pero tampoco quiso callar, porque su silencio hubiese sido su peor infidelidad, intolerable para él. Prefirió que no se le entendiera a hacer silencio. Francisco se expuso. Francisco dio su vida.
De las tantas cosas que nos dijo, elijo dos: la Casa Común y los Pobres. Francisco nos hizo sentir ese grito de la creación y de los pobres, porque lo escuchó primero en el corazón de Dios y luego en el corazón del mundo. Supo, con una sabiduría visceral, que surge desde las entrañas y se convierte en la sabiduría de la Misericordia, supo que Dios está escuchando ese grito estridente que viene desde lo hondo de la Tierra dolida y de los pobres maltratados. Y porque era sensible y cercano a las inmensas mayorías humanas empobrecidas, se convirtió en una voz sin fronteras y, supo estar en ese lugar difícil y tenso que es intentar ser un puente entre el corazón de Dios y el corazón del mundo y de cada persona.
Tuvo el coraje de enfrentar a los poderes que están detrás de ese grito que clama al cielo. Poderes económicos y políticos que sin escrúpulos explotan a la Tierra y a las pobres gentes. Sin miedo los enfrentó, los puso en evidencia, los nombró, les pidió y hasta les exigió que pararan de expoliar, de robar, que se bajaran de esa prepotencia mesiánica que genera todo tipo de indignidades, injusticias y guerras. Nos pidió que nos uniéramos en la oración y el ayuno para combatir con las armas de la paz a poderes desatados, enloquecidos, representantes del mismísimo demonio. Muchas veces, unió al mundo contra el mal, le hizo frente y se puso a la vanguardia.
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Su denuncia estuvo acompañada del anuncio y por eso nos dejó dos Cartas Encíclicas que nos orientan, inspiran y desafían: “Laudato Sí”, sobre el cuidado de la Casa Común, mayo del 2015 y “Fratelli Tutti”, sobre la fraternidad y la amistad social, octubre del 2020. Su profetismo tuvo la fuerza y la capacidad para poner en evidencia lo que no es la Voluntad de Dios porque hiere a la persona humana en su “infinita dignidad”, pero también, nos animó a encarar juntos acciones concretas para hacer un mundo más humano y para todos.
Fue padre cercano con los mismos hijos de la Iglesia que se dejaron llevar más por las voces de algunos medios de comunicación, muchas veces distorsionadas y maliciosas, que por su propia voz, a la que desconocieron. Los enfrentó con su humildad y silencio, en muchos momentos como desapareciendo, para darles la oportunidad de recapacitar, y eligieran comprometerse con él, no sin el Papa, en la comunión y la unidad de la Iglesia por la que el Señor Jesús dio su vida.
Su palabra, que es palabra desde el corazón de Dios y la palabra de la Iglesia de todos los tiempos, sigue vigente y hoy actualizada con su propia voz por el Papa León XIV, también profeta, tal vez como una característica del papado de estos tiempos, en un mundo desorientado y con líderes ausentes e incapaces de estar a la altura de las difíciles circunstancias para las inmensas mayorías humanas.
Su legado está legitimado con su vida, porque el profetismo de Francisco brilló con toda su luminosidad en su coherencia existencial.
Todos recordamos esa imagen inolvidable en la pandemia, el 27 de marzo del 2020, caminando solo y bajo la lluvia en la plaza San Pedro. De alguna manera el mundo estaba en sus espaldas, y todos muy conscientes de nuestra pequeñez y fragilidad caminamos con él, con esa esperanza a la que él mismo nos alentaba siempre, animándonos a ponernos en las manos de Dios, confiando en su amor y misericordia que nos rescata y salva. Y además, nos insistió a caminar juntos, nunca solos y mucho menos, nunca unos contra otros, porque “nadie se salva solo”.
Para los que lo conocimos, (me siento hijo y amigo), sabemos que el Papa Francisco era el mismo Cardenal Jorge Bergoglio y antes el padre Jorge, un hombre común llamado por Jesús, con toda su vida donada totalmente a Dios, entregado absolutamente a la Iglesia y luego, siendo Papa, comprometido con el mundo y con todos, todos, todos.
Con esta velocidad que tiene hoy la vida, celebramos ya un año de su partida. Y porque su voz y su persona han tallado profundamente en cada uno de nosotros, le rendimos ese homenaje tan sencillo, tan humano, pero tan pleno, como es el que se nos permite hacer por ese don tan exquisito que es la memoria. Lo homenajeamos recordándolo y reconociéndolo como un enviado de Dios que nos hizo mucho bien a todos, o a muchísimos.
¡Gracias, querido Papa Francisco, tu vida nos sigue animando!
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