
En una columna anterior, explicamos las diferentes lógicas que definen la relación entre el usuario y las aplicaciones; y, al finalizar, planteamos un inquietante debate sobre cómo la cultura de la autogestión digital puso al individuo en el centro de las decisiones que podrían afectar su vida. Retomamos el debate para analizar las oportunidades, los desafíos y los dilemas que se presentan.
¿Qué está sucediendo? Desde cursos de enseñanza online personalizados hasta la administración de una cartera financiera propia, la tendencia hacia la gestión autónoma de distintas áreas de la vida cotidiana aumentó como resultado de las facilidades que han incorporado ciertos servicios digitales vinculados a la salud, educación, deporte, finanzas, entre otros. “Existe una mayor propensión a decidir individualmente desde la pantalla”. Si bien dicha tendencia no es estrictamente novedosa, el surgimiento disruptivo de la IA generativa modificó totalmente su paradigma.
¿Qué cambió? Actualmente, si tengo una duda o consulta, es muy probable que rápidamente recurra al Chat GPT o al chat de Gemini. De igual modo, si quiero remover un foco o armar un mueble y no sé cómo proceder, es probable que pida un instructivo sencillo a la IA para intentar resolverlo sin depender de otra persona.
Aunque podríamos continuar mencionando innumerables ejemplos, el punto es el siguiente: las aplicaciones con soporte de inteligencia artificial generativa ampliaron radicalmente el margen de posibilidades al constituirse como una primera fuente auxiliar de respuestas y herramientas más rápidas y accesibles para la mayoría de los usuarios.
El desarrollo de esta tecnología puso al individuo en una posición de ventaja para explorar y tomar la iniciativa en temas que, previamente, estaban limitados a los plazos profesionales, o a quien tenía un expertise determinado. Con el soporte de una herramienta que permite interactuar en tiempo real y adaptarse al grado de complejidad que requiera cada situación, el individuo tiene a disposición elementos que, correctamente implementados, pueden fomentar una dinámica de aprendizaje y error que desarrolle habilidades prácticas que antes eran inexistentes.
Una persona podría empezar cambiando un foco para terminar comprándose las herramientas que usa el electricista en caso de tener que revisar las instalaciones eléctricas de su departamento.
Ahora bien, el paradigma actual de la autogestión digital plantea un desafío individual evidente: asumir la responsabilidad por lo que hacemos. La capacidad de tomar más decisiones con insumos derivados de la IA generativa o en servicios digitales que proponen una lógica de interacción directa entre el usuario y el resultado exige asumir costos posibles que antes delegamos en la decisión de un tercero. “Esta inversión de roles presenta ciertos dilemas conectados entre sí sobre cómo administramos esa responsabilidad”.
El primero que surge es cómo se configura la relación del individuo con la figura del profesional y qué valor le asigna a su formación y conocimiento. La pregunta que debería formularse una persona es si verdaderamente juzga que el acceso a la información, o sencillamente a la posibilidad de hacer algo, le confiere un grado de conocimiento que reemplace el valor de recibir el asesoramiento y la intervención profesional que se distinguen, principalmente, por la experiencia y la observación sistemática, además del aprendizaje que conlleva el estudio.
La jerarquización del profesional en áreas sensibles se impondrá, principalmente, por el posible costo de tomar decisiones que afecten irreversible y gravemente a la persona, y también por el valor que le asigne el individuo a la confianza de un asesoramiento profesional. El caso más obvio es el de una posible automedicación fallida a partir de tomar las recomendaciones de la máquina.
Por el contrario, hay otras prácticas y situaciones menos riesgosas en las que, probablemente, las personas quieran experimentar por medios propios. Sería poco deseable prescindir de un médico para una consulta médica; aunque, tal vez, sea menos necesario recurrir a un electricista para revisar los cables de una toma. Aunque resumido, este dilema plantea el debate sobre cómo la IA generativa impactará en los hábitos profesionales y en el mercado laboral.
El segundo dilema que surge es sobre la posibilidad de adquirir autosuficiencia en un contexto de hiperespecialización del conocimiento. ¿Podemos prescindir de toda asistencia o interacción interpersonal a partir de la autogestión digital? No solo sería imposible abordar todos los temas, sino que no sería deseable. Aunque tengamos una fuente de acceso a la información incuestionablemente mayor y servicios que cubren demandas cotidianas como regular el ejercicio físico, la irrefrenable dinámica de cambios y actualizaciones rápidamente dejaría vulnerable a quien pretenda lograr la autosuficiencia.
Nuevamente, el margen de autonomía no debería aspirar a la autosuficiencia sino a incorporar gradualmente herramientas, información, o aprendizajes que mejoren la capacidad de resolución o entendimiento del individuo para no depender en exceso de otra parte.
El tercer interrogante que surge es qué relación se establece con la ilusión de conocimiento que produce la interacción con la IA generativa. De fondo, la pregunta que debemos formular es si la interacción con esta tecnología implica una instancia de aprendizaje o es meramente una instancia de diálogo, consulta y posterior ejecución de una instrucción recibida. Viendo el uso cotidiano de las herramientas más populares como Chat GPT, la persona no tiende a estudiar, reflexionar o investigar sistemáticamente las temáticas que consulta y, por ende, termina recurriendo a esquemas de información organizada que satisfacen parcialmente una duda, lo que puede generar la ilusión de conocer el tema que se pregunta.
“El potencial de estudio y aprendizaje que ofrecen estas herramientas es inmensurable” dadas las barreras que rompen en términos de acceso a la información, operatividad y ejecutividad de tareas.
Todas las señales sugieren que la cultura de la autogestión digital continuará. No hay margen para soslayar esta tendencia, sino decisiones sobre cómo (a qué velocidad) nos adaptamos a lo que sucede. Asimismo, un primer ejercicio consiste en empezar a diferenciar aquellas áreas de experimentación (probablemente más recreativas o domésticas) en las que un individuo puede, gradualmente, adquirir hábitos de más profesionalización. Por eso, para concluir, vale destacar dos premisas para pensar el mejor escenario posible: el valor de la autonomía individual y la necesidad de formar un criterio para usar la tecnología disponible.
Gestionar desde la pantalla no debería reemplazar la lógica profesional ni asumir la ilusión de omnipotencia al pretender resolver todo sin ayuda. Correctamente implementada (dados los dilemas que presentamos), la cultura de la autogestión digital debería formar individuos más curiosos y con mayor capacidad de resolución para complementar los desafíos personales y profesionales con los horizontes que el entorno digital y la IA generativa seguirán proponiendo.
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