Gasto militar y guerra asimétrica

La solicitud de incremento significativo en el gasto de defensa por parte de la administración Trump introduce un desequilibrio inédito en la correlación internacional y redefine el terreno de la competición geopolítica

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El presupuesto de defensa estadounidense superaría el billón de dólares si se aprueba el aumento, un 25% más que el autorizado este año. Foto: Reuters
El presupuesto de defensa estadounidense superaría el billón de dólares si se aprueba el aumento, un 25% más que el autorizado este año. Foto: Reuters

En medio del agravamiento de guerra en Medio Oriente, la administración Trump solicita al Congreso aumentar en 200.000 millones de dólares el gasto destinado a la guerra contra Irán lo que representa un punto de inflexión en el escenario militar global. El presupuesto de defensa de Estados Unidos, que actualmente asciende a 831.000 millones de dólares, pasaría a superar el billón si el aumento es aprobado. Esta cifra significa un cuarto más que la autorizada el año en curso.

Este aumento, que equivale a aproximadamente un 25% adicional, no solo reafirma el rol de Washington como principal potencia militar del mundo, sino que también altera de manera sustancial la relación entre gasto y poder relativo. En un contexto en el que las principales economías del mundo sostienen niveles altos pero relativamente estables de inversión en defensa, la decisión estadounidense rompe esa tendencia y marca un cambio de escala que no puede leerse como un ajuste más.

“El impacto de esta decisión se entiende mejor cuando se la compara.” Antes del anuncio, el gasto militar de Estados Unidos ya equivalía al de las seis principales potencias que lo siguen juntas: China, Rusia, India, Reino Unido, Francia y Japón. Con el aumento proyectado, no solo amplía la distancia con cada uno de estos países en términos individuales, sino que también supera ampliamente el gasto combinado de todos ellos, profundizando una asimetría que no tiene antecedentes recientes. China, con 303.000 millones de dólares, continúa siendo el segundo actor global, mientras que Rusia (212.000 millones), India (109.000 millones), el Reino Unido (88.000 millones), Francia (67.000 millones) y Japón (58.000 millones) se ubican bastante más atrás en términos de recursos destinados a defensa.

Sin embargo, más allá de estas diferencias cuantitativas, lo que se consolida es un escenario internacional caracterizado por una fuerte concentración de capacidades en un solo actor, que tiene así un margen operativo y de decisión muy superior. No sólo existe así un desequilibrio entre potencias en sentido clásico, sino una brecha cada vez más profunda que podría redefinir reglas de juego y alineamientos.

En ese contexto, la comparación con Irán deja de ser simplemente desigual para adquirir un carácter directamente estructural. El contraste es elocuente: Irán destina apenas 9.230 millones de dólares a defensa, una cifra marginal frente al volumen estadounidense.

Sin embargo, esa distancia no se traduce automáticamente en superioridad operativa en todos los frentes. Es precisamente en ese punto donde aparece con claridad la lógica de la llamada “guerra asimétrica”. En los últimos conflictos en Medio Oriente se ha observado que los drones utilizados por Irán tienen un costo estimado de entre 20.000 y 30.000 dólares, mientras que los misiles empleados por Estados Unidos pueden costar entre uno y un millón y medio de dólares cada uno. Esta diferencia obliga a una potencia con enormes recursos a destinar sumas muy elevadas para neutralizar amenazas relativamente simples desde el punto de vista tecnológico. En consecuencia, la relación entre costo y efectividad es algo que debe comenzar a tenerse en cuenta. El poder militar deja de medirse exclusivamente en términos de volumen de gasto y pasa a depender cada vez más de la eficiencia con la que se emplean los recursos disponibles, así como de la capacidad de adaptarse a escenarios donde lo barato puede convertirse en un arma estratégica eficaz, como parece estar ocurriendo hoy en Medio Oriente y especialmente en el impacto que estos dispositivos de bajo costo están generando en las instalaciones petrolíferas de otros aliados estadounidenses en la región, como Arabia Saudita.

Marco Rubio y Donald Trump durante una reciente conferencia de prensa
Marco Rubio y Donald Trump durante una reciente conferencia de prensa

A esto se suma un elemento menos visible pero igualmente determinante: la disposición a asumir costos humanos y políticos en el desarrollo del conflicto. Irán ha mostrado históricamente una mayor tolerancia a las bajas, en contraste con las democracias occidentales, donde el impacto en la opinión pública de las pérdidas humanas suele condicionar de manera directa la acción militar y la toma de decisiones. La evolución reciente del liderazgo iraní (la muerte del ayatollah Khamenei y el reemplazo por su hijo), junto con su posicionamiento frente a Estados Unidos e Israel, refuerza la idea de una estrategia basada en la resistencia prolongada como herramienta central, a lo que se suma el error de cálculo estadounidense de prever un levantamiento en masa contra el régimen que no ha sucedido hasta el momento. Este patrón no es exclusivo de Irán ni Oriente Medio y también puede observarse en otros conflictos de la actualidad, como la participación de Corea del Norte en el frente ucraniano o la propia dinámica rusa en ese escenario, donde la capacidad de sostener pérdidas juega un rol clave.

En el Estrecho de Ormuz, con recursos limitados y tecnología relativamente accesible, Irán tiene la capacidad de afectar el tránsito de cerca del 20% del petróleo mundial. Cabe señalar, además, que las reparaciones del portaaviones Gerald Ford, el más moderno de los que hoy tiene en servicio Estados Unidos, llevarán más tiempo del estimado inicialmente y ello lo alejará del teatro de operaciones.

En este contexto, el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán no se define únicamente por quién gasta más, sino por cómo se combinan recursos, estrategia y capacidad de sostener el conflicto en el tiempo.