
El 26 de julio del 2015 el clásico que siempre estuvo cerca terminó con una victoria de Rosario Central contra Newell’s Old Boys 1 a 0. Fue la 18va. fecha del Campeonato de Primera División. El gol lo metió Marco Ruben a los 22 minutos del segundo tiempo en el estadio “Coloso Marcelo Bielsa”. Pero paso algo más. Inolvidable.
Rosario le colgó una bandera a Newell’s. Y esas letras enmarcadas en tela suelen ser picantes. Pero, esa vez, hace más de una década, fue más que picante y menos que dulce. “Pecho, putita golosa”, decía con reconocibles letras azules en letras amarillas la humillación deportiva con un texto que simulaba ser erótico.
Vi la foto en X que se llamaba como nunca dejó de llamarse: Twitter, en la cuenta @endemianado. El 26 de agosto un tuit suyo mostraba una foto con la bandera detrás del arco. La vi y me hipnotizó. La golosidad es una fortuna o una desgracia que llevo en la sangre, como muchos argentinos, en donde el dulce es el nombre y el apellido es batata o de leche o membrillo o frambuesa. En la variedad está el gusto.

La golosidad es un orgullo, una palanca vital, una forma de latir en donde lo último es lo mejor y lo que cuesta (remar en dulce de leche repostero) tiene sentido si se puede chupetear el viaje. La frase tenía una intención de sometimiento (sin consentimiento) pero de tan golosa terminaba resultando atractiva como un flan, un alfajor o un heladito.
Era el auge de “Ni Una Menos”, un mes después del 3 de junio del 2015, pero, al contrario de lo que dicen las malas lenguas, hacer una denuncia al ex INADI (el ya clausurado Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) no fue la opción elegida, ni siquiera, escandalizarse.
Tampoco pedir una sanción, hablar de respeto al rival, aclarar que el trabajo sexual no es insulto, ni que las buenas costumbres son respetar sin incurrir en la sexualización del adversario. A pesar de la sanata de la cultura de la cancelación que solo exageró la victimización de quienes eran cuestionados lo único que decidí hacer frente a la bandera fue escribir.

La bandera me dio gracia y, también, me dio pie para escribir una columna, que se volvió identidad, libro, best seller y sello vital. El 28 de agosto del 2015 escribí una nota titulada “Putita golosa”. El nombre se convirtió en un alter ego y en una obra que se publicó en el 2017 y que todavía recorre anécdotas, desnudos, salidas del closet del deseo y un reproche de un obispo que se compró el libro para contabilizar las veces que decía “deseante” o cómo era mi vida íntima y familiar.
La bandera de Central era una radiografía del goce como un reproche barra brava a las personas que disfrutaban (golosamente) del contacto desde la posición de recibir (que nunca es pasiva) y tampoco un sinónimo de sometida y que, en general, son mujeres, gays y trans.
Si la Argentina se puede leer en el futbol -como una cultura que tiene en su ADN una pelota y los brazos arriba- esas letras dejaban leer que el sexo era un artilugio masculino para marcar la cancha. La victoria era masculina tanto que el penetrador era ganador. Y, en cambio, la o el penetrado/a era el claro perdedor.
Muy por el contrario tener sexo no es una derrota, en la posición que sea, desde cualquier cuerpo, cuando se quiere y se disfruta y sostener el acto sexual como triunfo de colonización es tan retrógrado como perdedor: no se permite disfrutar con la otra persona, sino solo ganarle la parada por lo que se le quita y no por lo que se suma entre quienes comparten el sudor y las sonrisas.
En Rosario el espectáculo de muñecas inflables para humillar al equipo rival mostró que la deshumanización femenina escala en la escena pública
La nota decía así: “Pecho: putita golosa, le colgó Rosario Central una bandera a Newell’s en su último clásico atrás de su arco. La metáfora lineal quería decirle al rival rojinegro que le gusta que le metan goles. No me dan urticaria las metáforas futboleras. Pero preferiría que no sean en contra del placer femenino y convocar a las tortas y al goce, al dulce de leche chorreante y a la manzana acaramelada apenas mordida”.
“No creo que el deseo pueda ponerse en palanca de corrección pero sí que las palabras también provocan y son parte de un juego en donde el mejor camino es el encuentro. Y contra todos los mares que piden controlar el deseo propongo la irreverencia de apropiarse de la bandera rival y (no esquivo la pelota) plantó bandera. Soy putita golosa. Y, a veces, no me la banco”, cerraba reconociendo que la frase era hermosa y que podíamos afanar, si se me permite el término, la bandera y volverla una consigna.
En Rosario, cuando fui a presentar el libro, un productor de radio me buscó la foto y me la regaló. Me hice un cuadro que enmarca mi biblioteca. Es mi inspiración. La conjugación de una adolescente que iba a ver a Boca y que sabía balancearse en los para avalancha de la barra y una feminista que pedía igualdad con la camiseta puesta de la cultura popular y sin ceder al césped de la gloria de amar y ser amada, de gozar y ser gozada tenía en ese póster un mix de cómo hacer para cruzar puentes y pasarla bien en el intento.
Cuestionar que el sexo es sometimiento fue abrirle las puertas a las más chicas, jóvenes, maduras, lesbianas para que vean que podían leer de otra forma el placer si nos animábamos a patear el estándar masculino de campeón posesivo y de señorita sometida por un juego más democrático en donde si nos organizamos todos podíamos pasarla mejor.
En un viaje memorable a la Feria del Libro de Rosario, tuve el premio en la lotería del traslado, de compartir remis con el filósofo Horacio González (fallecido el 22 de junio del 2021), que, con la curiosidad de los que saben, me preguntó por feminismo y por el libro.
Le conté lo de la bandera y me dio una clase con la suerte de la ruta de paisaje de fondo. La herramienta lingüística de la revancha, de dar vuelta el insulto por orgullo, de transportar de derrota a victoria, fue tomada por la literatura popular (que en Argentina se conjugó en peronismo) como se hizo con los cabecitas negras y los descamisados.

Las frases despectivas “cabecitas” y “descamisados” lograron dar vuelta el racismo y el clasismo que usaba la oligarquía ilustrada para nombrar a los descendientes afro e indígenas y a los que no tenían salario para abrocharse los botones.
La narrativa popular volvió el desprecio en jactancia y la humillación en orgullo. Me quedé con su análisis como un gol más que me había permitido esa bandera. La del gol. La del orgasmo como una ventaja y no como una tarjeta roja.
La de poder contar que se escribe con lo que pasa, con los gritos de cancha y los pies que sienten la vibración colectiva, con las letras que no son de academia, sino de una que sabemos todos y con los prejuicios a la luz del día y la lujuria como delantera.
Pasó una década, un poco más, y el triunfo volvió a ser una derrota. Es cierto, la historia no es lineal y los pueblos latinoamericanos escriben en zigzag, como dice la escritora Gabriela Wiener, pero duele, duele igual.
El sitio en Instagram de "Mujeres Que No Fueron Tapa (MFQN) definió como "cultura de la violación" el video de Central definiendo como "hijos nuestras" a Newell´s mientras tiraban muñecas inflables desnudas al campo de juego
Rosario Central ya no llevó esa bandera. No hace falta decir nada para empeorar el panorama. Ya se puede decir cualquier cosa. No hacen falta las palabras. Ni las mujeres hacen falta aunque nos falten todas las que faltan por los femicidios que ya nadie previene ni condena.
La hinchada de Central tiró muñecas inflables con la camiseta de Newell’s. Violencia sexual explicita. El Instagram de Mujeres Que No Fueron Tapa (MQNFT) lo mostró con la denuncia que se trataba de cultura de la violación.
Ya no está el INADI. Pero el problema no es a dónde denunciar, sino que se agravó el ensañamiento de simbolizar a las femineidades como objeto de una guerra recrudecida, el sexo como una derrota y la cosificación como un juego que no es de muñecas. Retrocedimos. Tanto que duele. Tanto que se pierde el placer del futbol, del sexo, de la literatura, por la crueldad exacerbada y sin tarjeta roja.
El sábado 14 de agosto se jugó un partido entre Rosario Central y Banfield, en Rosario. A los 22 minutos cayeron desde la tribuna muñecas inflables. No es folclore, que para eso están los pañuelos, los ponchos, los bombos y los cantitos como Muchachos que, en este caso, nos volvieron a desilusionar. Es apología del abuso.
Y además es decir que las personas con las que se tiene sexo no tienen alma, racionalidad, emociones ni deseos. Son solo, como repiten tantos, zorras con un agujero, que son tomadas como enemigas que muestran el triunfo de quien las toma y tomarlas es la coronación de una venganza contra el rival y una demostración de fuerzas de quién lleva las riendas y quién se deja llevar.
“Las críticas apuntaron a que el uso de objetos que representan cuerpos femeninos para humillar al rival reproduce lógicas de dominación sexual y naturaliza discursos vinculados a la violencia de género. También se cuestionó el silencio de dirigentes, jugadores y gran parte del ambiente futbolístico, mientras que usuarios en redes exigieron sanciones y un posicionamiento institucional”, escribieron en el diario El Ciudadano.
La multa que le podría -y debería- corresponder a Rosario Central sería por ingresar objetos al campo de juego y por la interrupción del juego. No solo es poco, no es el punto. No se que es peor. El problema o lo que es menos que una solución por minimizar el conflicto y burocratizar la agresión.

El problema es que las mujeres no son objetos y las muñecas sí, pero no estaban como objetos sino como desinteligencia artificial de simulacro del cuerpo femenino. El problema no es que el partido se paró, sino que no se pare con la idea que el sexo es un campo masculino en donde se gana si se posee y se pierde si se es poseída.
“El deseo, como la realidad, funciona por acumulación”, escribió la escritora española Cristina Fallarás en el libro El final de todo esto donde anticipó un mundo donde las mujeres se tienen que refugiar de la violencia sexual generalizada a través de hombres que reemplazan a las mujeres por muñecas sexuales.
El libro se baso en hechos reales de 2020 cuando un hombre se casó con su muñeca. No solo ella, sino muchas, cada vez más sofisticadas, se empezaron a llamar sex dolls o simplemente dolls. La acumulación de la violencia no es inocua: tiene consecuencias, genera violencia, retrocede en derechos, desarma el deseo y permite que la carne ceda al plástico y se configure en una amenaza constante.

La industria modernizó a las muñecas. Pero el significado original está retratado por Fallarás: “Es uno de esos modelos antiguos con la boca abierta, melena amarilla pintada sobre el plástico y la apariencia de globo de feria cuyas piernas alguien diseñó abiertas para siempre. La muñeca no está, en principio, pensada para que la estrangulen y, sin embargo, el gesto de sus ojos y la mueca de la boca retratan exactamente el resultado de un estrangulamiento”.
Argentina sabe festejar, sufrir, gritar, ponerse la camiseta, jugar, sudar y disfrutar. Tirar a muñecas que simulan ser mujeres con la camiseta contraria, vencidas, abiertas, violadas, derrotadas, hinchadas, lastimadas, estranguladas, desinfladas, inertes, insensibles, inamovibles, ya no es literatura.
Es tan repugnante que no da gracia, ni se puede responder con palabras que califiquen la tristeza del derrotero que significa pasar del deseo al odio y del juego al destierro. La bandera de golosa no la cedo. La deshumanización femenina debería ser expulsada de la cancha. No somos muñecas y el machismo masculino está tan inflado de rabia y tan desinflado de agallas como un globo pinchado.
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