“La región para EE.UU. es clave en este contexto de rearmado. Pero no todo va a ser lo mismo. Va a haber que competir. Y ojo con Brasil. Lula es pragmático, no ideológico.” La advertencia es de un asesor local de JPMorgan. Resume mejor que cualquier documento oficial lo que está en juego.
Hay momentos en la historia en que la geografía vuelve a mandar. Durante décadas, América Latina fue para Washington un asunto de segunda categoría: un vecindario que exportaba problemas, no aliados. Ese fue el relato. Un error.
El reordenamiento global lo cambió todo. La guerra en Ucrania, la disputa con China por semiconductores y minerales críticos, las cadenas de abastecimiento fracturadas. En ese escenario de fricciones simultáneas, América Latina apareció con lo que siempre tuvo pero nadie quiso ver: el 25% de las reservas mundiales de agua dulce, el 40% del litio del planeta, las mayores reservas de petróleo del hemisferio, tierras capaces de alimentar a cuatro veces su población, costas sobre dos océanos. No es que el subcontinente se haya vuelto más valioso. Es que el mundo se volvió más dependiente de lo que él siempre tuvo.
Trump no llegó con diplomacia. Llegó con una doctrina. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 formalizó el Corolario Trump a la Doctrina Monroe: el hemisferio occidental es zona de preeminencia exclusiva de Washington, y cualquier presencia china, rusa o iraní en el continente es amenaza directa. La estrategia opera en tres frentes. El político: una coalición de aliados ideológicos como bloque antiChina, con la Cumbre de Miami como fotografía que Trump llevará a Beijing. El económico: contratos de proveedor único para empresas norteamericanas, desplazando a las chinas de la infraestructura regional. Y el cultural, el más subestimado: 63 millones de hispanohablantes dentro de sus fronteras. La cultura latinoamericana penetró el mercado norteamericano como ninguna otra civilización no anglosajona logró. Eso no es solo identidad. Es mercado, audiencia e influencia real.
País por país, el esquema es claro y nada inocente. México es una necesidad estructural irrompible, pero el dato que todos omiten es que su principal fuente de divisas no es el petróleo ni el turismo: son las remesas de más de 60 millones de personas de origen mexicano residiendo en EE.UU., cinco generaciones que construyeron ciudades, cosecharon campos y pagaron impuestos en suelo ajeno. Lo que Trump llama “el problema migratorio” es el sistema circulatorio que mantiene vivo al socio que más necesita. Sin esa diáspora, México no funciona. Y sin México funcionando, la frontera más transitada del planeta se vuelve ingobernable para los dos lados.
Brasil es el gigante incómodo: vínculo político frío con Washington bajo Lula, capital norteamericano fluyendo igual porque los negocios no esperan a que la política se acomode.
Chile tiene el activo más codiciado del siglo: el triángulo del litio que comparte con Argentina y Bolivia concentra más del 50% de las reservas mundiales del mineral que mueve la transición energética global. Colombia es el terreno más volátil, posición bisagra entre el Caribe y el Pacífico, con elecciones en 2026 que Washington sigue de cerca.

Venezuela es el caso más revelador: la captura de Maduro en enero de 2026, una operación coordinada desde la Casa Blanca que eludió deliberadamente al Congreso, marcó el umbral de intervención que EE.UU. está dispuesto a cruzar. Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo. Eso no es un dato secundario. Es la explicación de todo. Ecuador, Paraguay, Uruguay, Costa Rica y República Dominicana completan el mapa: el aliado andino de mano dura, el activo logístico silencioso que nadie lee, el puerto franco donde todos guardan el dinero sin importar el color político del vecino, el alumno modelo, el socio caribeño integrado directamente al mercado norteamericano.
Y entonces, Argentina. Del 9 al 12 de marzo, Nueva York fue escenario de algo sin antecedentes recientes en la historia financiera del país. Más de 300 líderes globales, CEOs de multinacionales y representantes de los fondos más importantes del mundo se sentaron a escuchar hablar de Argentina. Jamie Dimon abrió el evento y presentó a Milei. En el idioma de Wall Street, ese gesto vale más que cualquier calificación crediticia.
La historia más interesante, sin embargo, no ocurrió en los paneles. Ocurrió en los pasillos y en las reuniones cerradas donde Córdoba, Chubut, Río Negro y Neuquén se sentaron con fondos de inversión y empresas norteamericanas especializadas en industrialización energética. Provincias con energía de sobra —gas, petróleo, viento, agua— que por primera vez tuvieron que salir a venderse solas ante capitales internacionales. Eso es, en parte, lo que logró la filosofía mileísta: obligar a las provincias a construir una estrategia propia para proyectarse al mundo. El desafío es que ahora deberán revisar su modelo de negocios si quieren ser atractivas para los capitales que las observan. “Si no fueran Argentina y sus vaivenes, con lo que tienen enterrado no nos estaríamos reuniendo acá: les estaríamos rogando en su propio territorio que nos dejen invertir”, confió con asombro un funcionario que lleva adelante las negociaciones para una futura y muy importante instalación de data center.
Esa infraestructura forma parte de una conversación más amplia: Argentina como plataforma digital. El país empieza a figurar en los radares para data centers —la infraestructura que sostiene los LLMs, los grandes modelos de lenguaje que alimentan la inteligencia artificial— y para minado de criptomonedas. Son industrias distintas y conviene no confundirlas: los data centers demandan alta inversión, ingeniería especializada y contratos de largo plazo; el minado cripto requiere mucho menos capital de entrada, básicamente hardware y acceso a energía. Lo que atrae no es la estabilidad —que no existe— sino la escala de lo que hay disponible: territorio, recursos, infraestructura base y un potencial que los inversores ven con claridad aunque la política los ponga nerviosos. La oportunidad es tan grande que el riesgo —en tiempos de vacas flacas— se podría considerar.
Hay una jugada que grafica mejor que cualquier discurso lo que está ocurriendo: Adecoagro, la productora de alimentos con más de 210.000 hectáreas en Argentina, Brasil y Uruguay, pasó este año a ser controlada por Tether, el gigante cripto detrás de USDT, la stablecoin más grande del mundo. La compañía fue fundada hace más de veinte años con fondos del magnate húngaro George Soros, quien vendió su participación en 2017. Hoy la controlan dos italianos: Paolo Ardoino, CEO y cara visible, y Giancarlo Devasini, el CFO que opera casi en las sombras y que construyó el verdadero poder financiero detrás del emprendimiento. Dos millonarios visionarios instalados en Argentina.
“No es cualquier empresa. Tether es uno de los mayores tenedores privados de bonos del Tesoro de EE.UU. e invierte en activos tangibles que van desde robots humanoides —es uno de los inversores de Neura Robotics, la firma alemana de inteligencia artificial aplicada— hasta el agro, pasando por Bit2Me, la billetera cripto en la que lideró una ronda de 35 millones de dólares con foco en América Latina. Tienen hambre. Buscan oportunidades”, describe un consultor argentino reconocido internacionalmente en esta industria que la mayoría no sabe leer.
Con esa espalda financiera, Adecoagro adquirió el 90% de Profertil —la mayor productora de urea granulada del país— por 1.235 millones de dólares, comprando las participaciones que tenían YPF y la canadiense Nutrien. La lógica es clara: Tether busca respaldar sus activos digitales con tierra, energía y alimentos reales. En Brasil ya planea hacer criptominería a partir de la energía excedente de sus operaciones agroindustriales —los brasileños tienen mejores precios de gas para este tipo de industria, dato que no es menor—. En Argentina el apetito sigue: hay interés por Bioceres, la empresa de agrobiotecnología que cotiza en el Nasdaq. No es filantropía ni turismo inversor. Es la convergencia más concreta entre el mundo cripto y la economía real que se vio en la región. Y tiene dirección: el sur del país.
¿Están convencidos los inversores? Parcialmente. La pregunta que nadie deja de hacerse no es si Argentina tiene activos. El ciclo electoral de 2027 es la variable de riesgo que ningún fondo ignora.
El desafío para el subcontinente es el de siempre, solo que ahora con el tablero incendiado: convertir la riqueza en soberanía propia. Ser el activo que todos disputan sin transformarse en el territorio que nadie respeta.
Tommy Shelby lo dice en Peaky Blinders: “No me importa el dinero. El dinero es solo la prueba de que el poder funciona.”
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