La historia, a veces, camina en silencio. Jorge Bergoglio amaba profundamente Buenos Aires. Disfrutaba viajar en transporte público y estar con su gente. Podía hacerlo porque no tenía una gran presencia mediática y se vestía como un cura común.
Hace ya más de una década, el mundo miraba hacia la chimenea de la Capilla Sixtina esperando un nombre, sin saber que el elegido traía los pies marcados por el asfalto de las periferias porteñas. Jorge Mario Bergoglio, el primer arzobispo de una megalópolis en llegar a la cátedra de San Pedro, no viajó a Roma para transformarse en otro; viajó para llevar a Roma la Iglesia que ya había vivido en Buenos Aires.
Una de las claves de ese legado es la Teología del Pueblo. Lo que hoy el mundo reconoce como la columna vertebral de muchas de sus encíclicas, especialmente en Fratelli Tutti, es en realidad la maduración de esta corriente profundamente latinoamericana.
Lejos de quedar encerrada en la academia, Bergoglio la hizo práctica pastoral. Para él, el pueblo de Dios posee una sabiduría intrínseca y una bondad que las estructuras de poder muchas veces ignoran. Desde esa mirada, Francisco no habla de los pobres como una categoría estadística, sino como el centro del Evangelio. Esa cercanía genuina con los olvidados, aquellos que en Buenos Aires encontraba en las cárceles o en las esquinas de Constitución, se convirtió luego en el faro de una Iglesia que, bajo su guía, decidió salir de los templos para “oler a oveja”.
El vínculo de Bergoglio con los derechos humanos fue un camino atravesado por la complejidad. Desde sus primeros años enfrentó el peso de las sombras de la dictadura militar, un terreno fértil para malentendidos y acusaciones cruzadas. Sin embargo, el paso del tiempo y sus propios gestos fueron decantando otra realidad: la de una figura que evolucionó hasta convertirse en un referente respetado por los organismos de derechos humanos.
También en materia de conflictos y paz apareció la experiencia argentina. Francisco habló reiteradamente de una “tercera guerra mundial en pedazos” e insistió en que la superación de los conflictos solo puede darse a través del diálogo: “En la guerra se mata gente y siempre es un fracaso para la humanidad”.
Ese lenguaje no nació en los salones vaticanos. Era el mismo Bergoglio que en Buenos Aires se hacía presente en la fila de San Cayetano cuando la gente iba a pedirle al santo por pan y trabajo, y que buscaba tender puentes entre dirigentes políticos, sindicales y empresarios en medio de las reiteradas crisis del país.
El diálogo interreligioso, que tan difícil se hace hoy en el mundo, en la Argentina es una realidad tangible hecha visible en formatos como el Instituto de Diálogo Interreligioso. Los conflictos y guerras en Medio Oriente no han destruido aquí un vínculo que se supo construir con solidez entre las diferentes comunidades religiosas.
Otro de los hitos más disruptivos de su pontificado fue la encíclica Laudato Si’. En ella, Francisco logró algo inédito: unir la ecología con la pobreza. Para el Papa, la crisis climática no era solo un problema de árboles o glaciares, sino un fenómeno social que golpea primero a los más vulnerables.
Esa preocupación ya se intuía en sus recorridas por las zonas más postergadas de Buenos Aires, donde la falta de infraestructura y el abandono ambiental se vuelven sinónimos de exclusión. Su primer viaje como Papa a Lampedusa, donde arrojó una corona de flores al mar en memoria de los migrantes muertos, fue el símbolo doloroso de esa convicción: el cuidado de la “casa común” incluye necesariamente el cuidado de quienes huyen del hambre y la guerra.
Quizás lo que más ha incomodado a ciertos sectores tradicionales de la Curia no han sido tanto sus reformas institucionales, como su austeridad personal. Lavar los pies a presos, elegir vivir en Santa Marta en lugar del Palacio Apostólico o viajar en clase turista no son gestos de marketing. Fueron decisiones de vida que arrastraba desde sus años de jesuita y desde su modo de ser obispo en Buenos Aires.
Francisco demostró que el liderazgo auténtico no necesita de oropeles. Su papado fue, en gran medida, la historia de cómo un pastor formado en la Iglesia de Buenos Aires anticipó, con decisiones sencillas pero profundas, un camino de renovación para toda la Iglesia.
A años de aquel “hermanos y hermanas, buenas noches”, su legado sigue siendo una invitación a la esperanza. Es, en esencia, el testimonio de un hombre que vino del fin del mundo para recordar que la verdadera historia se transforma desde la humildad y la cercanía con el corazón del pueblo, del mismo modo en que lo hizo Jesús.
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