Catedral Trinidad con destino a la estación Comunidad

La doctrina trinitaria invita a entender la relación con Dios como un vínculo de conocimiento, afecto y vida

Guardar
Catedral de Buenos Aires
Catedral de Buenos Aires

Vigencia de la Santa Trinidad

El rector de este tren denominado Catedral Trinidad es monseñor Alejandro Russo. Es un tren rápido y va a la estación llamada Estación del Amor Comunitario o, simplemente, Comunidad. Se aconseja ir temprano porque siempre va repleto. En 1580 recibió el nombre de Iglesia Mayor de Buenos Aires Santísima Trinidad por don Juan de Garay. El pasado jueves 29 celebró el 90° aniversario de su consagración como primada de la Argentina, cetro que cedió en 2024 a la catedral de Santiago del Estero. Reconociendo nuestras limitaciones, nos zambullimos en este viaje relámpago hacia el misterio trinitario. Y nos encontramos con nociones tan reales como los paisajes que vemos por la ventanilla de un Frecciarossa 1000 italiano. Les contaré lo que vi, consciente de que su velocidad me privó de los detalles y del nombre de muchas estaciones. La densidad del recorrido nos habla de la vigencia religiosa y política del misterio de la Trinidad. El largo trayecto requiere de una lectura más atenta y un gran poder de observación. Asimismo, invita a recorrer la catedral metropolitana.

Bajo el subtítulo I. La raíz de la revelación trinitaria: la irrupción de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios en la historia, explica Josep Rovira Belloso: “El tratado sobre la Trinidad no arranca propiamente de la iniciativa eclesiástica. Lo ‘pone en marcha’ el evento único de Jesús de Nazaret. Jesús, que tiene su propia experiencia religiosa fundada en la fe monoteísta del pueblo de Israel, manifiesta y, lo que es más importante, comunica su relación de conocimiento, afecto y vida con ese Dios único a quien Jesús llama Abbá, Padre. Esta manifestación y comunicación se realiza en la gracia de la fe y su fruto es la filiación adoptiva”. (Josep M. Rovira Belloso en su introducción a Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, El Dios cristiano, Diccionario Teológico, pp. 1370-1394, Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca, 1992).

Las enseñanzas de este teólogo surgen de la lectura profunda del Evangelio, que da cuenta de los acontecimientos de la vida de Jesús que así lo revelan. No podemos entrar en cada uno de esos niveles y profesiones de fe, pero, como lo destacó el Concilio Vaticano II, hay una estrecha relación entre la misión del Hijo y del Espíritu y la misión de la Iglesia; la implicación de esa misma Iglesia en el misterio trinitario, ya que la Iglesia es la multitud reunida en el Padre, el Hijo y el Espíritu (Rahner, El Dios trino como principio y fundamento trascendente de la historia de la salvación, en MS, II, 1, 359-449, nota 123 en autor cit. op. cit. pag).

La comunión trinitaria y la comunidad humana

Esa relación entre lo invisible de Dios y lo visible de la humanidad, en concreto: entre la comunión trinitaria y los hombres que recibimos la comunicación de sus dones mediante la caridad y los sacramentos. Dicho de otro modo, “haciendo visible en la vida aquel misterio de comunión con Dios y entre los hombres cada vez que la Iglesia celebra en la Eucaristía” (op. cit. nota 124, Sínodo 1991, Declaración final, II, 5).

Dicho en los términos más llanos, cuando Juan, Pablo, Roxana y la vecina de la esquina o del departamento de al lado vamos a misa, o cuando en la procesión de Nuestra Señora Virgen Madre, en los festejos de Pascua o en cualquier otra circunstancia nos encontramos y participamos de la Eucaristía, imitamos a la Santa Trinidad y comulgamos con y en Dios uno y trino.

Las relaciones

Vamos a recurrir a la lógica proposicional para recordar que en ese campo hay tres componentes: cosas, cualidades y relaciones. Las relaciones son el orden o referencia entre dos términos que se requieren mutuamente. Relación es algo que no existe en general —¿quién puede decir que está enamorado en general?—, sino que está referido a algo, como un cuadro de Caravaggio, pero más propiamente a alguien, como yo lo estoy de Alicia. En la relación hay un sujeto, ese otro hacia el cual el sujeto está referido, y un fundamento, campo o ámbito. Así, por ejemplo, es una relación el cura celebrante y los fieles, en la cual el sacerdote es el sujeto, los otros son los fieles y la liturgia es el campo o ámbito simbólico.

También es una relación el término padre, ya que nada significa si no es con respecto al hijo. Luego se emplea el término relación aplicado a la divinidad, que a diferencia del yo-tú a nivel humano estará desprovisto de todo carácter accidental. Porque Dios posee carácter absoluto, simple, eterno, indivisible e inmutable. Por eso mismo, también admite y es su voluntad que el ser humano, por Él creado, pueda entrar en la esfera de lo divino.

El término relación, referido a los extremos de esos términos, no puede conducirnos a perder el sentido religioso y contemplativo, sino al contrario. Es obvio que no puede confundirse el significado religioso de la relación intradivina ejemplar de Jesús con el Padre con nuestras interrelaciones humanas, aunque el propósito del buen cristiano en sus relaciones interpersonales sea obrar a imagen y semejanza de aquellas (Gn 1,26).

Dios siempre nos primerea, dice Francisco

La dignidad para el cristiano se observa en el rostro del otro en todo momento, pero en especial cuando su dignidad y necesidad nos interpela. Así lo expresa un filósofo: el rostro del otro “significa una responsabilidad infinita”. El desafío de esta responsabilidad infinita es lo primero en la adhesión a la alteridad radical.

El uno —consciente o no, próximo o lejano—, en el estar en contra, autoreferencialmente, anticipa su “mí mismo”. El otro no le pertenece, le es ajeno, como lo era el herido para el levita en el camino que va de Jerusalén a Jericó (Lucas 12-30). No puedo apropiarme de su identidad ni reducirlo a los esquemas de mi yo, puedo hacer que no lo veo. ¿Qué tengo de común con él? Sigo mi camino (Lc 12,31-32). No nos conocemos, no somos parientes ni vecinos, pero somos comunidad en Dios y me dejo primerear por la Santa Trinidad aún antes de ocuparme de “mí mismo” y de mi propio interés. Con la velocidad con que contesta el retorcijón de mis tripas (Lc 12,33).

¿Qué tiene que ver el dogma de la Trinidad con la vida diaria?

Creo que la respuesta queda dada en esa parábola, núcleo de la fraternidad humana. Pero transcribamos al teólogo refiriéndose a quienes niegan importancia a este dogma de la Trinidad: “No obstante, Guardini demuestra —dice Jorge Fazzari— la importancia que tiene esta relación con la vida cristiana en dos aspectos:

En la economía de la salvación, cuando “el cristiano se sabe hijo del Padre, hermano de Cristo, amigo del Espíritu Santo”, dice Guardini anticipándose a K. Rahner, quien hará del tema de las relaciones reales del creyente con cada Persona divina en la vida de la gracia uno de sus temas principales (Fazzari, Cien años de un artículo de Guardini sobre la Trinidad divina y la comunidad humana, UCA, Revista de Teología, T.LIII, N.121, dic. 2016, p. 25, nota 7).

Destaca, asimismo, Guardini que en la Edad Media, tanto los antiguos cantos de la liturgia, la Trinidad aparece como el centro de la salvación, y hasta las formulaciones jurídicas invocan “la santa e indivisa Trinidad” (a Fazzari, op. cit., p. 27, nota 8). Y el mismo autor agrega “que viva es la relación” entre “nuestra vida diaria” y “el dogma de la Trinidad”, que es la “carta magna del deber y de la dignidad de toda comunidad humana” (loc. cit., nota 8).

La ética y la cultura del encuentro

Como vimos al mencionar la parábola del Buen Samaritano, en el encuentro con el otro, su ser de lo bello, bueno y verdadero se nos anticipa. Antes de que el otro sea un ser concreto, antes de que sea padre, hijo, trabajador, matricero, metalúrgico, próximo o lejano, el otro es una exigencia ética que me llama e interpela en relación a su necesidad de amor, de protección, de compartir una alegría, de recibir una caricia. Su rostro, antes que su overol, antes que su pertenencia política o su patrimonio o carencia, me genera un sentimiento de fraternidad y una responsabilidad existencial ineludible e indelegable. Es mi prójimo y mi hermano con anterioridad a serlo.

Después caminaremos juntos como los discípulos que, temerosos, huían por el camino a Emaús. Tú y yo, constituidos en interés primordial, en epifanía. Cristo resucitado estaba sentado a la diestra del Padre, resultado del amor infinito de Dios presente en la luz del Espíritu Santo.

Un poco más adelante vemos, de un lado de la orilla, la cultura del encuentro y, del otro, la cultura autorreferencial del estar en contra o del desencuentro.

Desde la proyección de nuestra mirada hacia la comunidad advertiremos que la primera es que la relación en la profesión de la cultura del encuentro es salvífica, de participación y abundancia, y la cultura autorreferencial tiene sumidos a los pueblos en la miseria material y espiritual. La verdadera grieta en todo el mundo no es la de pobres y ricos, ni entre liberales y nacionalistas, mucho menos racial o religiosa. Es entre quienes somos partidarios del amor y quienes sostienen que no hay que anteponer la preocupación por los otros, siendo partidarios del odio y la indiferencia. Primero yo, el otro que sufra.

Seamos la puerta abierta de nuestra comunidad

Volviendo a la imagen de la Santa Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, podemos “ver el amor del que procedemos” y podemos vernos a nosotros mismos, ya que fuimos creados a su imagen y semejanza, a imagen y semejanza de esa unidad divina de la que somos partícipes. La Trinidad es el símbolo de la “unidad en la diversidad”.

“Toda comunidad humana —dice Guardini— es ‘vestigium Trinitatis’ (rastro o huella de la Trinidad, de Dios uno y trino); pero la Trinidad no es solo modelo de la comunidad humana, sino también su causa, pues ‘en Cristo hemos sido unidos por un lazo nuevo… mediante la gracia’; y esta gracia da al hombre la fuerza moral para llegar a ser realmente una imagen de la Santísima Trinidad”. En síntesis: toda comunidad humana es “vestigium Trinitatis”, y la comunidad iluminada y animada por la gracia de la Nueva Alianza puede ser “imago Trinitatis” (imagen de la Trinidad) (Fazzari, op. cit., p. 30 y varios autores citados en nota 22).