
El agua y el fuego son elementos vitales para la vida, pero se convierten en una amenaza como consecuencia del estrés climático. Esto incluye al factor humano, como una de las causas que los origina.
Este año en Argentina han dejado datos que resultan difíciles de ignorar. Esta temporada en el sur argentino, focos activos han quemado miles de hectáreas en provincias como Chubut y zonas cercanas, que aún se siguen mitigando.
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Frente a estos hechos, una frase bíblica toma fuerza en la actualidad: “Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22). Ese dolor por parte de la naturaleza nos excede, al punto que, en determinadas ocasiones, pareciera ser que no alcanzan los recursos que se invierten para extinguir el fuego que se sale de control.
Este sufrimiento pide a gritos un nuevo comienzo, ya que los dolores de parto son la antesala de la gestación de una nueva vida. Pero ese nuevo comienzo requiere de decisiones y acciones de corto a mediano plazo.
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La conciencia ambiental no se limita a especialistas en la materia, sino también en crear una cultura que atraviese a las nuevas generaciones, a la vez de poner límites a la intencionalidad del ser humano.
Cuando la tierra “gime”, vemos ese clamor a través de los medios de comunicación que cubren cada desastre climático, escuchamos testimonios desgarradores, actos de valentía para no perderlo todo, además de las redes solidarias que se activan en cada desastre ambiental.
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Es decir que detrás de cada operativo, brigadistas, bomberos y comunidades, seguirán respondiendo valientemente, salvando vidas y evitando daños mayores. Estos actos son dignos de honra y reconocimiento. Pero debemos dar un paso hacia adelante, por ejemplo, en las aulas de todo el país, incorporando en los programas de estudios la prevención de incendios, la cooperación y la ayuda humanitaria como una herramienta cotidiana.
Porque cada siniestro no puede limitarse solo a apagar incendios, es necesario incorporar programas educativos desde temprana edad en las escuelas, en donde los educandos aprendan a reconocer riesgos, practicar evacuaciones, respetar alarmas y saber cómo actuar ante el fuego. No estamos inventando nada nuevo, ya que existen programas a nivel internacional, como los que brinda la NFPA (Normas Americanas de Protección contra el Fuego), que pueden incorporarse a la currícula educativa, desde su nivel preescolar. Como lo expresa un proverbio, si instruimos a la niñez, aun cuando fuesen viejos, no se apartarán de esa instrucción.
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Cada emergencia requiere de una reacción rápida, pero a la vez eficaz, este último depende en evaluar cómo actuamos, analizar qué podemos hacer mejor y luego ejecutarlo.
Las palabras de Albert Gore, ex vicepresidente de los Estados Unidos y ambientalista, deben movilizarnos: “Somos la primera generación que siente los efectos del cambio climático y la última que puede hacer algo al respecto”.
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