
La inauguración del túnel Shengli en Xinjiang —el más largo del mundo para autopistas— es, en apariencia, una noticia de infraestructura. Veintidós kilómetros bajo la cordillera de Tian Shan, reducción drástica de tiempos de viaje, récords técnicos y una inversión multimillonaria. Pero leída con atención, la obra dice mucho más sobre China que sobre ingeniería civil. Funciona como una ventana privilegiada para entender cómo Pekín concibe el poder, el territorio y el tiempo en un mundo cada vez más inestable.
Xinjiang no es una región cualquiera. Es frontera, es profundidad estratégica, es cruce de rutas y es también uno de los espacios más sensibles del mapa chino, tanto por su diversidad étnica como por su ubicación en el corazón de Eurasia. Conectar de manera eficiente el norte y el sur de la región no es solo un gesto de desarrollo económico: es un acto de control territorial, integración logística y previsión estratégica. Allí donde otros Estados ven periferia, China ve columna vertebral.
El Shengli se inscribe de lleno en la Belt and Road Initiative, el ambicioso entramado de corredores terrestres y marítimos con el que Pekín busca reconfigurar flujos comerciales, energéticos y políticos a escala continental. A diferencia de los proyectos grandilocuentes del pasado, la iniciativa no se presenta como un bloque ideológico ni como una alianza cerrada, sino como una red funcional. Cada túnel, puerto, ferrocarril o autopista no promete valores universales, sino algo más concreto: previsibilidad, conectividad y reducción de costos. En un mundo fragmentado, eso es poder.
Aquí aparece una de las grandes diferencias entre China y la Unión Soviética. La URSS intentó proyectar influencia exportando un modelo político cerrado, rígido y moralmente autojustificado. China, en cambio, evita el proselitismo ideológico. No busca convertir a otros países, sino integrarlos a una lógica material donde su estabilidad dependa, en mayor o menor medida, del buen funcionamiento del sistema chino. No es una hegemonía de consignas, sino de infraestructura.
El contraste con Estados Unidos también es revelador. Washington sigue siendo una potencia central, pero su forma de ejercer liderazgo está atravesada por ciclos electorales cortos, debates morales permanentes y una creciente dificultad para sostener consensos estratégicos de largo plazo. China, en cambio, planifica a décadas. No necesita convencer a su opinión pública cada cuatro años de la utilidad de un túnel en Xinjiang o de una línea férrea en Asia Central. El Estado chino piensa el territorio como un activo acumulable, no como una variable política volátil.
El Shengli reduce tiempos de viaje, sí, pero sobre todo reduce incertidumbre. Hace más previsible el abastecimiento, la circulación de personas, la movilización de recursos y la respuesta ante crisis. Esa obsesión por eliminar fricciones es una constante del ascenso chino. Donde otros improvisan, Pekín pavimenta. Donde otros discuten, perfora montañas. Es una lógica silenciosa, poco épica, pero extremadamente eficaz.
Este tipo de obras también revela por qué el avance chino resulta tan difícil de frenar incluso para sus rivales. No se trata de un salto abrupto que pueda revertirse con sanciones o discursos, sino de una acumulación lenta y persistente de capacidades. Una vez que una región está conectada, integrada y atravesada por flujos económicos estables, el retroceso se vuelve costoso. El avance, en ese sentido, es en gran medida irreversible.
Desde América Latina, y particularmente desde Argentina, esta lógica debería observarse con menos prejuicio y más atención estratégica. No para imitar mecánicamente el modelo chino —algo inviable en sistemas políticos abiertos—, sino para entender el valor del largo plazo, de la infraestructura como política de Estado y de la planificación más allá de coyunturas ideológicas. Argentina también es un país extenso, con territorios desconectados y potencial desaprovechado. La diferencia es que China convirtió ese problema en una prioridad estructural; nosotros, en una discusión eterna.
El túnel de Xinjiang no resolverá por sí solo las tensiones internas de la región ni borrará las críticas internacionales sobre la política china hacia las minorías. Pero muestra algo que suele pasar desapercibido en los análisis más moralizantes: China no gestiona su poder solo con coerción o vigilancia, sino también con integración material. Carreteras, trenes y puertos no reemplazan a la política, pero la condicionan profundamente.
En el fondo, el Shengli no es una excepción, sino una pieza más de un patrón. Un patrón que combina tecnología, planificación y una concepción del tiempo radicalmente distinta a la occidental. China no acelera para llegar primero mañana; avanza para estar mejor posicionada dentro de veinte o treinta años. Esa paciencia estratégica, en un sistema internacional cada vez más nervioso, se convierte en una ventaja decisiva.
El contraste con Estados Unidos también es revelador. Washington proyectó históricamente su poder mediante alianzas militares, instituciones financieras y superioridad tecnológica. China lo hace, cada vez más, a través de infraestructura. Puertos, ferrocarriles, túneles, rutas, cables, redes energéticas. No son símbolos ideológicos; son hechos materiales. Un país puede criticar a China en foros internacionales, pero si depende de su financiamiento, de su comercio o de sus corredores logísticos, el margen real de confrontación se achica.
En ese marco, la competencia entre China y Estados Unidos no se parece a la Guerra Fría clásica. No hay dos bloques cerrados ni una lucha por “corazones y mentes”. Hay fricción tecnológica, disputa por estándares, intentos de desacople parcial y una carrera por reducir dependencias críticas.
China no se proyecta como una potencia redentora ni misionera. Su ambición es más fría y, por eso mismo, más eficaz: reducir incertidumbre, asegurar profundidad estratégica y convertir el tiempo en un aliado. Mientras Occidente debate valores y narrativas, Pekín ordena territorio, economía y logística con una paciencia que desconcierta a sociedades acostumbradas al corto plazo. No busca dominar el mundo en el sentido clásico, sino hacerlo cada vez más dependiente de su estabilidad. En un sistema internacional que vuelve a endurecerse, China no promete un futuro mejor: se prepara para sobrevivir y prosperar en uno peor. Esa es, quizá, su ventaja más inquietante.
Últimas Noticias
Cuando la fuerza vuelve a decidir: Venezuela y el regreso de una lógica del siglo XIX
La guerra ya no empieza con el primer disparo, sino con el primer mensaje viral. El orden global está mutando hacia una lógica donde el poder duro vuelve a ocupar el centro. ¿Estamos preparados para defender lo propio cuando las reglas dejan de protegernos?
El experimento de Australia con las redes sociales: ¿funcionaría en Perú?
Imagínese que el gobierno peruano prohíbe las redes a menores de 16 años. ¿Qué pasa con Carlos, de 13, que vive en Huancavelica y cuya única forma de hacer la tarea es el grupo de WhatsApp del colegio? ¿O con Ana, de 15, quien cuida a sus hermanos pequeños mientras su mamá trabaja y usa Instagram para no sentirse tan sola?

Anarquismo, marxismo y nacional-socialismo: en qué coinciden
Estos tres regímenes totalitarios odian al liberalismo y por ende, al sistema democrático
Milei, cada vez más lejos del reclamo por Malvinas
Las recientes declaraciones del Presidente sobre la soberanía de las islas se apartan de una tradición diplomática sostenida a lo largo de nuestra historia

Fin del piso educativo: una oportunidad para repensar la gestión
Incrementar el gasto en un esquema de incentivos inadecuados tiende a ampliar el despilfarro sin mejorar los aprendizajes




