
En la Argentina discutimos si subir o bajar la edad jubilatoria mientras el mercado laboral expulsa cada vez más temprano a quienes tienen más experiencia. Vivimos casi 30 años más que hace un siglo, pero a los 45 ya somos “caros” y a los 50 “obsoletos”. Millones de personas con décadas de batallas ganadas, intuiciones afiladas y redes construidas terminan en la periferia, mientras las empresas claman por “talento fresco” que muchas veces se quema en dos años. ¿Y si el verdadero talento es el que perdura?
Hacia 2050, la Argentina se encamina a tener más personas mayores de 65 años que menores de 15. La pirámide se invierte y, sin embargo, seguimos operando con una lógica diseñada para un país joven que ya no existe. Mientras algunas localidades cierran salas de jardín por falta de chicos o maternidades por baja natalidad, lo que falta no son bebés: son espacios de reinvención para quienes tienen 55, 65 o 75 años y todavía quieren aportar, aprender, liderar.
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La longevidad no es una carga demográfica; es una conquista humana que obliga a rediseñar instituciones, narrativas y valores. La tecnología, lejos de ser enemiga, puede ser una aliada: robots para tareas de cuidado, viviendas colaborativas (co-housing) para envejecer acompañados, inteligencia artificial para liberar tiempo creativo y evitar trabajos repetitivos.
En este contexto, “nadie sobra”. Por eso es clave capacitar a la generación silver —las personas mayores de 50— en el uso de la IA, en la llamada ingeniería de prompts (saber pedirle bien cosas a la inteligencia artificial) y en la colaboración humano-máquina. No para “actualizar abuelos”, sino para que líderes con 30 años de trayectoria guíen a equipos jóvenes en contextos de crisis, cambios culturales y decisiones éticas, donde la experiencia pesa más que cualquier algoritmo.
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El problema es que, en vez de integrar esa experiencia, muchas organizaciones la expulsan. Resulta imprescindible que las empresas dejen de echar años de aprendizaje y empiecen a multiplicarlos. Programas de mentoría donde un ingeniero de 62 acompaña a un profesional de 28 a navegar por crisis que solo se entienden habiéndolas vivido. Esquemas donde una contadora de 58 se reconvierte en especialista en datos e inteligencia artificial y termina liderando la transformación digital de su empresa. Políticas de retiro flexible que permitan trabajar 20 horas y cobrar una jubilación parcial, sin tratar a esa persona como sospechosa o “aprovechadora” del sistema.
Las compañías que se animan a este cambio ya ven resultados: reducen de manera significativa la rotación de los más jóvenes, mejoran la calidad de las decisiones en situaciones complejas y disminuyen costos de reclutamiento porque dejan de reemplazar todo el tiempo lo que podrían estar reteniendo. No todo lo soluciona ChatGPT; a veces hace falta alguien que ya haya visto tres recesiones, dos hiperinflaciones y varias crisis sectoriales.
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Para que esta revolución silenciosa se vuelva política de Estado, el cambio también debe venir desde lo público. No alcanza con discutir la edad jubilatoria como si fuera solo un número. Hay que repensar el régimen previsional como un puente hacia etapas productivas distintas, no como una puerta de salida definitiva. Diseñar incentivos fiscales para contratar mayores de 50, créditos para reconversión digital, programas específicos de empleo senior y un observatorio de longevidad que mida y anticipe el impacto de estos cambios.
Y, en un país atravesado por el aislamiento y la depresión, no podemos ignorar la dimensión emocional: el envejecimiento en soledad ya se considera en varias partes del mundo un problema de salud pública. Experiencias como la del “Ministerio de la Soledad” en el Reino Unido apuntan a eso: entender que la desconexión social puede ser tan dañina como una enfermedad crónica. Pensar políticas para que nadie envejezca aislado es tan urgente como discutir un presupuesto.
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El futuro es multigeneracional o directamente no es futuro. Que la edad no te saque. Que te sume. El futuro ya llegó. Y sí, tiene canas. Y está listo para liderar.
Porque un país que silencia a sus sabios no avanza; se repite, se estanca, se extingue.
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