
Los tiempos en los que vivimos son inciertos. Los modelos que guiaron la escuela durante más de un siglo se desdibujan frente a una realidad líquida, sin límites prefijados, imprevisible y, muchas veces, desconcertante.
En ese contexto, las certezas que teníamos hasta hace poco desaparecen, la tecnología se reinventa periódicamente y la información se multiplica más rápido de lo que podemos asimilar. Ante este panorama, surge una pregunta: ¿estamos educando para esa incertidumbre o seguimos enseñando para un mundo que ya no existe?
La educación del siglo XX se construyó sobre la idea de estabilidad: aprender verdades científicas, seguir normas y alcanzar determinados resultados. Sin embargo, hoy el desafío es otro: formar personas capaces de adaptarse, de pensar críticamente y seguir aprendiendo, más allá de los contenidos escolares. La OCDE, en su informe Education 2030, advierte que los sistemas educativos deben desarrollar en los estudiantes “agencia y resiliencia” para navegar entornos volátiles, ambiguos y complejos. No se trata solo de adquirir competencias técnicas, sino de cultivar la capacidad de aprender, desaprender y reaprender.
Educar en el mientras tanto no significa renunciar al conocimiento, sino cambiar la relación que tenemos con él; enseñar a dudar, a formular preguntas, a convivir con lo que no se sabe. En palabras de Edgar Morin, la educación debe enseñar la condición humana en su complejidad sabiendo que navegamos entre islas de certezas en medio de un mar de incertidumbre. Esto implica integrar razón y emoción, ciencia y arte, lo individual y lo colectivo.
El aula, entonces, deja de ser un espacio de respuestas y se convierte en un laboratorio de exploración, de búsqueda y construcción de saberes, donde el error no se castiga, sino que se analiza; donde el docente se transforma en un cartógrafo de lo posible, acompañando a sus estudiantes a seguir aprendiendo y dar herramientas para aprendizajes futuros.
En ese marco, enseñar el pensamiento crítico, la gestión de la información y la empatía es tan importante como enseñar matemática o lengua. La UNESCO lo denomina educación para el desarrollo sostenible, donde aprender a convivir, a cuidar y a imaginar se vuelve central.
Educar para la incertidumbre, en definitiva, es educar para la vida; es preparar a los niños y adolescentes para no paralizarse ante lo desconocido, sino para crear sentido en el cambio que se muestra tan vertiginoso. Tal vez el mayor aprendizaje de este siglo no sea acumular saberes, sino desarrollar la sensibilidad y la curiosidad necesarias para seguir aprendiendo siempre.
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