
La litigiosidad laboral sigue siendo un factor que obstaculiza decisiones de inversión y generación de empleo en el país.
Algunos estudios recientes de la Sociedad de Estudios Laborales y la Unión de Aseguradoras de Riesgos del Trabajo (UART) muestran que más del 70% de las empresas considera que los juicios laborales son una traba para los procesos de inversión y el 74% sostiene que frena la generación de empleo.
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En la primera semana de este mes, en el marco del Congreso Anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF) su presidente, Pablo Miedziak, aseveró que eran necesarias algunas reformas estructurales para convertirnos en un país competitivo:
- Reforma Laboral: que facilite la incorporación de aquellos que están en la informalidad.
- Reforma Fiscal: que simplifique y reduzca los 155 tributos existentes para las compañías.
- Reforma del Estado: una modernización y disminución de la burocracia.
La amenaza, identificada en la jerga como la “industria del juicio” posiciona a las empresas en una actitud de resguardo a la hora de asumir los riesgos de nuevas contrataciones y desincentiva la formalización del empleo.
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El panorama no parece muy alentador. Nos encontramos ante un contexto político con baja intención de priorizar estos temas en la agenda que sí son vitales para el escenario económico argentino.
La amenaza, identificada en la jerga como la “industria del juicio” posiciona a las empresas en una actitud de resguardo a la hora de asumir los riesgos
Los actores que debieran estar involucrados en el abordaje de esta problemática –gobierno, empleadores, gremios– están habitualmente desincronizados con los picos y valles que caracterizan su derrotero, y pareciera que procrastinar cambios estructurales que llevan décadas de expresión de intenciones y poca ejecución efectiva, se nos ha convertido en un hábito.
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En ocasiones he mencionado que vivimos sesgados por la relevancia que le otorgamos a algunas palabras que nos posicionan en una actitud de amenaza. Por ejemplo, el término reforma, lo interpretamos como pérdida. Esto pareciera bloquearnos. Mi propuesta es que lo cambiemos por modernización.
Es evidente que el escenario de transformación exponencial que impone el avance tecnológico y el abordaje disruptivo de los patrones con que las nuevas generaciones se vinculan con el mundo laboral, requieren revisitar las reglas de juego – leyes, convenios, carga impositiva y modos de representación – para catalizar un entorno de creación de oportunidades de empleo, especialmente, para el segmento PyME donde se encuentra el mayor porcentaje de demanda pero, a la vez, donde estamos desaprovechando la ocasión de formalizar las relaciones laborales, justamente, por no facilitar un escenario regulatorio alineado a las condiciones del mundo moderno y, en consecuencia, se inhibe la aparición de inversiones que nos permitan crecer y apalancar la marca empleadora de quienes desean comprometerse con una empleabilidad genuina.
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Son tiempos de asumir el desafío de generar un nuevo orden con visión de futuro en el mercado laboral argentino. Sumando flexibilidad, audacia y generosidad para abandonar las posturas extremas que nos llevan a sostener discursos defensivos que nos alejan de la posibilidad de ofrecer “puentes” hacia las nuevas condiciones de trabajo; marcadas por el aporte de la inteligencia artificial, la tecnología aplicada a la gestión y la convivencia multigeneracional.
Estas premisas para encarar la agenda de modernización nos debieran permitir capitalizar la ventaja competitiva de combinar experiencia, innovación y adaptabilidad.
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