
La Iglesia puede ofrecer una contribución sencilla y decisiva: recordar la dignidad de cada persona, cultivar la compasión y sostener la esperanza de quienes sufren. Desde su experiencia de cercanía con las comunidades, propone una comunicación que acompañe a las familias heridas, escuche la voz de los más vulnerables y aliente siempre a elegir caminos de fraternidad y paz.
La cobertura de hechos como un triple femicidio suele quedar atrapada en la disputa política y el espectáculo mediático. La comunicación, sin embargo, tiene un desafío ético urgente: poner en el centro a las víctimas, escuchar a los territorios y dejar de lado la cultura de la agresividad.
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El reciente hecho en Buenos Aires estremeció a toda la sociedad. Tres jóvenes asesinadas y torturadas, tres familias destrozadas, una comunidad atravesada por el dolor. En cuestión de horas, sin embargo, lo que debía ser un espacio de silencio y respeto se convirtió en terreno de disputa de intereses.
Se buscó en algunos lugares rápidamente instalar culpables, sacar ventajas, reforzar ideas previas. El rol de quienes trabajamos en la comunicación es escuchar a las familias, acompañar sus duelos y contribuir a que la memoria de las vidas perdidas pese más que cualquier grieta. Comunicar así es ayudar a que la palabra construya comunidad y no división.
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En medio de ese escenario, es importante que los dos primeros mensajes de la Iglesia hayan llegado desde las diócesis y los obispos de San Justo y de Quilmes: de allí eran las víctimas y allí aparecieron asesinadas. Esa cercanía pastoral marca un camino distinto, el de una comunicación que se hace cargo del territorio y de la gente concreta, antes que de la especulación política o mediática.
Cuando la comunicación se desorienta, corre el riesgo de poner el foco en lo secundario y alejarse del dolor de las víctimas; cuando se ejerce con responsabilidad, en cambio, se convierte en un puente de cercanía y respeto hacia ellas.
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En algunas oportunidades se vio que en vez de contar quiénes eran las víctimas, qué sueños tenían, cómo vivían, se construye un relato que desnuda miserias, pero no toca la raíz del problema: el crecimiento del narcotráfico en nuestros barrios, la fragilidad de los vínculos comunitarios, la ausencia de políticas de cuidado.

Muchas veces los medios de comunicación conocen los hechos y es bueno que además puedan orientar para que el público conozca lo que pasa en el territorio. Allí, en las periferias, la Iglesia y tantas organizaciones sociales caminan con la gente, contienen a los jóvenes, sostienen la esperanza. Esa voz debería ser tenida en cuenta con más fuerza, porque surge de la experiencia real.
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Parte de la tarea del periodismo encuentra su sentido cuando pone en primer plano la trama real que rodea a las víctimas -el narcotráfico, la trata, la ausencia del Estado en todos sus niveles- y no en la difusión de fotos o detalles de su vida privada. El periodismo es un servicio público y está llamado a generar conciencia.
Las redes sociales agravan la herida. Allí proliferan juicios temerarios, agresiones y hasta burlas contra las mismas víctimas. Convertir un femicidio en espectáculo es una crueldad que no podemos aceptar. Las redes no pueden ser un tribunal improvisado ni una arena de insultos. Ojalá sean lugar para custodiar la memoria de las víctimas, resguardar su dignidad y visibilizar las condiciones que permitieron este terrible asesinato.
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No dejamos de soñar con un mundo de la comunicación en el que las víctimas no sean clasificadas en “buenas” o “malas”. Y no puedo dejar de hacerme la pregunta: ¿comunicamos para informar o comunicamos para juzgar? La respuesta a esa inquietud define, en gran parte, el modo en que una sociedad asume sus dolores y transforma su futuro.
El Papa Francisco I y el Papa León XIV lo han reafirmado, han pedido muchas veces un periodismo que no se someta a la cultura de la agresividad ni al espectáculo del enfrentamiento, sino que se atreva a mostrar “la verdad de lo que duele”. Una comunicación que escucha, que ilumina lo invisible, que da voz a los sin voz.
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Comunicar el horror no es sencillo. Pero si lo hacemos con humanidad, el dolor no se diluye en el ruido ni en la grieta: se transforma en memoria, en clamor y en llamado urgente a cambiar lo que mata.
*El autor es sacerdote y Director de la Oficina de Comunicación de la Conferencia Episcopal Argentina
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