En los últimos días, YPF y Vaca Muerta volvieron a estar en boca de todos a partir de anuncios vinculados al crecimiento de la producción y a los proyectos de exportación de GNL. Sin dudas se trata de buenas noticias para el sector energético argentino y para la posibilidad de que el país consolide una nueva matriz de desarrollo. Sin embargo, detrás de ese escenario alentador existe un desafío estructural que todavía no ocupa el lugar que merece en la discusión pública: el abastecimiento de arenas de fractura, un insumo crítico para sostener la expansión del shale y, por ende, de Vaca Muerta.
La producción nacional de arena alcanzó en 2024 las 3,6 millones de toneladas, pero la demanda estimada para 2030 ascendería a 10 millones. El recurso -que existe y es de calidad- no es el problema, sino la logística y la organización de la cadena de suministro. Es que más del 70% del costo final de la arena se lo lleva solamente el transporte. A esto se suma la competencia con el sector agroindustrial por los camiones, la falta de una infraestructura multimodal y la proyección de precios internacionales del crudo. Estos factores, si no se corrigen, podrían volver marginales muchos proyectos.
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Frente a este escenario, los productores de arena hemos decidido organizarnos en alianzas estratégicas que permitan aumentar el volumen disponible para acompañar el ritmo de las operadoras, asegurar trazabilidad y control en tiempo real de los acopios desde el origen hasta el destino, incorporar inteligencia artificial en la extracción y la logística para ganar eficiencia y confiabilidad, y rediseñar procesos de transporte mediante mesas técnicas con especialistas en estiba y logística. La unión que propiciamos busca potenciar la escala, garantizar continuidad, estabilidad y competitividad en el mediano y largo plazo, para garantizar esas 10 millones de toneladas de arena que requerirá Vaca Muerta en 2030.
Pero el desafío logístico es de tal magnitud que no puede resolverlo cada sector por sí solo. La experiencia internacional demuestra que la planificación integrada es clave: mientras en Estados Unidos la arena recorre distancias de apenas 40 a 80 kilómetros, en Argentina los traslados superan los 1.200 kilómetros, lo que sube los costos a más del doble. Este diferencial no solo impacta en la competitividad del shale, sino que también condiciona la capacidad de atraer inversiones sostenidas. Por eso, es necesario pensar en soluciones innovadoras que integren transporte terrestre, ferroviario y fluvial, y que aseguren previsibilidad para todo el sector.
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El futuro del shale argentino dependerá en buena medida de contar con un suministro confiable y eficiente de arena. Desde el sector productor estamos dando pasos concretos para garantizarlo, pero es indispensable el compromiso activo de operadoras y empresas de servicios. La oportunidad es enorme: transformar al “oro amarillo” en un motor de crecimiento energético para el país. Para ello, necesitamos trabajar en conjunto, con planificación, innovación y visión de largo plazo.
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